—¡Lárgate de aquí! —bramó mi suegra dentro de mi propia casa. Lo que no imaginaba era que, al final, la primera a la que acabarían echando sería a ella.
Claudia estaba doblando unos peleles diminutos cuando oyó la llave girar en la cerradura. El corazón le dio un vuelco: Diego seguía en el trabajo, y la copia de emergencia la tenía su suegra «por si pasaba algo». El problema era que, para Macarena Sánchez, cualquier día laborable contaba como emergencia.
—¡Claudita! ¿Dónde te has metido?
Claudia salió al recibidor mientras se acomodaba el jersey, ya demasiado tirante sobre la barriga. Macarena Sánchez estaba allí, cargada de bolsas de una tienda de bricolaje, y ya se quitaba el abrigo como si entrara en su propia casa.
—Buenas tardes, Macarena Sánchez.

—¿Buenas? Si casi es de noche —refunfuñó ella, avanzando hacia el salón sin esperar invitación. Paseó la mirada por el piso con aire de inspectora—. ¿Otra vez todo el día encerrada? En mis tiempos trabajábamos hasta el último minuto.
En tres años de matrimonio, Claudia había aprendido una regla sencilla: asentir resultaba menos agotador que discutir. Vivían separados de ella; ¿qué importaba lo que opinara?
—He traído pintura —anunció Macarena, vaciando los botes sobre el sofá—. Azul. Un azul decente, no esa porquería amarillenta que escogisteis vosotros.
Claudia miró los envases. Diego y ella habían pasado dos semanas eligiendo el color de la habitación del bebé, imaginándola juntos, soñándola poco a poco…
—Pero si ya la hemos pintado…
—Pues se vuelve a pintar —sentenció su suegra, encaminándose ya hacia el cuarto infantil—. Para un niño hace falta un color de niño, no esa cosa indefinida.
Al entrar en la habitación, Macarena se plantó en medio con los brazos cruzados, como una supervisora de obra.
—Espantoso. La cuna no puede ir junto a la ventana. Y estas cortinas con conejitos… ¿Esto es para un bebé o para qué exactamente?
—A nosotros nos gusta…
—A mí no. Y a mi nieto tampoco le va a gustar. —Tocó la tela con evidente desagrado—. Mañana lo cambiamos todo.
Claudia guardó silencio. Como siempre. Desde dentro, el bebé le dio una patadita, casi como si también protestara contra aquella desconocida que decidía sobre su cuarto.
Diego llegó tarde. Claudia lo esperaba en la cocina, donde los botes de pintura seguían expuestos como trofeos de una conquista.
—¿Ha venido tu madre?
—Ha traído pintura. Quiere rehacer la habitación del niño.
Diego se frotó el puente de la nariz, señal inequívoca de que cualquier conversación sobre su madre lo ponía nervioso.
—Quizá el azul no sea mala idea…
—Pero si lo elegimos juntos.
