Había entendido que con alguien acostumbrado a vivir de los recursos ajenos mientras se comportaba como dueño de todo, actuar desde el arrebato era regalarle ventaja.
Ya en primavera había pedido cita con una abogada. No para lanzar amenazas vistosas, sino para saber con precisión qué le correspondía por derecho y qué no era más que una leyenda familiar repetida por costumbre. No tenían hijos. El piso era suyo. Bienes gananciales por los que mereciera la pena pelear casi no quedaban: Álvaro Torres se había deshecho antes de su equipo, de varios aparatos caros y de algunas pertenencias valiosas, justificándolo todo con aquellas supuestas “dificultades pasajeras”. El coche lo había comprado Lucía Suárez antes de casarse y estaba a su nombre. Si Álvaro se negaba a divorciarse de manera tranquila, el asunto iría al juzgado. Lucía lo tenía asumido.
—Estás enferma —escupió él entre dientes.
—Vuelves a insultarme porque no tienes ningún argumento mejor.
Álvaro avanzó un paso. Lucía no retrocedió. Se limitó a coger el móvil de la mesa y dejarlo junto a ella, con la pantalla hacia arriba.
—Álvaro, no hagas tonterías. En este piso se oye todo. Los vecinos están en casa. Y si empiezas a romper muebles o a agarrarme de los brazos, no voy a discutir contigo sin testigos.
Él se quedó clavado en el sitio. Sus ojos recorrieron la estancia: la carpeta, el teléfono, la puerta cerrada, el silencio que había quedado después de que se marcharan los invitados. Por primera vez, la escena no se parecía a su juego habitual, ese en el que él presionaba y Lucía acababa suavizando las esquinas.
—Me has traicionado —dijo.
Lucía ni siquiera parpadeó.
—No. He dejado de sostenerte en lo moral y en lo doméstico.
—Soy tu marido.
—De momento, sí. Tu marido. No tu propietario.
Él volvió a sentarse en el sillón, pero ya no se dejó caer con esa comodidad arrogante de antes. Se hundió pesado, rígido, mirándola con odio.
—¿Y qué crees? ¿Que voy a coger una bolsa y largarme ahora mismo?
—Creo que primero intentarás dar pena. Después pasarás a las amenazas. Luego dirás que mañana hablamos con calma. Y, si acepto, por la mañana actuarás como si no hubiera pasado nada. Así que no. Te vas hoy.
Álvaro la miró con un desconcierto auténtico. No porque aquellas palabras fueran nuevas, sino porque comprendió de golpe que Lucía ya había tenido esa conversación sin él. Antes. En su cabeza. Paso por paso.
—No pienso irme —soltó.
Lucía asintió, como si esa fuera exactamente la respuesta que esperaba.
—Entonces llamo a la policía y digo que hay una persona en mi vivienda que se niega a salir, se comporta de forma agresiva y temo que la situación empeore.
—No te atreverás.
Ella tocó la pantalla.
Álvaro se levantó de un salto.
—¡Espera!
—Decide rápido.
La cara se le deformó. Quería conservar el aire de vencedor, pero se le estaban acabando las salidas. Montar una pelea con la posibilidad de que llegara la policía no le convenía. Marcharse por su propio pie equivalía a aceptar la derrota. Quedó atrapado entre su desfachatez de siempre y un miedo nuevo, visible.
—Déjame recoger mis cosas al menos —dijo con brusquedad.
—Recógelas.
Lucía lo siguió hasta el dormitorio, aunque no entró. Se quedó en el umbral. Álvaro abrió el armario de un tirón y empezó a lanzar camisetas dentro de una bolsa de deporte. Un par de veces dejó caer prendas al suelo a propósito, esperando una reacción. Lucía guardó silencio. Entonces él abrió un cajón de la cómoda.
—¿Dónde están mis documentos?
—En la carpeta azul, en la segunda balda. No los he tocado.
Él encontró la carpeta y la metió en la bolsa. Luego se volvió hacia ella.
—¿Me vas a dar dinero?
Lucía lo miró de tal manera que él mismo entendió lo miserable que sonaba aquella pregunta después de todo lo que había dicho.
—No.
—O sea, ¿me echas sin un céntimo?
—Eres un hombre adulto que ha llamado a su mujer borrega idiota delante de sus amigos. Demuéstrate que no dependes de ella.
A Álvaro le temblaron los labios, pero se contuvo. Sacó de la mesilla un cargador, la maquinilla de afeitar, varios calcetines y el pasaporte. Después alargó la mano hacia la caja de los relojes.
—Esto es mío.
—Te lo regalé yo. Llévatelo. No lo quiero.
Él esperaba una discusión. Necesitaba engancharse a cualquier cosa. Pero Lucía no pensaba pelear por objetos sin importancia. Su objetivo era mucho más simple: sacar a Álvaro del piso cuanto antes, no hundirse en una cadena de pequeñas disputas.
Veinte minutos después, la bolsa estaba reventando. Álvaro salió al recibidor, se calzó y se detuvo junto a la puerta.
—Las llaves —dijo Lucía.
Él sonrió con desprecio.
—Sí, claro. Sigue soñando.
Lucía volvió a coger el móvil.
—Álvaro.
—Toma tus malditas llaves y atragántate con ellas.
Se arrancó el llavero del bolsillo y lo arrojó sobre la cómoda de la entrada. Lucía no lo recogió enseguida. Primero comprobó una por una: la llave de la cerradura de arriba, la de abajo, la del buzón. Estaban todas.
—Mañana llamaré a un cerrajero y cambiaré las cerraduras —dijo—. No porque necesite ningún permiso, sino porque no sé si has hecho copias.
—¿Ahora me tratas como a un ladrón?
—Te trato como a alguien que, después de humillar públicamente a su esposa, le pidió dinero para el camino. La confianza se terminó.
Álvaro abrió la puerta con violencia.
—Ya vendrás arrastrándote. Veremos cuánto aguantas sin mí.
Lucía lo miró sin alterarse.
—Álvaro, estos últimos años han servido precisamente para comprobar lo contrario.
Él salió disparado al rellano. La puerta se cerró detrás. Lucía giró la llave, apoyó la palma en la superficie fría y permaneció allí unos segundos, inmóvil. No temblaba, no lloraba, no caminaba de un lado a otro. Solo entonces su cuerpo empezó a alcanzar lo que acababa de ocurrir: los dedos se le volvieron pesados, los hombros parecieron llenarse de plomo y en la boca le quedó un sabor seco, metálico. Fue a la cocina, se sirvió agua y bebió a sorbos pequeños.
Después abrió más la ventana. El aire de verano entró en el piso mezclado con el ruido de los coches, el olor del asfalto caliente y el ladrido lejano de un perro.
Lucía observó el salón. Sobre la mesa seguían los platos, las copas, las verduras cortadas, las uvas intactas, las servilletas. Una hora antes aquello componía el decorado de una velada familiar. Ahora parecía el escenario donde, por fin, había concluido un error demasiado largo.
No se puso a recoger de inmediato. Antes fotografió la mesa y la carpeta con los documentos.
