No le pareció una carga imposible. Había podido sostenerlo durante los últimos tres años; también podría con lo que quedaba.
Su madre entró al rato con un plato de queso cortado en lonchas finas, lo dejó a su lado y no hizo ningún comentario. María Ramos se sorprendió pensando que hacía mucho que no experimentaba algo así: un silencio sin amenaza. Un silencio en el que no había que estar pendiente de si una puerta iba a cerrarse de golpe o de si alguien soltaría, de pronto, una frase venenosa.
El jueves, Juan Torres le escribió:
«Mi madre acepta marcharse. Quedemos y lo hablamos».
María leyó el mensaje dos veces. Aquella palabra, «acepta», le chirrió por dentro. Sonaba como si Carmen Ortíz estuviera haciendo una concesión generosa, no reparando el desastre que ella misma había provocado. Pero, al fin y al cabo, eso ya era secundario.
Respondió:
«De acuerdo. Mañana por la tarde. Cafetería de la calle Mayor, a las siete».
Un lugar neutral. Eso era imprescindible.
La cafetería no tenía nada especial: mesas junto a los ventanales, música baja, olor a café recién hecho y a bollería caliente. Juan había llegado antes que ella y ya estaba sentado cuando María entró. Tenía aspecto de no haber descansado; unas sombras oscuras le marcaban la zona bajo los ojos y llevaba la chaqueta arrugada.
—Hola —dijo él.
—Hola.
María se sentó frente a él y pidió cuando se acercó la camarera. Juan permaneció callado, deshaciendo entre los dedos una servilleta de papel.
—Se irá este fin de semana —dijo por fin—. Yo la ayudaré con las cosas.
—Bien.
—María… —levantó la mirada hacia ella—. ¿Vas a volver?
Ella lo observó en silencio. A aquel hombre con quien había compartido cuatro años de vida. No era malo, no en el sentido más simple de la palabra. Solo era demasiado cómodo. Cómodo para todo el mundo, menos para ella.
—Lo estoy pensando —contestó con sinceridad.
—Eso no es un sí.
—Tampoco es un no.
Juan asintió despacio. Lo aceptó. Y aquella reacción tenía algo nuevo: antes habría intentado convencerla, apelar a la lástima o incluso llamar a su madre desde la misma mesa para pedirle instrucciones.
Les trajeron el café. Al otro lado del cristal pasaban coches, y en una mesa cercana un grupo reía por alguna broma que ellos no habían oído.
—No sabía que estabas tan mal —murmuró Juan.
—Sí lo sabías —lo corrigió María, sin rabia—. Lo que pasa es que te resultaba más fácil no verlo.
Él no discutió. Y también eso era diferente.
María bebió un sorbo. Después miró hacia la calle. En su cabeza empezaba a girar una idea, no con angustia, sino con una precisión casi práctica: tenía que comprobar si en el piso había quedado algo de lo que ella no estuviera enterada. Algo en la conversación con Carmen Ortíz se le había quedado clavado, aquella frase sobre que «humanamente» el piso era de Juan. Demasiada seguridad para unas palabras soltadas al azar.
Demasiada.
El viernes por la tarde, María condujo hasta el edificio. No pensaba subir; solo quería mirar. Aparcó enfrente y se quedó dentro del coche unos diez minutos. Las ventanas estaban iluminadas. Detrás de las cortinas se movía una sombra: Carmen iba de un lado a otro por el salón.
María sacó el móvil y llamó a un abogado conocido, David Domínguez. Habían estudiado juntos en la universidad y, de vez en cuando, se consultaban asuntos de trabajo.
—David, una pregunta. Si un piso está inscrito a nombre de una sola persona, la hipoteca también figura a nombre de esa persona y la entrada la pagó ella, ¿puede alguien reclamar una parte?
Al otro lado hubo un breve silencio.
—¿Estando casada?
—Estando casada. Pero el marido no ha pagado nada. Nada de nada.
—¿Tienes pruebas? Recibos, movimientos bancarios, justificantes…
—Tres años de recibos. Todo a mi nombre.
—Entonces, en caso de separación de bienes o discusión por el reparto, se puede defender con bastante fuerza que la vivienda se adquirió con dinero propio. Más aún si él tampoco aportó para la entrada. ¿Por dónde van los tiros?
—De momento, por ninguna parte —respondió María—. Solo quiero saber en qué terreno estoy pisando.
—Entiendo —por su voz, parecía sonreír—. Pues lo estás entendiendo bien. Guarda esos documentos.
—Los tengo conmigo.
El sábado comenzó con un mensaje de Juan:
«Ven a las doce. Mi madre está haciendo las maletas».
María llegó a las doce y media. Juan abrió la puerta con una cara que sugería una noche entera sin dormir. Desde una de las habitaciones llegaban golpes y arrastres; era evidente que estaban moviendo algo pesado.
En la entrada había un enorme bolso de cuadros y dos maletas. María las miró sin decir nada.
—Ha recogido lo principal —explicó Juan en voz baja—. Lo demás vendrá a buscarlo después.
—¿Después cuándo?
—María…
—Solo estoy preguntando.
Carmen Ortíz apareció desde el cuarto con otra bolsa, de color azul oscuro, hinchada hasta el límite. Al ver a María, se detuvo en seco.
Durante tres segundos se sostuvieron la mirada. Luego la suegra resopló y apartó los ojos.
—Así que ya has venido.
—He venido —confirmó María, tranquila.
—Alégrate. Te has salido con la tuya.
María no contestó. Pasó a la cocina y puso el hervidor al fuego. Desde allí escuchaba a Juan decirle algo a su madre en voz baja, y a Carmen responderle con frases cortas, ásperas, cargadas de irritación.
La cocina parecía llevar una semana sin limpiarse. En el alféizar quedaban cercos secos de vasos; la mesa estaba llena de migas; sobre la placa había manchas de origen dudoso. María lo contempló todo y pensó que por la noche cogería una bayeta y lo dejaría en condiciones. Sin enfado. Sin dramatismos. Simplemente lo haría.
Desde el pasillo llegó la voz de Carmen, ahora más alta:
—¡Yo, por si se le ha olvidado a alguien, he entregado muchos años de mi vida a ese niño! ¡Y esta viene aquí a hacerse la dueña!
—Mamá, baja la voz —pidió Juan.
—¡No pienso bajarla! ¡Que me oiga! ¡Tiene los papeles, claro! —su tono se volvió burlón—. ¿Y qué? ¿Qué son unos papeles? ¡Yo soy su madre!
María salió de la cocina y se quedó en el umbral del pasillo.
—Carmen Ortíz, los papeles significan exactamente eso: que sí importan —dijo con una calma absoluta—. Significan que aquí quien toma las decisiones soy yo. No usted.
La suegra se volvió hacia ella de golpe.
—Tú…
—Durante ocho meses guardé silencio —la interrumpió María, sin cambiar de tono.
