«¡Yo no me he puesto a su servicio como criada, Marta Blanco!» exclamó Raquel, plantándose frente a las imposiciones de la suegra

Esa exigencia cruel revela un egoísmo insoportable.
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—¡Yo no me he puesto a su servicio como criada, Marta Blanco! Tiene una hija adulta viviendo con usted; que sea ella quien le limpie la casa. Yo soy la esposa de su hijo, y Sergio Hidalgo y yo tenemos nuestro propio hogar, nuestra propia familia. ¡Eso es todo!

—Sergio, soy yo. ¿Puedes venir ahora mismo? Me hacen falta unos tarros, con urgencia.

En la voz de Marta Blanco, al otro lado del teléfono, no había ni rastro de súplica. No contemplaba una negativa y tampoco estaba dispuesta a escuchar excusas. Era ese tono astuto y, al mismo tiempo, duro como el acero que Sergio detestaba desde la adolescencia.

Cerró los ojos y se masajeó el puente de la nariz, intentando salvar lo poco de calma que le quedaba aquella noche. Los hombros, que apenas unos minutos antes se le habían aflojado tras una jornada interminable, volvieron a tensarse como si se le hubiera colocado una coraza encima.

—Hola, mamá. Ya es bastante tarde; acabo de llegar del trabajo. ¿Qué tarros? Mañana te los llevamos —respondió procurando sonar sereno, sin dejar que se le notara la irritación, porque sabía que cualquier matiz de protesta sería usado en su contra.

Raquel Delgado, sentada en el sillón de enfrente con un libro entre las manos, bajó la mirada sin querer. No alcanzaba a oír las palabras de su suegra, pero conocía demasiado bien aquel tono en la voz de su marido. Significaba que la velada se había terminado. Que estaba a punto de empezar la maniobra habitual, larga y agotadora, tan persistente como un dolor de muelas.

—¿Cómo que qué tarros? Los vacíos, los que están en el balcón. Se me ha ocurrido de pronto poner pepinos en conserva para el invierno, y Luna Vázquez se encuentra fatal, no puede ir a la tienda —gimoteó Marta Blanco en el auricular—. La pobre está aquí tumbada, hecha polvo. ¿O es que tú también estás cansado? ¿Ya no tienes fuerzas para ayudar a tu propia madre? No te estoy pidiendo que cargues sacos.

Sergio guardó silencio. Fijó la vista en un punto de la pared, y Raquel vio cómo una arruga profunda le cruzaba la frente. Lo habían acorralado. Si decía que no, vendría media hora de sermón sobre su falta de corazón y su ingratitud.

Si aceptaba, tendría que vestirse de nuevo y cruzar media ciudad por un capricho que, con toda probabilidad, no era más que una prueba de obediencia. “Luna Vázquez se encuentra fatal”: aquella era la carta ganadora que Marta Blanco sacaba siempre que quería conseguir algo.

Luna Vázquez, con treinta años y una fuerza de toro, siempre “se encontraba fatal” cuando se trataba de trabajar, ayudar en casa o acercarse a comprar cualquier cosa.

Raquel notó que su marido tomaba aire para replicar, pero comprendió que no serviría de nada. Era más sencillo perder media hora que soportar la escena telefónica y, después, ver a Sergio sentado allí, como si le hubieran exprimido hasta la última gota de energía. Cerró el libro con decisión y se puso de pie.

—Voy yo —dijo en voz baja, lo bastante alta para que él la oyera.

Sergio la miró con una mezcla de gratitud y culpa. Cubrió el micrófono con la palma de la mano.

—Raquel, no hace falta. Ya voy yo…

—Quédate sentado —lo interrumpió ella—. Yo acabaré antes.

Se acercó, le quitó el teléfono de la mano y se lo llevó a la oreja. Su voz sonó educada, casi empalagosa de tan amable.

—Buenas noches, Marta Blanco. Sergio está muy cansado. Ahora mismo recojo los tarros y se los llevo en media hora.

Al otro lado hubo un instante de silencio. La suegra, evidentemente, no había calculado ese giro. Toda su jugada estaba dirigida contra su hijo.

—Ah… Raquel Delgado… Bueno, tráelos, si no queda otra —consiguió decir al fin, sin poder disimular la decepción.

En el balcón había una caja de cartón llena de tarros de cristal de tres litros, cubiertos de polvo. Eran restos de otro tiempo, cosas de las que nunca se habían decidido a desprenderse. Raquel levantó la caja con una mueca de rechazo. El vidrio chocó entre sí con un sonido sordo. Cargó con aquello como si llevara en brazos el símbolo de las obligaciones de su marido: pesadas, vacías y completamente absurdas, pero de las que Sergio no lograba liberarse.

La casa de su suegra la recibió con el olor de siempre: muebles viejos, humedad encerrada y un tufo agrio que salía de la cocina. En el rellano, una única bombilla débil teñía de azul las paredes gastadas, haciendo que todo pareciera aún más opresivo. Raquel llamó al timbre.

Pasaron unos segundos antes de que se oyeran pasos arrastrados. En cuanto Marta Blanco abrió la puerta y Raquel cruzó el umbral, comprendió de inmediato que acababa de entrar en una representación preparada de antemano.

La escena era tan previsible que no le provocó sorpresa, sino una irritación vieja y apagada. En el salón, inundado por la luz azulada de un programa de tertulia que vociferaba desde un televisor demasiado grande, Luna Vázquez yacía desparramada en un sillón profundo.

La “pobre enferma”, supuestamente postrada y sufriendo, estaba desplazando el dedo por la pantalla de su móvil; el resplandor frío del aparato le dibujaba sombras pálidas en la cara. A su lado había una mesita baja.

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