—Lo más divertido de todo —añadió— es que de verdad está convencida de que la quiero.
Incluso Marta Carrasco guardó silencio unos segundos.
—¿De veras no sientes nada por ella?
—Le tengo aprecio —respondió Daniel Ortíz—. Pero, sobre todo, me resulta cómoda. Es guapa, tiene dinero, triunfa en lo suyo. Muchos hombres soñarían con una esposa así.
Lucía Rubio se acercó a la ventana y contempló la casa que había comprado antes de casarse. Aquel lugar debía haber sido el hogar de la familia feliz que tantas veces había imaginado.
Entonces Daniel Ortíz propuso organizar una cena familiar en su casa.
—Eso la animará —explicó—. Después de una velada agradable, rodeada de los suyos, no le negará nada a su marido cariñoso.
Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Lucía Rubio.
Perfecto.
Cuando la llamada terminó, abrió la aplicación que grababa automáticamente sus conversaciones telefónicas, una costumbre que había adquirido años atrás para proteger sus asuntos profesionales.
La grabación seguía allí.
Veintitrés minutos de una verdad imposible de discutir.
Esa misma noche, Daniel Ortíz le envió un mensaje:
«Hoy saldré tarde del trabajo, cariño. No me esperes. Te quiero».
Lucía Rubio permaneció mirando la pantalla durante un buen rato.
Luego contestó con una sola palabra:
«Está bien».
Durante los días siguientes actuó como si nada hubiera pasado, mientras cerraba con meticulosidad cada detalle de su plan. Invitó a los miembros de ambas familias a cenar el sábado.
Cuando Marta Carrasco volvió a pedirle otros 100 € para “medicinas adicionales”, Lucía Rubio hizo la transferencia sin la menor vacilación.
Llegó el sábado.
La cena salió impecable. Daniel Ortíz representó a la perfección el papel de esposo entregado. Marta Carrasco, con su dulzura estudiada y sus atenciones, cautivó a todos.
