—No montes una tragedia —arrulló Montserrat Campos con aquella voz melosa que reservaba para hacer daño sin despeinarse—. He guardado tus cosas con mucho cuidado en cajas y las he bajado al trastero. No falta nada, quédate tranquila. Y lo del dinero… bueno, ya te lo iremos devolviendo. Poco a poco. Cuando Huguito se recupere y pueda respirar.
—¿Recuperarse de qué? —A Sofía Delgado le subió por dentro una furia fría, compacta—. Trabaja en vuestra empresa y cobra todos los meses. ¿De qué tiene que levantarse?
—No me hables en ese tono —la dulzura desapareció al instante de la voz de su suegra—. Has vivido tres años en el piso de mi difunta madre. ¿O creías que eso era gratis? Considéralo el alquiler. Estamos en paz.
Y colgó.
Sofía permaneció sentada en los escalones otros diez minutos. Los vecinos pasaban, la saludaban, se volvían a mirarla con extrañeza. Ella no contestaba. Solo pensaba.
Tres años atrás se había casado con Hugo convencida de que había encontrado a un hombre sereno, fiable. No era apasionado ni especialmente romántico, pero parecía decente. Estable. El único problema visible era su madre: una mujer autoritaria que trataba a su hijo como si fuera una propiedad más.
Montserrat entraba en la vivienda sin avisar, cambiaba muebles de sitio, ponía pegas a la comida de Sofía y le explicaba cómo debía planchar correctamente las camisas. Sofía aguantaba. Sonreía. Se decía que, con el tiempo, aquella mujer acabaría aceptándola como parte de la familia.
Pero Montserrat nunca tuvo intención de aceptarla. Solo esperaba el momento adecuado. Durante tres años había tejido su red, envenenando a Hugo gota a gota. Y ahora, aprovechando que Sofía se había marchado por trabajo, la araña había lanzado el ataque.
Sofía se puso de pie, se sacudió el abrigo y buscó el móvil en el bolso.
—Lucía, hola. ¿Puedo dormir esta noche en tu casa? Te lo cuento cuando llegue.
Los tres días siguientes transcurrieron para ella como una campaña militar. Contrató a un abogado, reunió todos los papeles relacionados con el piso y rescató los extractos bancarios de los últimos tres años. Descubrió que, legalmente, su suegra no podía cambiar la cerradura sin el consentimiento de todos los titulares. Y ella también lo era, según el certificado de matrimonio y el contrato hipotecario.
El abogado resultó ser un tipo competente, de mirada cansada, como quien ya ha visto demasiadas miserias familiares.
—Un clásico —murmuró mientras pasaba las hojas—. La mamá salvando al niño de la esposa “equivocada”. Me lo he encontrado mil veces. Pero aquí se ha pasado de lista. Cambiar la cerradura sin su autorización equivale, en la práctica, a impedirle acceder a un bien que también le pertenece. Podemos presentar una denuncia por coacciones o por actuación arbitraria.
—¿Y el piso? —preguntó Sofía.
—Fue adquirido durante el matrimonio. Da igual que una parte procediera de una herencia de su marido. Usted aportó dinero a la hipoteca y a las reformas. ¿Conserva facturas?
—Todas.
—Entonces, en caso de divorcio, le corresponde una compensación. Y no será pequeña.
Sofía asintió. Divorcio. La palabra ya no le pareció un abismo. Sonaba más bien a salida.
Al cuarto día llamó a Hugo.
—Tenemos que vernos. Hay que hablar.
Él aceptó con desgana, claramente siguiendo instrucciones de su madre, que seguramente pretendía supervisar aquella supuesta devolución del dinero. Al final acordaron encontrarse en una cafetería cercana al piso.
