Dejé sobre la mesa los últimos tres kilos de mascarpone y volví a contar los bizcochos. Catorce capas, todas iguales, recortadas al diámetro exacto del molde. El móvil empezó a vibrar en el alféizar. Me lo sujeté contra la oreja con el hombro, porque tenía las manos cubiertas de crema de mantequilla.
—Tía Ana —la voz de Lucía Sanz sonaba aguda, casi chispeante—, Diego y yo hemos hecho cuentas y al final seremos unas cuarenta personas. ¿Te dará tiempo para el sábado, verdad? De tres pisos, ¿sí? Y con flores, por favor. Vi uno en una revista: las flores caían desde arriba como en cascada. Y por dentro, confitado de fresa, de ese que tú haces tan bien.
Enderecé la espalda despacio. El reloj del horno marcaba la una y media de la madrugada. Al día siguiente tenía que estar en el obrador a las ocho: había encargos para dos banquetes. El jueves, al salir del turno, me esperaba otra tarta de boda, esa sí pagada. Y entre una cosa y otra, también estaba aquella.
—Lucía, entiendo lo que me dices, pero una tarta de tres alturas para cuarenta invitados supone, como mínimo, cuatro kilos de crema y tres docenas de huevos solo para empezar. Luego está el relleno, la cobertura, las flores… Tú me habías dicho que sería algo sencillo, un té con poca gente.
—¿Y qué problema hay? —se ofendió al instante—. Si tú eres pastelera, para ti eso no es nada. Además, soy tu única sobrina. Diego y yo contábamos muchísimo contigo. Nos han recortado el presupuesto, el restaurante ya nos cuesta un dineral y encima pagar otros trescientos euros por una tarta…

Me quedé mirando en silencio los tres envases de mascarpone que había comprado de mi propio bolsillo. Ella había dicho “trescientos euros”, pero yo sabía perfectamente que, en una pastelería decente, una tarta así se iba fácilmente a cuatrocientos cincuenta, incluso quinientos. Los huevos, a un euro con veinte la docena; la nata del treinta y tres por ciento, casi cuatro euros el brick; cacao, chocolate en gotas, colorantes, gelatina en hojas, fresas frescas, no congeladas… y eso sin haber empezado a sumar de verdad. Además, la pasta de azúcar. Y la decoración floral que ella quería “en cascada”.
—Está bien —respondí al fin—. La haré. Pero las flores no serán naturales, sino de fondant. Las frescas sueltan jugo.
—¡Ay, tía Ana, gracias! ¡Eres la mejor! —exclamó, y colgó.
Miré la montaña de ingredientes que ocupaba medio frigorífico y todo el alféizar. Pasaban de la una de la madrugada. A las cinco tenía que levantarme. Cogí las varillas y empecé a batir. Las manos seguían el movimiento por costumbre, mientras en mi cabeza se repetía una frase: “para ti eso no es nada”.
Tres días más tarde, el sábado, yo estaba en la cocina del restaurante con la tarta terminada. Tres pisos cubiertos de glaseado blanco, veintitrés rosas de crema descendiendo desde la capa superior hasta la base, cada una con pétalos de tonos distintos, desde el color mantequilla hasta un blanco casi puro en las puntas. Durante cuatro noches seguidas había modelado fondant hasta que los ojos se me llenaban de lágrimas. Los dedos se me agarrotaban con aquel trabajo minúsculo, pero las rosas habían quedado bien: bordes ligeramente rizados, acabado mate, volumen real. Por dentro llevaba bizcocho de leche caliente, relleno de fresa y crema de queso con nata.
Me senté en el borde de una silla de plástico y esperé a que los camareros sacaran la tarta al salón. Los zapatos de trabajo me apretaban; me quité uno y moví los dedos para aliviar el dolor. Fuera era mediados de mayo, pero el aire acondicionado de la cocina lanzaba un frío de cámara frigorífica, así que me puse una chaqueta encima de la casaca.
Media hora después, la encargada asomó la cabeza por la puerta. Era una chica joven, con pajarita negra.
—Disculpe, su familiar pide que salga un momento. Ya han presentado la tarta.
Me calcé de nuevo, me acomodé la chaqueta y salí al comedor del banquete. Los invitados ya habían comido, la orquesta descansaba y la gente paseaba entre las mesas con copas de limonada. Lucía estaba junto a la tarta, rodeada de tres amigas y de su suegra. La madre de Lucía, mi hermana Elena Rubio, permanecía sentada un poco más lejos, enrollándose una servilleta alrededor del dedo.
Me acerqué. Lucía se volvió hacia mí, y en cuanto vi su cara supe que algo iba mal. Los ojos sonreían, pero apretaba los labios del mismo modo que cuando era niña y no le compraban un juguete en una tienda.
—Tía Ana —dijo en voz alta, para que la oyeran todos los que estaban alrededor—, claro, ha quedado muy mona. Pero podrías no haber ahorrado tanto en el relleno.
Me detuve.
—¿Cómo dices?
—Pues mírala —se giró hacia sus amigas, como si las convocara de testigos—. Yo te pedí relleno de fresa, y aquí… las capas son finísimas. Hay mucho más bizcocho que crema. Y casi no se notan trocitos de fruta. En la boda de los García vimos una tarta que parecía mucho más rica; allí el relleno casi se salía. Entiendo que había poco presupuesto, pero se podía haber puesto un poco más de empeño.
La suegra movió la cabeza, aunque no miraba la tarta, sino a mí. Una de las amigas, una chica con pestañas postizas larguísimas, soltó una risita seca y se refugió en el teléfono. La otra se puso a estudiar el techo con gran interés.
Yo seguía allí de pie, sintiendo que el frío del aire acondicionado ya no venía de fuera, sino de dentro de mí. El bizcocho lo había horneado la noche del miércoles al jueves; preparé la masa en dos tandas porque mi vieja batidora empezó a recalentarse y tuve que esperar media hora a que enfriara. El relleno lo cociné con fresas frescas, una caja de tres kilos que me costó quince euros; corté cada fruta a mano para que los pedazos se notaran sin hundirse en la crema. Las capas estaban medidas al gramo: la cantidad exacta para que la tarta conservara la estructura y no se desplomara bajo el peso de tres pisos. Esas tartas en las que “el relleno se sale” acaban, una hora después de servirlas, con un charco en la base y los bizcochos desplazados. Yo no permití que pasara eso, precisamente porque soy profesional.
Pero no dije nada de aquello. Había desconocidos alrededor, el novio miraba de lado con cara de estar obligado a presenciar una conversación incómoda, y mi sobrina, mi única sobrina, seguía sonriendo. Solo que ahora en esa sonrisa había algo nuevo: superioridad.
—Lucía —dije en voz baja—, ven, hablemos aparte.
—¿Aparte por qué? —levantó las manos teatralmente—. Si no estoy diciendo nada malo. La tarta es bonita, eso lo reconozco. Solo pensé que, tratándose de tu sobrina, te esmerarías un poco más. Y al final ha quedado como de producción en serie. Muy ahorrado todo.
La suegra se inclinó hacia Lucía y le susurró algo al oído. Lucía asintió, y las dos me miraron a la vez. Con esa mirada de tasar a alguien. Como se mira a una dependienta que ha dado mal el cambio. Yo estaba delante de ellas con el uniforme de trabajo, las manos llenas de pequeños cortes de quitar rabitos a las fresas, la espalda destrozada y apenas tres horas de sueño acumuladas en cuatro días. Y escuchaba cómo llamaban “producción en serie” a un trabajo al que había dedicado la tarde del martes, la noche del miércoles, la mañana del jueves y todo el viernes por la noche.
En algún momento se acercó Elena. Mi hermana me tomó del codo y me apartó unos pasos.
—Ana —murmuró—, no le hagas caso. Está muy nerviosa, nada más.
—Elena, llevo cuatro noches sin dormir.
—Lo sé. Y te estoy agradecidísima, de verdad. —Apretaba la servilleta, la arrugaba y volvía a estirarla—. Pero ya sabes… su suegra tiene un carácter complicado, y Lucía quiere quedar bien delante de ella. Y la tarta no es exactamente como la de la revista. Bueno, sí lo es, pero no del todo.
—¿Qué significa “no como la de la revista”? —pregunté—. ¿Tú has visto lo que he traído?
—Lo he visto. Es preciosa, de verdad. Pero entiéndelo… —Elena titubeó—. A lo mejor no se refería al relleno, sino a que hay pocas flores. O a que son blancas y no rosas. No lo sé, Ana, sinceramente. Anda, ve a tomar algo. Al fondo del salón han puesto una mesa para el personal.
No fui a tomar nada. Me di media vuelta y regresé a la cocina. La encargada me miró con susto, pero no dijo una palabra.
Me senté en la silla de plástico, observé la base vacía donde había estado la tarta y recordé la conversación con Lucía de tres semanas antes. Me llamó por la tarde, justo cuando yo organizaba los pedidos de la semana.
—Tía Ana, Diego y yo ya hemos firmado. Hemos decidido celebrar la boda en mayo. Queríamos hablar contigo.
En aquel momento me tensé de inmediato. Lucía me llamaba una vez cada seis meses: por mi cumpleaños y por Año Nuevo.
