—Escúchame bien, Natalia —decía Mateo, con una calma severa—. Se me ocurre una salida. La casita del campo está vacía, y no es cualquier choza: tiene sus comodidades, está cuidada. Márchate allí durante el verano. Te vendrá bien pensar, respirar, descansar un poco del ruido de la ciudad.
Natalia Delgado alzó la cara, todavía húmeda de lágrimas.
—¿Me estás echando?
—Te estoy ofreciendo una solución —corrigió él—. Esa casa es tuya. Alejandro Blanco la dejó puesta a tu nombre antes de morir. Vete, instala allí tu huerto, habla con las vecinas, toma el sol, juega a las cartas si te apetece. Y deja que los jóvenes vivan sin tenerte encima todo el día.
Natalia se secó las mejillas con el dorso de la mano. Por primera vez en mucho rato no respondió de inmediato.
—¿Y si necesitan mi ayuda?
—Si de verdad la necesitan, te llamarán y vendrás. Pero cuando te inviten, Natalia. No cuando a ti se te antoje aparecer para dirigirles la vida.
La propuesta, aunque le doliera admitirlo, tenía cierto atractivo. En aquella casa de campo conservaba amistades de años: mujeres con las que podía pasar tardes enteras jugando, tomando café y comentando la vida de medio pueblo. ¿Y qué le esperaba en el piso? Cuatro paredes, una nuera a la que no soportaba y discusiones que empezaban antes del desayuno.
—Está bien —aceptó al fin, con voz áspera—. Iré un mes. Solo para probar.
Pero aquel mes lejos del piso no trajo la paz que todos esperaban. Natalia Delgado regresó más agria, más suspicaz y más dispuesta que nunca a imponer su voluntad. Como si el descanso no la hubiera calmado, sino que hubiera alimentado todavía más el resentimiento que llevaba dentro.
—Allí lo he entendido todo —soltó apenas cruzar la puerta—. Queríais quitarme de en medio. Pensasteis: “La vieja tonta se irá al campo y se olvidará de nosotros”, ¿verdad?
Sara Amor la recibió en el recibidor sin decir palabra. Las tres semanas sin gritos le habían parecido un regalo. Javier había vuelto a respirar, sonreía con más frecuencia, incluso habían logrado escaparse un fin de semana a la costa. Pero ahora el aire del piso se volvía denso otra vez, como antes, como siempre.
Solo que esta vez Sara guardaba un secreto. Uno que todavía no se había atrevido a contar a nadie.
Las dos rayas aparecieron en la prueba una semana antes. Al principio pensó que era un error; compró otra y repitió el test. El resultado fue idéntico. Estaba embarazada. Por fin. Después de tanto esperar, de tanta angustia, de tantas lágrimas escondidas.
Durante tres años, ella y Javier habían intentado tener un hijo. Los médicos no encontraban una causa clara: todo parecía estar bien, pero el embarazo nunca llegaba. Y de pronto había ocurrido. Justo cuando, por unas semanas, la casa había dejado de ser un campo de batalla.
Aquella noche, cuando Natalia ya se había encerrado en su habitación, Sara se acercó a su marido.
—Javi —susurró—, tengo que decirte algo.
—¿Qué pasa? —preguntó él, apartando la vista del televisor.
—Estoy embarazada.
Javier se quedó inmóvil, con el mando todavía en la mano. Tardó unos segundos en girarse hacia ella.
—¿Lo dices en serio?
—Completamente. Me hice dos pruebas.
Él la abrazó con tanta fuerza que Sara casi perdió el aliento.
—¡Dios mío, Sara! ¡Por fin! No sabes lo feliz que soy.
—Baja la voz —pidió ella, mirando de reojo hacia la puerta—. Tu madre puede oírte.
—¿Y qué? Se alegrará. Va a ser abuela.
Sara negó despacio. Conocía a Natalia mucho mejor de lo que Javier quería reconocer.
—Primero iré al médico. Necesito que me confirmen que todo va bien. Después se lo diremos.
Pero en un piso pequeño los secretos rara vez sobreviven mucho tiempo. Una semana más tarde, cuando Sara volvió del ginecólogo con la confirmación del embarazo, Natalia la esperaba sentada en la cocina. Tenía el rostro rígido, cerrado, como si ya hubiera dictado sentencia.
—Bueno —escupió en lugar de saludar—, ¿ya has conseguido lo que querías?
Sara se quedó desconcertada.
—¿De qué habla?
—No te hagas la inocente. Te veo por las mañanas con náuseas, ya no pruebas la leche, andas rara. ¿Te has quedado preñada, no?
Sara caminó en silencio hasta la nevera y sacó una botella de agua. Le temblaban las manos.
—¿Crees que ahora todo te está permitido? —continuó Natalia, levantando la voz—. ¿Que voy a moverme de puntillas por mi propia casa para no molestar a la criatura?
—Natalia Delgado, es su nieto…
—¿Mi nieto? —soltó una risa seca, cargada de desprecio—. ¿Y quién me asegura a mí de quién es ese niño? A lo mejor te has ido con cualquier vecino y ahora pretendes colgárselo a mi hijo.
Aquellas palabras le hicieron más daño que una bofetada. Sara palideció y tuvo que apoyarse en el borde de la mesa para no venirse abajo.
—¿Cómo se atreve a decir algo así?
—Me atrevo porque tengo ojos —replicó Natalia, poniéndose de pie y acercándose a ella con gesto amenazante—. Tres años casada y nada, como si fueras un mueble. Y de repente, justo ahora, te quedas embarazada como por encargo. Muy conveniente, ¿no te parece?
En el recibidor sonó la puerta. Javier acababa de volver del trabajo.
—¡Mamá, ya estoy en casa! Sara, ¿dónde estás?
—Aquí estamos —respondió Natalia a gritos—. Comentando una noticia maravillosa.
Javier entró en la cocina y lo comprendió todo a medias: su mujer estaba pálida, apenas sostenida en pie, y su madre sonreía con una satisfacción cruel.
—¿Qué está pasando?
—Pasa, hijo, que tu mujercita va a convertirnos en abuelos —dijo Natalia, con veneno en cada sílaba.
El rostro de Javier se iluminó.
—¡Sara! ¿Se lo has contado?
—No me ha contado nada —lo interrumpió su madre—. Lo he deducido yo sola. Y ya te aviso: de mí no va a recibir ninguna ayuda. Que se arregle con sus problemas como pueda.
—Mamá, ¿qué estás diciendo? ¡Es nuestro hijo!
—¿Nuestro? —Natalia se volvió hacia él, indignada—. Javi, cariño, ¿de verdad no lo ves? Te está tendiendo una trampa. En cuanto dé a luz, te tendrá atado para siempre.
Sara no pudo más. Las lágrimas le brotaron sin control.
—Yo… ya no puedo seguir así… —murmuró antes de salir corriendo de la cocina.
Javier quiso ir tras ella, pero Natalia lo sujetó con la voz.
—¡Quieto! Que llore un poco. A ver si así entra en razón.
—¡Mamá, basta! ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? Está nerviosa, puede hacerle daño al bebé.
—¿Qué bebé? —La voz de Natalia se volvió helada—. Javier, despierta de una vez. Esa mujer te está engañando.
Entonces algo se rompió definitivamente dentro de Javier. Miró a su madre, miró aquella cara deformada por la rabia y la sospecha, y por primera vez no sintió culpa. Solo cansancio. Un cansancio antiguo, insoportable.
—Mamá —dijo en voz baja, pero firme—, mañana Sara y yo nos vamos.
Natalia parpadeó.
—¿Que os vais? ¿Adónde?
—A la costa. Cerca del mar. Tengo un plan.
