—Resulta muy edificante oír eso de alguien que acaba de hacer llorar a sus propios nietos.
Carlos no dijo nada.
—Sigue.
—Ella cree que las propiedades no deberían separar a los parientes.
Marta giró despacio hacia él. De pronto, aquella conversación empezaba a tomar un rumbo muy distinto.
—¿Qué significa exactamente que las propiedades no deberían separar a los parientes?
—Sabes perfectamente a qué se refiere.
—No, no lo sé.
Carlos tragó saliva, visiblemente incómodo.
—Mamá considera que no está bien que el piso esté solo a tu nombre.
El silencio cayó entre ellos como una losa. Marta se quedó mirándolo, y poco a poco comprendió que lo ocurrido era mucho más grave de lo que había pensado unas horas antes. El piso era suyo, sí. Lo había heredado de su abuela antes incluso de conocer a Carlos, y hasta entonces jamás había supuesto un problema para nadie. O al menos eso había creído ella.
—Entonces no se trata de que tu madre necesite un sitio donde vivir.
Carlos bajó la mirada y no respondió. Marta soltó una risa seca, amarga.
—Así que era eso.
En ese instante comenzaron a desfilar por su memoria decenas de detalles de los últimos años: preguntas extrañas de su suegra, conversaciones insistentes sobre la justicia, indirectas acerca de que una buena esposa debía confiar plenamente en su marido, reproches velados sobre lo incómodo que Carlos se sentía en una vivienda donde parecía un invitado. Hasta ese momento, todo le había sonado a simples quejas. Ahora, en cambio, cada pieza encajaba con una precisión inquietante. Elvira Hernández nunca había aceptado que aquel piso no perteneciera a su hijo. Nunca.
Aquella noche, Marta no consiguió dormir. Carlos yacía a su lado; tal vez dormía, o tal vez fingía hacerlo. Ella permaneció boca arriba, con la vista fija en el techo, repasando una y otra vez lo sucedido durante el día. Pero lo que más la perturbaba era otra cosa: si todo había empezado meses atrás, entonces el escándalo de esa tarde no había sido un arrebato. Lo habían preparado. Lo habían calculado. Habían esperado el momento adecuado.
Cerca de medianoche se levantó para beber agua. Al pasar junto a la cocina oyó unas voces apagadas. La puerta estaba entornada, y Elvira hablaba por teléfono; por el tono, Marta dedujo que conversaba con su hija. Iba a seguir de largo, pero alcanzó a escuchar unas palabras y se quedó inmóvil.
—No te preocupes —dijo su suegra en voz baja—. Todo va como tiene que ir.
Hubo unos segundos de silencio. Después, Elvira continuó:
—Ya falta muy poco.
A Marta le recorrió un escalofrío desagradable por la espalda.
—Carlitos ya está de nuestro lado.
Otra pausa. Y luego llegó la frase que le heló la sangre.
—Pronto el piso será nuestro.
A Marta se le cortó la respiración. Retrocedió con cuidado, procurando no hacer ruido ni delatar su presencia. Cuando volvió al dormitorio, se sentó durante largo rato en el borde de la cama, rodeada por la oscuridad. Ya no quedaba espacio para la duda: aquello nunca había ido de ayudar a una madre mayor. Todo giraba en torno al piso. Y por primera vez en todo el día, Marta sintió verdadero miedo de lo que podía venir después.
La mañana siguiente empezó para ella antes de lo habitual. Apenas había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, regresaba a su mente la voz de Elvira Hernández pronunciando aquellas palabras: “Pronto el piso será nuestro”. Las había dicho con una seguridad absoluta, sin titubeos, como si el asunto ya estuviera resuelto y solo faltara esperar la ocasión propicia.
Durante el desayuno, la casa tenía el ambiente pesado de los minutos previos a una tormenta. Los niños estaban extrañamente callados. Incluso Valeria, que normalmente no paraba de hablar, apenas abrió la boca. Diego, por su parte, miraba a su abuela de reojo una y otra vez, con el temor evidente de volver a escuchar alguna frase hiriente. Elvira, en cambio, parecía sentirse de maravilla. Sentada en la cabecera de la mesa, daba órdenes con la naturalidad de quien llevara años viviendo allí.
—Los niños deberían pasar menos tiempo con el móvil —sentenció—. Y, ya que estamos, habría que cambiar por completo su habitación.
Marta levantó la cabeza despacio.
—La habitación de los niños no se va a tocar.
—Ya veremos.
—No. No veremos nada.
Su suegra sonrió apenas, con una mueca en la comisura de los labios, y fingió que el tema había quedado zanjado. Carlos, una vez más, guardó silencio. Y ese silencio empezó a irritar a Marta más que cualquier palabra.
Cuando los niños se marcharon al colegio y Carlos salió hacia el trabajo, Marta decidió revisar la casa con atención. Su intuición le decía que todavía desconocía demasiadas cosas. En los últimos tiempos, todo había adquirido un aire sospechoso: conversaciones extrañas, la llegada repentina de Elvira, los intentos constantes de hacerla sentir culpable. Ahora ya no tenía dudas de que detrás de todo aquello había un plan.
El despacho de Carlos siempre estaba impecable. Él no soportaba el desorden sobre la mesa y solía guardar cualquier papel en los cajones. Por eso, la carpeta colocada justo en el centro del escritorio llamó de inmediato su atención. Marta no tenía intención de espiar a su marido; al menos, antes no la había tenido. Pero en ese momento no se trataba de curiosidad. Se trataba de la seguridad de sus hijos y de su hogar.
Abrió la carpeta.
Dentro había varias hojas impresas. Al principio no encontró nada llamativo: consultas, notas jurídicas, algunos documentos con anotaciones difíciles de entender. Sin embargo, cuanto más leía, más fuerte le latía el corazón. En una de las páginas se analizaban opciones para vender un inmueble. En otra aparecían referencias a precios aproximados de mercado de pisos en su zona. Más adelante encontró una hoja con cálculos sobre la cantidad que podría obtenerse tras una venta.
Marta se dejó caer lentamente en la silla. Le zumbaban los oídos. Aquello ya no podía atribuirse a una casualidad. Había demasiadas coincidencias, demasiadas conversaciones sobre el piso, demasiados secretos. Sacó el móvil, fotografió los documentos y volvió a colocarlo todo exactamente como lo había encontrado.
En ese momento, desde la cocina llegó la voz de Elvira.
—Marta, ¿dónde estás?
Marta salió deprisa del despacho. Su suegra estaba junto a los fogones.
—Esta noche vendrán invitados.
—¿Qué invitados?
—Familiares.
—¿Y quién los ha invitado?
—Será una cena familiar.
Marta soltó una sonrisa sin alegría.
—¿En mi piso?
—Ya estás otra vez…
—No, la que empieza eres tú. Llegaste ayer y ya estás dando órdenes sobre todo.
Elvira la observó durante unos segundos con una mirada larga y fría.
—Te aferras demasiado a las cosas materiales.
—Y tú te interesas demasiado por lo que no es tuyo.
Por un instante, el rostro de su suegra se endureció. Pero apenas un segundo después volvió a sonreír. Ese cambio tan rápido puso a Marta todavía más en guardia.
Por la tarde comenzaron a llegar los familiares. La primera fue Sara Navarro, la hermana menor de Carlos. Tenía aspecto cansado, ojeras marcadas y una sonrisa que parecía pegada a la fuerza. Después apareció su marido, Luis Lozano. Más tarde llegó la tía Mónica Campos, prima de Elvira Hernández y su aliada principal en cualquier discusión familiar. En poco tiempo, el piso se llenó de voces. Desde fuera, todo podía parecer una cena familiar corriente, pero Marta percibía una tensión oculta, como si nadie estuviera allí por simple deseo de reunirse.
Durante un buen rato hablaron del tiempo, del trabajo y de los niños. Luego, como si fuera algo casual, Elvira cambió de tema.
—Antes las familias estaban más unidas.
Mónica la apoyó de inmediato:
—Eso es verdad. Ahora cada uno mira solo por lo suyo.
Sara dejó escapar un suspiro pesado.
—A veces ni siquiera las personas cercanas quieren ayudar.
Marta entendía perfectamente hacia dónde se dirigía aquella conversación, pero decidió callar. Prefería que fueran ellos quienes se descubrieran.
—Por ejemplo, el tema de la vivienda —continuó Elvira—. Si una familia es de verdad una familia, ¿qué más da a nombre de quién estén los papeles?
Luis frunció el ceño de repente.
—Bueno, eso no es tan simple.
Pero Mónica lo interrumpió enseguida.
—Claro que da igual. En una familia todo debería ser compartido.
Ahora todos miraban a Marta. Ella dejó la taza sobre la mesa con calma.
—Qué interesante. ¿Y exactamente adónde queréis llegar?
Sara bajó los ojos con expresión culpable. Elvira, en cambio, decidió atacar de frente.
—Solo pensamos que el piso podría estar organizado de otra manera.
—¿Solo pensamos?
—La familia.
—¿Qué familia exactamente?
—La nuestra.
Marta sintió cómo una oleada de indignación le subía por el pecho.
—Curioso. ¿Desde cuándo mi piso se ha convertido en tema de debate colectivo?
—Porque tú formas parte de esta familia.
—Entonces, ¿por qué esta familia habla de mis bienes sin contar conmigo?
Alrededor de la mesa se instaló un silencio incómodo. Por primera vez en toda la noche nadie encontró una respuesta. Incluso Carlos parecía desconcertado. Pero Elvira recuperó la compostura con rapidez.
—Nadie quiere hacerte daño.
—Después de lo de ayer, me cuesta creerlo.
—Lo estás interpretando todo mal.
—Pues explícamelo bien.
Su suegra no dijo nada. No hizo falta. Su mirada hablaba más que cualquier discurso: era la mirada de alguien convencido de que la victoria solo era cuestión de tiempo.
Después de la cena, los invitados empezaron a marcharse. Cuando Luis se estaba poniendo la chaqueta en la entrada, se cruzó por casualidad con Marta. Durante unos segundos dudó. Luego murmuró en voz baja:
—Ten cuidado.
Marta lo miró sorprendida.
—¿De qué hablas?
Pero Luis ya había apartado la vista.
—De nada.
Salió rápidamente por la puerta, y aquellas dos palabras no dejaron tranquila a Marta en toda la noche.
Cuando todos se durmieron, volvió a revisar las fotografías que había hecho por la mañana. Amplió las imágenes en la pantalla del móvil y entonces vio algo que antes se le había escapado. En una de las hojas aparecía un borrador preliminar de operación, y al lado figuraba una cantidad estimada de venta del piso.
Marta leyó el texto varias veces. Después lo volvió a leer. No había margen para el error: hablaban exactamente de su vivienda. No de comprar otra, no de una simple consulta, no de una hipótesis abstracta. Aquello apuntaba a una futura venta. El teléfono casi se le resbaló de las manos. Ya lo sabía con certeza: alguien estaba haciendo planes sobre su casa, y lo peor era que en esos planes su consentimiento no parecía estar previsto.
Después de descubrir aquellos documentos, Marta fue incapaz de mirar lo que ocurría a su alrededor como antes. Hasta entonces había querido creer que todo era consecuencia de la preocupación excesiva de su suegra y de la debilidad de carácter de su marido. Pero esa explicación se desmoronaba ante sus ojos. Alguien estaba trazando planes sobre su piso, y esos planes llevaban tiempo discutiéndose. Lo más doloroso era comprender que Carlos sabía mucho más de lo que admitía.
Durante los días siguientes, en la casa se instaló una tensión extraña. Nadie discutía abiertamente, pero cualquier conversación se convertía en un duelo cuidadoso de frases medidas. Elvira Hernández actuaba cada vez más como si fuera la dueña legítima del lugar: cambiaba objetos de sitio en la cocina, reorganizaba los armarios y corregía a los niños por cualquier detalle.
