«Alejandro, cierra la boca antes de que te la cierre yo» amenazó Clarita, plantándose frente a él con los puños apretados

Esta intrusión mezquina es intolerable y desgarradora.
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—¡Abre de una vez! ¿Me oyes? ¡Como tenga que llamar a emergencias, te revientan la cerradura sin preguntar! —grité, descargando el puño contra la puerta tapizada en polipiel.

La llave giró solo hasta la mitad y se quedó trabada con un golpe seco. Al otro lado sonó un pestillo. Uno que yo jamás echaba cuando estaba en casa.

La hoja se abrió despacio hacia dentro. En el umbral apareció mi hermana menor, Laura. Llevaba puesto mi albornoz favorito, verde esmeralda, de seda auténtica, el que me había comprado con una paga extra en El Corte Inglés. El bajo arrastraba por el suelo sucio.

—Ay, Clarita, ¿por qué armas semejante escándalo? —bostezó Laura, sujetándose con una mano el vientre ya redondeado—. Nosotros todavía estábamos durmiendo.

Crucé la entrada y pisé unas zapatillas ajenas, deformadas y con las punteras destrozadas. Sobre el mueble del recibidor se amontonaban folletos de publicidad, unas llaves mugrientas y un paquete vacío de tabaco.

En la maceta de mi ficus holandés, mi planta preferida, alguien había apagado un cigarrillo. Una línea gris de ceniza manchaba las hojas verdes, siempre cuidadas por mí. Cerré los puños hasta clavarme las uñas en la piel.

—Laura, te quitas ahora mismo mi albornoz, recoges tus trastos y salís de aquí. Os doy exactamente diez minutos.

—Qué tal, abogada —llegó desde la cocina una voz perezosa.

Alejandro, el marido de mi hermana, apareció en el marco de la puerta. Iba en calzoncillos grises de punto y sostenía una botella de cerveza empañada. En el hombro se le veía un arañazo reciente.

—¿A qué viene tanto alboroto? —sonrió con chulería, bebiendo directamente del cuello de la botella—. Estamos aquí con todas las de la ley. ¿Te suena eso de la ley? Se supone que es lo tuyo, ¿no?

—Alejandro, cierra la boca antes de que te la cierre yo —di un paso hasta plantarme delante de él—. Fuera de mi piso. Ahora.

—No puedes echarnos, Clarita —gimoteó Laura, escondiéndose detrás de la espalda ancha de su marido—. Alejandro dice que tu piso de tres dormitorios es enorme, que vives aquí sola como una amargada, y yo estoy a punto de dar a luz. ¿Acaso no tenemos derecho, por familia, a unas condiciones normales?

—Tenemos un papelito, propietaria —añadió él, satisfecho—. Así que respira hondo. Nos quedamos para rato.

Entré en mi dormitorio y cerré con llave justo delante de las narices de Alejandro, que empezó a soltar insultos al otro lado. El corazón me golpeaba tan fuerte que parecía habérseme subido a la garganta.

Abrí el portátil, accedí a mi área personal en la sede electrónica y esperé mientras la página cargaba con una lentitud desesperante. Por fin, la pantalla parpadeó.

En el apartado «Mi vivienda» aparecía una notificación reciente del Ministerio del Interior. Algo estaba vinculado a mi piso de tres dormitorios, y no podía ser nada bueno.

Vivencia