«¡Lárgate de aquí!» bramó Pilar Blanco al irrumpir en la casa, imponiendo su criterio sobre la habitación del bebé

Esa intromisión abusiva resultó humillante y odiosa.
Historias

—¡Lárgate de aquí! —bramó mi suegra dentro de mi propia casa. Lo que no se esperaba era que, al final, la primera a la que iban a echar sería a ella.

Lucía Morales estaba doblando unos peleles diminutos cuando oyó la llave girar en la cerradura. El corazón le dio un vuelco: Diego Cabrera estaba trabajando, y la copia de repuesto la tenía su suegra “por si surgía una urgencia”. El problema era que Pilar Blanco llamaba urgencia a cualquier día laborable.

—¡Lucita! ¿Dónde estás?

Lucía salió al recibidor mientras se acomodaba el jersey, ya tirante sobre su vientre. Pilar Blanco estaba plantada allí con varias bolsas de una tienda de bricolaje, y ya se quitaba el abrigo como si la casa fuera suya.

—Buenas tardes, Pilar Blanco.

—¿Buenas tardes? Si casi es de noche —rezongó ella, entrando en el salón sin pedir permiso. Recorrió el piso con la mirada, igual que si hubiera venido a inspeccionarlo—. ¿Otra vez todo el día metida en casa? En mis tiempos trabajábamos hasta el último minuto.

En tres años, Lucía había aprendido una regla sencilla: asentir era menos agotador que discutir. Vivían aparte; ¿qué importancia tenía lo que opinara su suegra?

—He traído pintura —anunció Pilar Blanco, volcando los botes sobre el sofá—. Azul. Una pintura decente, no esa porquería amarilla que escogisteis vosotros.

Lucía miró los envases. Ella y Diego habían pasado dos semanas eligiendo el color del cuarto del bebé, imaginándolo todo con ilusión.

—Pero si ya lo hemos pintado…

—Pues lo pintáis otra vez —soltó su suegra, encaminándose hacia la habitación infantil—. Para un niño hace falta un color de niño, no esa cosa indefinida.

Al llegar, se detuvo en medio del cuarto con los brazos cruzados, como una inspectora jefe.

—Espantoso. La cuna no puede estar junto a la ventana. Y esas cortinas con conejitos… ¿Esto es para un bebé o para qué?

—A nosotros nos gusta…

—A mí, no. Y a mi nieto tampoco le gustará. —Pilar Blanco pellizcó la tela con gesto de asco—. Mañana lo cambiamos todo.

Lucía no dijo nada. Como siempre. El bebé le dio una patadita desde dentro, casi como si protestara contra aquella extraña que decidía sobre su habitación.

Diego Cabrera llegó tarde. Lucía lo esperaba en la cocina, donde los botes de pintura seguían expuestos como trofeos.

—¿Ha venido tu madre?

—Ha traído pintura. Quiere repintar el cuarto del niño.

Diego se frotó el puente de la nariz; señal inequívoca de que hablar de su madre lo ponía nervioso.

—Quizá el azul sí sea mejor…

—Pero si elegimos juntos el amarillo.

Vivencia