Pablo Molina la miró entonces como si fuera la primera vez que la veía de verdad.
No contempló a la mujer que había querido imaginar durante tanto tiempo.
Vio a la que estaba delante de él. La auténtica.
—Yo no voy a destruir nada —dijo en voz baja—. Solo voy a poner fin a algo que jamás debió existir.
Cristina Medina soltó una risa áspera, llena de amargura.
—¿Tienes idea de lo que esto te va a costar?
Pablo Molina lo sabía.
Titulares. Escándalo. Preguntas sobre su criterio. Inversores retirándose. Una reputación levantada durante décadas, capaz de tambalearse en una sola noche.
Todo aquello que el mundo confundía con poder.
Pero después bajó la vista hacia la manita de Sara Cruz, aferrada a su camisa como si aquella tela fuera el último refugio seguro que quedaba sobre la tierra.
Y comprendió que nada de lo demás tenía importancia.
—Sí —respondió—. Estoy dispuesto a pagar ese precio.
Porque por fin lo entendía.
El éxito no consiste en lo que logras construir.
Consiste en aquello que te niegas a perder.
Alargó la mano hacia el teléfono. No lo hizo movido por la ira, sino por una calma firme, irreversible.
Aquello ya no trataba de castigar.
Trataba de proteger.
Sara Cruz levantó los ojos hacia él.
—¿Estamos en problemas?
Pablo Molina tragó saliva.
—No —contestó con una ternura que casi se le quebró en la voz—. Ahora ya estáis a salvo.
Los hombros de la niña cedieron, vencidos por el alivio. Hundió la cara contra su padre y empezó a llorar, no por miedo, sino porque el miedo, al fin, había terminado.
Esa noche Pablo Molina no pegó ojo. Permaneció sentado junto a la cama de Sara Cruz, observando cómo respiraba, mientras Alex Castillo dormía a su lado, todavía sujetando entre los dedos la manga del jersey de su hermana incluso en sueños.
Cada vez que cerraba los párpados, regresaba la misma imagen: una mano alzada, el terror en unos ojos infantiles, aquella palabra insoportable: nos lo merecíamos.
Y lo más terrible era que también se veía a sí mismo.
Ausente.
Demasiado ocupado.
Convertido en alguien dispuesto a creer que todo iba bien solo porque resultaba más cómodo.
La mañana llegó gris y muda.
Cristina Medina se había marchado. No hubo gritos ni una escena final. Solo un vacío.
Se llevó sus cosas.
Lo único que dejó atrás fueron las heridas.
Entonces Sara Cruz entró despacio.
