En aquel preciso instante tenía abierto un programa de trabajo, el pastel se enfriaba dentro del horno y en el móvil me esperaban tres mensajes sin leer de un cliente. Levanté la vista hacia Raúl Morales y, por un segundo, pensé que no había oído bien.
—¿Para quién se supone que tengo que cocinar?
—Para todos. Mi madre, Jimena Pérez con los niños, Pablo Marín, Blanca Fuentes con su marido y dos compañeros más del departamento. Nueve invitados. A las siete tiene que estar todo servido.
Lo dijo con una tranquilidad insultante, como si me estuviera comentando que por la tarde iba a llover. Después se quitó la chaqueta, la dejó tirada sobre una silla y se dirigió a la nevera para comprobar si había carne.
Lo seguí con la mirada. No sentí rabia al principio. Lo que me subió por dentro fue otra cosa: un cansancio denso, antiguo, de esos que aparecen cuando una persona lleva demasiado tiempo fingiendo que puede con todo.

—Raúl, estoy trabajando.
Se volvió hacia mí.
—¿Qué trabajo? Si estás en casa.
Esa frase llevaba tres meses persiguiéndome. Después de que me despidieran de la agencia de publicidad, empecé a trabajar desde casa. Al principio aceptaba encargos pequeños; luego entré en un proyecto para una tienda en línea y, dos semanas más tarde, ya tenía pedidos constantes. Ganaba menos que antes, sí, pero al menos podía organizar mis horarios y no depender del humor de ningún jefe.
El problema era que, en casa, mi tiempo dejó de ser mío.
El primer lunes después del despido, Raúl me pidió que recibiera a un mensajero. Luego hubo que ir al banco, recoger sus camisas de la tintorería, pagar internet y preparar la cena. Según él, como yo estaba “al lado del ordenador”, podía distraerme un momento.
Un momento de cinco minutos.
Luego otro de diez.
Al final, mi jornada se estiraba hasta medianoche, mientras las tareas de la casa seguían acumulándose como si nada.
No discutí. Me convencí de que era solo una etapa. Encontraría un proyecto mejor, me acostumbraría al nuevo ritmo y Raúl entendería que estar en casa no me convertía en una persona disponible para todo.
Pero no lo entendió.
Simplemente se acostumbró.
—Compra tú la carne —dijo, mientras sacaba un trozo de queso de la nevera—. Y prepara ensaladas. A mamá le gusta la de pollo, Jimena Pérez solo come ensaladilla, y Pablo Marín no se sienta a la mesa si no hay plato caliente.
—¿Has invitado a nueve personas sin preguntarme?
—Es una cena familiar. ¿Ahora tengo que pedir permiso a mi mujer cada vez que quiera invitar a alguien?
—Si la cena va a ser en nuestra casa, sí.
Raúl soltó una risita y volvió a guardar el queso.
—No empieces, Paula. Estás en casa. Tienes todo el día por delante.
Salió al balcón para llamar a su madre. La puerta quedó entornada, y aun así escuché su voz con absoluta claridad.
—Sí, mamá, todo estará listo. Ella cocinará. ¿Qué otra cosa va a hacer?
Me quedé sentada frente al monitor, mientras en el chat de trabajo empezaban a entrar mensajes nuevos. El editor quería saber si tendría terminadas las fichas de producto para las cinco. Escribí: “Sí, las tendré”, aunque en ese instante no tenía ni la menor idea de cómo iba a conseguirlo.
En la cocina faltaba casi todo. En la cartera me quedaban veintitrés euros hasta el próximo adelanto. El sueldo de Raúl debía llegar en cuatro días, pero en los últimos meses una parte se la transfería a su madre y el resto se le iba en el coche y en quedar con amigos.
Mi dinero pagaba la hipoteca, los recibos, la compra y su tarjeta de crédito.
Él lo llamaba presupuesto familiar.
Yo ya empezaba a llamarlo costumbre de tomar sin pedir.
A las cinco terminé el trabajo. No porque hubiera sido fácil, sino porque había aprendido a escribir mientras hervía agua en los fogones y a contestar clientes haciendo cola en la caja del supermercado. Sobre la mesa dejé lo que pude comprar en la tienda más cercana: muslos de pollo, patatas, zanahorias, guisantes, pan y dos paquetes de galletas baratas.
Para nueve personas era poco.
Sobre todo si esas personas no venían a ayudar, sino a celebrar.
Raúl regresó media hora antes de la hora fijada. Traía pegado el olor a tabaco y a aire frío.
—¿Por qué no está puesta la mesa todavía?
—Porque acabo de terminar de trabajar.
—Paula, no me hagas reír. ¿Qué clase de trabajo te ocupa todo el día? Puedes cocinar al mismo tiempo.
—Poder, puedo. Pero no tengo por qué hacerlo.
Me miró como si acabara de decir una obscenidad.
—Hoy viene mi madre. No montes un numerito.
—El numerito lo has montado tú al invitar a nueve personas a un piso sin avisarme.
—Este piso también es mío.
Ahí me callé.
La vivienda la había comprado dos años antes de nuestra boda. El dinero salió de la venta de una habitación que me había dejado mi abuela, y el resto lo puse con mis ahorros. Raúl lo sabía perfectamente. Él mismo me había ayudado a elegir los muebles y bromeaba diciendo que había tenido suerte con el empadronamiento.
Después, aquellas bromas empezaron a sonar de otra manera.
“Nuestro piso”.
“Nuestras paredes”.
“Nuestro dinero”.
Solo que la hipoteca, por alguna razón, la seguía pagando yo.
Cuando Raúl se metió en la ducha, abrí la aplicación del banco. En la pantalla aparecieron cifras demasiado conocidas: la cuota mensual de la hipoteca, la luz, el agua, internet, el seguro, la compra. Y justo debajo había una línea que me hizo quedarme inmóvil: una transferencia.
