«Mañana tu mujer volverá a llenarme los bolsillos» dijo Marta Carrasco por teléfono, dejando a Lucía helada al escuchar la confesión

Una hipocresía tan fría e intolerable.
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—Los cincuenta mil de siempre. Es casi enternecedor ver lo mucho que se preocupa por mi salud.

Al instante, Daniel Ortíz soltó una carcajada.

—Mamá, eres una genia. Lo de la artrosis te salió redondo.

A Lucía Rubio empezaron a temblarle las manos.

Los informes médicos… las recetas… ¿también eran una mentira?

—No exageres, tampoco soy tan brillante —respondió Marta Carrasco, satisfecha—. Tu mujer es demasiado confiada, eso es todo. Y encima generosa, que nos viene todavía mejor. Aprovechad mientras podáis.

—Ese es justo mi plan —contestó Daniel Ortíz—. Quiero un coche nuevo. Uno europeo de verdad. ¿Para qué iba a casarme con una mujer con dinero si no?

Lucía Rubio sintió que el aire se le quedaba atascado en el pecho.

Aquel no podía ser el mismo Daniel Ortíz del que se había enamorado seis meses atrás. No aquel hombre que, con los ojos húmedos, le había pedido matrimonio y le había hablado de una vida juntos, sostenida por el cariño y la confianza.

—Pero ten cuidado —lo previno Marta Carrasco—. No vaya a empezar a sospechar algo.

—Tranquila, mamá. Lucía Rubio está tan enamorada que, si se lo pidiera bien, me bajaría la luna. Solo tengo que escoger las palabras adecuadas.

Entonces llegaron las frases que terminaron de hacer añicos cualquier ilusión que aún le quedara.

—¿Amor? —se burló Daniel Ortíz—. Yo nunca he sido un romántico. Simplemente supe colocarme bien en la vida.

Seis meses de matrimonio no habían sido más que una operación conveniente.

La conversación siguió su curso.

Daniel Ortíz explicó que, en unos meses, pondrían fin a aquellas supuestas “terapias” y que después empezaría a preparar el terreno para convencer a Lucía Rubio de comprar un coche caro. También se mofó de sus logros, asegurando que todo lo que tenía se lo debía a su padre.

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