—Tiene que aprender —estalló Cristina Medina.
Pablo Molina volvió la vista hacia Sara Cruz. La niña encogió los hombros antes incluso de que nadie hiciera el menor gesto.
No fue un sobresalto cualquiera.
Fue anticipación.
Un miedo aprendido a fuerza de repetirse durante demasiado tiempo.
—¿Desde cuándo pasa esto? —preguntó Pablo Molina.
Cristina Medina frunció el ceño, como si no entendiera.
—¿Perdona?
—¿Desde cuándo ocurre?
Ella cruzó los brazos sobre el pecho.
—Tú nunca estás en casa, Pablo Molina. No tienes ni idea de lo que significa criarlos sola.
Él estuvo a punto de soltar una risa amarga al darse cuenta de lo cerca que había estado de creer aquella excusa.
—Me dijiste que estaban bien.
—Y lo están.
Sara Cruz se estremeció otra vez.
Entonces Pablo Molina lo vio todo con una claridad brutal.
—Sara Cruz —dijo con suavidad, arrodillándose a su lado—. Mírame.
La pequeña levantó los ojos despacio.
—Necesito que me digas la verdad. ¿Te hizo daño?
Cristina Medina dio un paso al frente.
—No le metas esas ideas en la cabeza…
—Basta.
Una sola palabra, cortante, bastó para dejarla inmóvil.
Pablo Molina no apartó la mirada de Sara Cruz. Por primera vez en mucho tiempo, le ofrecía algo que le habían arrebatado:
la posibilidad de elegir.
Los labios de la niña temblaron.
—…nos portamos mal —murmuró.
A Pablo Molina se le cerró el pecho.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Derramamos la leche. No obedecimos. Nos lo merecíamos.
Nos lo merecíamos.
Ningún niño inventa una frase así por sí solo.
Alguien se la enseña.
Pablo Molina cerró los ojos apenas un instante. Cuando volvió a abrirlos, la ira se había convertido en una certeza fría e inamovible.
Podía seguir aferrado a la imagen de una familia perfecta.
O mirar de frente la verdad y hacer caer todo aquello que se sostenía sobre una mentira.
La voz de Cristina Medina cambió de pronto; se volvió suave, casi suplicante.
—Pablo Molina, estás cansado. Estás alterado. Hablemos por la mañana.
Por la mañana.
Después.
Más tarde.
Así se entierra la verdad: aplazándola.
—No voy a esperar más —respondió él.
Los ojos de Cristina Medina se endurecieron.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a acusarme? ¿A llamar a la policía? ¿Vas a destruirlo todo por las exageraciones de una niña?
