—Valeria, pásame $6,300 a mi tarjeta. Mañana vence la mensualidad del banco —soltó Diego Mata sin despegar los ojos de la laptop, donde otra vez andaba metido en sus batallas de tanques.
Valeria Cruz se quedó inmóvil, con la plancha en la mano. El vapor salió a presión por los orificios, envolviendo la tabla de planchar en una nubecita blanca. Despacio, dejó la plancha sobre la base y miró la espalda ancha de su esposo, apretada por una playera vieja de estar en casa. Aquel ritual mensual de “transfiéreme dinero” llevaba cuatro años repitiéndose; sin embargo, justo ese martes lluvioso de noviembre, algo dentro de ella terminó de romperse.
—Diego —dijo en voz baja, esforzándose para que no se le quebrara el tono—, ¿de verdad no te quedó ni un peso? La semana pasada hice el súper con $1,800 y también pagué los servicios. De mi adelanto ya no queda casi nada, y todavía tengo que aguantar hasta la quincena.
Diego chasqueó la lengua, fastidiado. Se quitó los audífonos y giró en la silla. Tenía la cara ofendida, como la de un niño al que le arrebataron un dulce.
—Valeria, eso ya lo habíamos hablado. Ahorita el trabajo está flojo por temporada, no hay pedidos. Tú sabes que yo vivo de comisiones. Pero el banco no espera. A mi mamá ya le llegó el mensaje recordándole el pago. No querrás que empiecen a molestarla los de cobranza, ¿verdad? Además, se le sube la presión.

—Ah, entonces tu mamá tiene presión alta y yo tengo una máquina para imprimir billetes escondida en el buró, ¿no? —Valeria jaló el cable de la plancha y lo desconectó de la pared—. Diego, llevo cuatro años pagando ese crédito. Cuatro años entregando el setenta por ciento de mi sueldo por un departamento donde, legalmente, no soy nadie.
—¡Otra vez con lo mismo! —Diego puso los ojos en blanco—. ¿Cuántas veces vamos a masticar el mismo tema? Ya te expliqué cien veces: lo pusimos a nombre de mi mamá porque a ella le daban una tasa preferencial por ser jubilada y tener reconocimiento laboral. ¡Nos ahorramos un dineral! Esto es para nuestra familia.
—¿Para cuál familia, Diego? —Valeria caminó hacia la ventana, golpeada por la lluvia de otoño—. En los papeles, nuestra familia no existe dentro de este departamento. Hay una propietaria: Guadalupe Mejía. Y estamos nosotros, los inquilinos que pagan su patrimonio. Mejor dicho, estoy yo. Porque tu “temporada baja”, curiosamente, dura todo el año.
—¿Ahora me vas a echar el dinero en cara? —la voz de él se volvió aguda—. Te volviste interesada, ¿o qué? ¡Yo también aporto! ¡Yo hice la remodelación! ¡Yo pegué el papel tapiz!
—El papel tapiz que se compró con mi bono. Diego, ya no puedo más. Hoy fui al dentista y necesito una corona. Eso cuesta. Y no tengo dinero, porque mañana toca pagar la mensualidad. Llevo cinco años usando el mismo abrigo de invierno. En cambio, tu mamá la semana pasada andaba presumiendo su abrigo nuevo de piel, porque claro, puede guardar su pensión completa: sus hijos le ayudan con “la vivienda”.
—¡No te metas con el dinero de mi madre! —Diego se levantó de golpe—. Eso es muy bajo. Ella nos abrió las puertas de su departamento y tú…
—¿Nos abrió las puertas de un departamento que yo estoy pagando? Qué generosa, de verdad.
—Ya estuvo. Se acabó el numerito. Haz la transferencia. No pienso pasar vergüenzas mañana con mi mamá si el banco le llama. Y caliéntame la cena, tengo hambre.
Diego volvió a colocarse los audífonos, dejando claro con cada gesto que la conversación, para él, había terminado. Valeria se quedó mirando su nuca y sintió cómo un vacío helado se le extendía por el pecho. El amor, la paciencia, la esperanza: todo se evaporó de golpe. En su lugar apareció una lucidez fría, dura, casi matemática.
Sin decir una palabra salió de la habitación, tomó su celular y abrió la aplicación del banco. En la cuenta quedaban $7,200. Exactamente lo suficiente para cubrir la mensualidad y comprar algo de comida. Su dedo se detuvo encima del botón de transferencia.
Entonces recordó la conversación que había escuchado por accidente el día anterior. Guadalupe Mejía había ido de visita; estaba tomando té en la cocina mientras Valeria bajaba rápido a la tienda. Pero volvió antes de lo previsto y, al abrir la puerta con cuidado, alcanzó a oír la voz de su suegra desde la cocina. Hablaba por teléfono con su hija mayor, la cuñada de Valeria, Carolina Mata.
“Sí, Carolinita, todo va conforme al plan. El crédito del departamento se está pagando puntualmente. Les quedó muy bonita la remodelación; Valerita es muy cumplida.”
