Miré a Raúl Morales.
Apartó la mirada solo un segundo, pero me bastó para entenderlo todo.
En la mesa volvieron a oírse voces. Raúl se sentó, puso música y fingió que no estaba ocurriendo nada. Estaba convencido de que yo acabaría cediendo, como siempre. Los invitados cenarían, su madre lo felicitaría por lo generoso que era, y por la noche él me diría que había montado un drama por nada.
Así funcionaban las cosas.
Él empujaba.
Yo retrocedía.
Y después él llamaba a eso “estar en paz”.
Saqué del horno la fuente con pollo y patatas. Era un plato sencillo, sin una costra dorada perfecta ni salsas elaboradas. Lo dejé en el centro de la mesa.
—¿Eso es todo? —preguntó Jimena Pérez.
—Por hoy, sí.
—Podrías haber preparado algo en condiciones.
—Claro que podría —respondí—. Si me hubieran avisado de que venía gente y si, además, eso fuera mi obligación.
Raúl dejó el tenedor sobre el plato con un golpe seco.
—Paula, ya basta.
—De acuerdo. Basta.
Salí al pasillo.
En el cajón inferior de la cómoda estaba la carpeta que había preparado aquella misma mañana. Dentro llevaba impresos los movimientos bancarios, las facturas de los últimos cuatro meses, mi calendario de trabajo y una copia de la escritura del piso. No pensaba sacarla tan pronto.
Antes quería comprobar si Raúl era capaz de admitir algo por sí mismo.
No lo fue.
Regresé a la cocina con la carpeta entre las manos. Los invitados seguían comiendo, pero la conversación se había roto. Todos notaban ya que la velada se había salido del guion que Raúl había imaginado.
—Ya que estamos reunidos casi en familia —dije—, propongo hablar de por qué se supone que tengo que cocinar para nueve personas solo porque trabajo desde casa.
—No saques nuestras cosas delante de todo el mundo —dijo Raúl deprisa.
—Las has sacado tú cuando has traído invitados y has anunciado que yo me ocuparía de todo.
Abrí la carpeta y coloqué la primera hoja sobre la mesa.
Hasta ese instante aún me quedaba una duda. Tal vez estaba siendo demasiado dura. Tal vez habría sido mejor esperar y hablar con Raúl a solas. Tal vez sus parientes no tenían culpa de que él les hubiese prometido una celebración que no existía.
Pero cuando Teresa Ortíz alargó la mano hacia los papeles y preguntó qué era aquello, mis dudas desaparecieron.
—Es el resumen de gastos de los últimos cuatro meses. Y también mis horas de trabajo.
—¿Y para qué tenemos que saber nosotros eso? —preguntó Blanca Fuentes.
—Porque hace un momento se ha dicho que yo me paso el día en casa sin hacer nada.
Fui extendiendo las hojas delante de ellos.
En la primera aparecían los pagos de la hipoteca y los suministros. En la segunda, las transferencias que le había hecho a Raúl. En la tercera, la deuda de su tarjeta de crédito, que yo había ido pagando poco a poco.
Raúl se levantó de golpe.
—¡No tenías ningún derecho a enseñar eso!
—Tú tampoco tenías derecho a usar mi dinero y no devolverlo.
—Lo cogía para la familia.
—Entonces explícame por qué en cuatro meses no has pagado ni una sola cuota de la hipoteca.
Abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Teresa agarró una de las hojas.
—¿Mil quinientos euros? ¿Le transferiste todo eso?
—No se lo di. Se lo presté porque me aseguró que me lo devolvería a la semana siguiente.
—Raúl, tú me dijiste que era una paga extra tuya.
—Mamá, no te metas.
—Me dijiste que lo habías ganado tú.
Por primera vez, en la voz de Teresa apareció algo parecido al desconcierto. Estaba acostumbrada a verme como una mujer tacaña y desagradecida, mientras imaginaba a su hijo como el hombre que mantenía aquella casa él solo.
La verdad, puesta sobre la mesa, era bastante menos cómoda.
—Yo no sabía que no estuvieras trabajando —murmuró Jimena Pérez.
—Trabaja —contesté—. Solo que su trabajo lo financio yo.
Pablo Marín dejó de masticar.
Raúl dio un paso hacia mí.
—Esto lo hablaremos en casa.
—No. Ya lo hemos hablado en casa. Tú decías que yo estaba libre porque mi oficina está cerca de la cocina. Hoy quiero que lo oigan todos.
—¿Qué quieres?
La pregunta salió de su boca con un miedo que no consiguió ocultar.
Saqué la última hoja de la carpeta.
—A partir del día uno dividimos los gastos. La hipoteca la seguiré pagando yo, porque el piso es mío. Pero la compra, los suministros y cualquier gasto relacionado con tus familiares correrán por tu cuenta. Ya no tienes acceso a mi aplicación bancaria. Y la tarjeta de crédito la cancelé esta mañana.
Raúl me miró como si acabara de anunciarle que había vendido la vivienda.
—No podías cancelarla.
—Sí podía. Está a mi nombre.
—¡Soy tu marido!
—Ser mi marido no te da permiso para administrar dinero ajeno.
Teresa se levantó de la silla.
—¿Vas a destrozar una familia por una cena?
—No. Una cena solo ha dejado claro lo acostumbrados que estabais todos a vivir a mi costa.
Se quedó callada.
Vi cómo en su cara se mezclaban la ofensa y la rabia. Quería culparme, eso era evidente, pero los números estaban delante de ella. Los papeles no gritaban, no exageraban, no se justificaban. Simplemente mostraban quién había pagado cada cosa.
Raúl intentó recuperar su tono de siempre.
—Muy bien. Si tan independiente eres, vive tú sola.
Asentí.
—Eso es exactamente lo que pienso hacer.
No esperaba esa respuesta. Alguien, al fondo de la mesa, apartó una silla con cuidado.
El hijo de Jimena Pérez levantó la vista del plato y preguntó, casi en un susurro, si podía repetir.
