—¡Eso sería lo correcto!
“Lo correcto”. Él, que se había ido con otra mujer, ahora se atrevía a hablarle de justicia.
—Lo correcto, Fernando Navarro, es lo que marca la ley. Y la ley dice muy claro que tú no tienes ningún derecho sobre mi departamento —contestó Gabriela Luna, con una frialdad que ni ella misma se conocía.
—¡Me vale tu ley! —soltó él, ya con un filo histérico en la voz—. También existe la conciencia, ¿sabes? ¡Existen reglas humanas! ¡No pienso irme con una maleta y ya! ¡No desperdicié diez años de mi vida contigo para terminar así!
Ni siquiera pareció darse cuenta de lo que acababa de decir. Pero Gabriela sí lo escuchó. “Desperdicié”. Como si ella hubiera sido una mala inversión.
—Entonces, según tú, ¿debería pagarte una especie de liquidación? ¿Una compensación por haber sido mi marido?
—¡Llámalo como se te dé la gana! —casi gritó, al notar que su plan empezaba a desmoronarse—. ¡Pero no me voy a ir con las manos vacías! ¡Te voy a demandar! Voy a demostrar que hice mejoras inseparables en esa propiedad. ¡Y si necesito testigos, los consigo!
Gabriela lo observó en silencio. Aquel hombre desconocido, alterado, escupiendo rabia como si ella fuera su enemiga. Y, de pronto, dejó de dolerle la traición. Lo único que sintió fue asco… y alivio. Un alivio enorme, profundo, que la inundó por completo al entender que ese hombre ya no formaría parte de su vida.
Se levantó sin decir más, dejó sobre la mesa el dinero de su café y caminó hacia la salida.
—¿A dónde vas? ¡No hemos terminado de hablar! —le gritó él a sus espaldas.
Ella se detuvo apenas un segundo, pero no volteó.
—Sí terminamos, Fernando. Terminamos desde hace un año, cuando decidiste que tu vida iba a ser mejor al lado de otra mujer. Así que ahora te pido que seas coherente con tus propias decisiones. Te fuiste. Pues vete de una vez. Y llévate también tus “cálculos”.
Salió a la calle. Llovía. Aun así, sintió como si hubiera escapado de un cuarto cerrado, pesado, lleno de humo, y por fin pudiera respirar aire limpio. Sabía que Fernando la demandaría. Sabía que vendrían lodo, desgaste, nervios, abogados y gastos. Pero también sabía algo más: iba a ganar. Porque de su lado no estaba únicamente la ley. También estaba la verdad.
Cuando Gabriela Luna dejó atrás la cafetería y pisó la banqueta húmeda, perfumada por la lluvia, no regresó a casa. Dobló hacia un parquecito tranquilo, se sentó en una banca mojada y sólo entonces se permitió tomar aire. Le costó llenar los pulmones, como si acabara de salir a la superficie después de una larga inmersión sofocante.
No lloró. La etapa de las lágrimas había quedado enterrada un año antes, cuando Fernando se marchó. Lo que ahora sentía era otra cosa: un desprecio frío, casi repulsivo, mezclado con una lucidez amarga que había llegado demasiado tarde. De pronto, los diez años de matrimonio se le mostraron bajo una luz nueva y despiadada. Comprendió que la traición de él no había empezado cuando conoció a la otra mujer. Esa traición ya venía tejida en la tela misma de su relación desde el primer día.
Para Fernando, ella nunca había sido una compañera. Había sido un proyecto. Una inversión. Como buen calculador, él había puesto en ella sólo lo necesario para conservar su “valor”: algunos cumplidos, flores de vez en cuando, migajas esporádicas de atención. Y Gabriela, cegada por el amor y por la gratitud de que “un hombre como él” la hubiera elegido a ella, una muchacha sencilla, lo entregó todo: su energía, su apoyo, su admiración. También puso sobre la mesa el departamento que tenía desde antes de casarse, convirtiéndolo con ilusión en “el hogar de los dos”. Nunca quiso ver que, para él, aquel lugar no era un nido, sino una oficina cómoda, con recámara y servicio gratuito.
