Laura sostuvo la mirada de Teresa sin bajar la voz.
—Yo llamé a la policía porque intentaron meterse a mi casa sin permiso.
—No te atrevas a hablar así de Andrea —replicó Teresa—. Viene con los niños.
—Los niños no convierten en propias las habitaciones ajenas.
Javier Montoya se acercó a la reja. Quiso sonar sereno, razonable, como si todavía pudiera acomodar todo con dos frases, pero la calma se le quebraba en la boca.
—Laura, abre. Lo arreglamos ahorita, sin patrullas. Andrea se exaltó, tú también. Que dejen las cajas en la bodega por mientras y en la noche lo platicamos.
—No.
—Son nada más cosas.
—No son cosas, Javier. Es el primer paso para instalarse aquí, y tú lo sabes.
Andrea no aguantó más y se metió de inmediato.
—¡Claro que es para instalarnos! ¿A dónde quieres que nos vayamos ahora? Tú mismo dijiste que ella iba a refunfuñar un rato y luego se le iba a pasar.
Javier volteó hacia su hermana con una dureza nueva. Por primera vez en todo el día entendió que Andrea no lo estaba ayudando a salir del problema; al contrario, con cada palabra lo estaba hundiendo más.
—Yo dije que iba a hablar con Laura —murmuró.
—Mentira. Dijiste: “Van a tener llave, váyanse metiendo, yo lo arreglo”.
Laura miró a su esposo. Ya no tenía que demostrar nada. Andrea acababa de decir en voz alta lo indispensable.
En ese momento apareció una patrulla al fondo de la calle. Eduardo Ríos bajó acompañado de otro agente, saludó con formalidad y pidió identificaciones. Laura le entregó una carpeta con documentos, su credencial y las impresiones de los mensajes.
Andrea alzó la voz antes de que nadie le preguntara.
—Esto es un pleito de familia. No somos ladrones. Vinimos con mi hermano porque él nos dio permiso.
Eduardo Ríos dirigió la vista a Javier.
—¿Usted es propietario de la casa o del terreno?
Javier se quedó callado.
—No —contestó Laura—. La propietaria soy yo. Aquí está la escritura y la constancia.
El agente revisó los papeles, pasó varias hojas y luego se volvió hacia Andrea.
—Sin autorización de la propietaria, ustedes no pueden entrar al predio ni meter pertenencias. Si consideran que tienen algún derecho a vivir aquí, deberán reclamarlo por la vía correspondiente. En este momento se les está negando el acceso de manera expresa.
Ricardo Guzmán frunció el ceño.
—Pero tenemos llave.
—Una llave no acredita derecho de residencia —respondió Eduardo—. Menos cuando la dueña se opone de forma clara.
Andrea se encendió.
—¿Entonces quiere que nos quedemos en la calle con los niños? ¿Por la avaricia de ella?
Por primera vez en todo el día, Laura no le contestó a Andrea, sino a Teresa.
—Teresa Medina, en su casa hay un cuarto libre. Son familia, ¿no?
La suegra desvió la mirada al instante.
—Yo tengo arreglos en la casa. Y la presión se me sube. No puedo con ruido.
Andrea giró despacio hacia su madre.
—O sea, ¿contigo no se puede, pero aquí sí?
—No empieces —dijo Teresa, fastidiada—. Ya estoy grande, necesito tranquilidad.
—¿Y yo qué hago? —la voz de Andrea se quebró de rabia—. ¡Javier dijo que esto ya estaba resuelto!
Javier permanecía junto a la reja, mirando el suelo. Su papel de proveedor y hombre que “arreglaba todo” terminó justo en el punto donde había que responder por las promesas hechas.
Laura sacó el celular y abrió la conversación.
—Quiero levantar un reporte. Aquí está el mensaje de Andrea avisando que se mudaba. Aquí está el mensaje de Javier reconociendo que les dio la llave. Hoy llegaron con sus muebles, intentaron abrir la reja y meter sus cosas después de que yo me negué.
Javier levantó la cabeza.
—¿También vas a enseñar mis mensajes?
—Sí. Porque entregaste acceso a mi casa sin mi consentimiento.
—Te pusiste contra la familia.
—No, Javier. Ustedes vinieron contra mí.
Eduardo Ríos tomó nota sin hacer comentarios innecesarios. Y eso, precisamente, pesaba más que cualquier regaño. Ni Andrea ni Teresa podían llevar la conversación al terreno cómodo de “entre parientes se arregla”. En el papel no quedaban ofensas ni chantajes: quedaban hechos. Una llave. Cargadores. Un intento de abrir la reja. La negativa de la propietaria.
Los cargadores pidieron que se les pagara la salida y el tiempo perdido. Ricardo quiso discutir, pero entendió pronto que nadie iba a regresar las cajas gratis. Andrea ya no le gritaba a Laura, sino a Javier.
—¡Nos dejaste vendidos! Yo le dije a la gente que nos mudábamos. Entregamos el departamento. Empacamos todo. ¿Y ahora qué?
Javier intentó decir que las cosas podían haberse hablado con calma, pero ni Teresa quiso mirarlo. Ella ya estaba ocupada en salvarse a sí misma.
—Andrea, vénganse a mi casa unos días —dijo al fin, de mala gana—. Pero no metan todas las cosas. De verdad no tengo espacio.
Andrea soltó una risa seca, llena de coraje.
—Claro. A la casa de Laura sí podía llegar con cama y todo, pero contigo resulta que “no metan todas las cosas”.
Laura permaneció en silencio. Aquella escena ya no necesitaba de su intervención. Los parientes que una hora antes la habían presionado como un solo bloque ahora se repartían entre ellos las molestias, el costo del flete y el peso de las promesas ajenas.
Eduardo Ríos le devolvió los documentos.
—El reporte va a quedar registrado. Se le notificará el resultado de la revisión. Por ahora ya se les explicó: no pueden entrar ni descargar pertenencias sin su autorización.
—Gracias —dijo Laura.
Andrea oyó esa palabra y la miró de golpe.
—¿Contenta? Dejaste en vergüenza a tu propia familia y pusiste a los niños en la calle.
—No, Andrea.
