Al encenderlo, la pantalla se llenó de notificaciones. Treinta y ocho llamadas perdidas de Luis Mendoza, doce de su suegra. También había un mensaje de Silvia Aguilar: “A Luis le está fallando el corazón. ¿Ya estás contenta?”
Andrea soltó una sonrisa seca, sin alegría. Era el recurso de siempre: usar una enfermedad como anzuelo para hacerla sentir culpable. Ya se sabía el guion de memoria. Un día era la cabeza, otro la presión, otro ese “dolorcito en el pecho” que aparecía justo cuando Luis intentaba poner un límite. Y él, obediente, salía corriendo, cancelaba todo, dejaba lo que fuera con tal de atenderla.
Pero aquella carga ya no le correspondía.
Escribió una sola respuesta: “Llamen a una ambulancia. Yo no voy a regresar.”
La primera entrevista fue en una clínica ubicada cerca de la avenida La Paz. Andrea se puso la única ropa presentable que tenía, se maquilló con cuidado y caminó con la espalda derecha, aunque por dentro le temblaran las rodillas. La directora médica, una mujer de unos cincuenta años, de mirada inteligente y voz serena, revisó su currículum con atención antes de hacerle varias preguntas sobre su experiencia.
—¿Por qué dejó de trabajar estos tres años?
Andrea se quedó inmóvil un segundo. ¿Qué podía contestar? ¿Que su marido y su suegra se lo habían prohibido? ¿Que la tuvieron guardada en una casa como si fuera una muñeca sin voluntad?
—Por asuntos familiares —respondió al fin—. Pero ahora puedo incorporarme de tiempo completo.
La doctora asintió.
—Necesitamos a alguien en recepción y administración. Los horarios son rotativos, el sueldo al principio no es muy alto, pero hay oportunidad de crecer. ¿Podría empezar dentro de una semana?
—Sí, claro que puedo.
Y la sonrisa que se le abrió entonces no fue de compromiso. Por primera vez en mucho tiempo, Andrea sonrió de verdad.
Esa noche, sentada en la cocina de Gabriela Sandoval, brindó con vino barato servido en tazas, mientras las dos se reían casi a gritos.
—¡Me aceptaron! ¡Gaby, voy a volver a trabajar!
—Eso, chingona —dijo Gabriela, chocando su taza contra la de ella—. ¿Y Luis? ¿Sigue friegue y friegue?
—Me llama. Me manda mensajes. No le contesto.
—Haces bien. Que ahora él sepa lo que se siente perder a alguien.
Pero Luis no entendió nada. Tres días después la encontró. Era de noche; Andrea volvía de hacer compras y, al llegar al edificio de Gabriela, lo vio esperándola junto a la entrada. Parecía envejecido, flaco, con la camisa arrugada y la cara deshecha.
—Andrea, tenemos que hablar.
—No tenemos nada que hablar —dijo ella, intentando pasar de largo.
Luis la sujetó del brazo.
—Mi mamá está enferma. Enferma de verdad. Se le sube la presión, se toma puños de pastillas. Los doctores dicen que es estrés. Por tu culpa.
Andrea le arrancó el brazo de la mano.
—¿Por mi culpa? Luis, tu mamá me estuvo torturando durante tres años. Me humilló, me escondió, me trató como sirvienta. Y tú te quedaste callado. Siempre la escogiste a ella. Nunca a mí.
—Tú sabes cómo es… Pudiste aguantar un poco más, adaptarte…
—¿Adaptarme? —la voz de Andrea se quebró y subió de golpe—. ¡Me adapté tres años! Lavé, cociné, limpié, aguanté que me llamara criada en mi propia cara. ¿Y qué cambió? Nada. Absolutamente nada.
—Andrea, vuelve. Yo hablo con mi mamá. Te juro que ahora sí va a entender…
—No —ella negó despacio—. No voy a regresar. Quiero vivir, Luis. Vivir, no pasar los días con miedo. Conseguí trabajo. Voy a empezar de nuevo. Sin ustedes.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta del edificio. Luis la llamó varias veces, pero Andrea no miró atrás.
En el departamento de Gabriela hacía calor y olía a caldo recién hecho. Andrea se quitó el abrigo, entró a la cocina y se dejó caer en una silla.
—¿Vino? —preguntó Gabriela.
—Sí.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no voy a volver.
Gabriela le sirvió un plato hondo, le puso pan a un lado y empujó la comida hacia ella.
—Muy bien. Aguanta vara. Lo peor ya lo cruzaste.
Andrea, sin embargo, sabía que no era así. Lo más difícil apenas estaba empezando.
El trabajo en la clínica resultó ser una especie de salvación. Llegaba a las ocho de la mañana, recibía a los pacientes con una sonrisa, registraba citas, organizaba expedientes y se encargaba del papeleo. La directora, la doctora Elena Aguilar, era estricta, pero justa. No se metía en la vida privada de Andrea ni hacía preguntas incómodas. Simplemente la dejaba trabajar.
Un mes después, Andrea rentó un cuarto en una colonia modesta de Guadalajara. Era pequeño, con muebles viejos que parecían sacados de otra década, pero era suyo. Compró sábanas nuevas, colgó unas cortinas claras en la ventana y puso una maceta con violetas sobre el alféizar. Ese rincón era su territorio. Un lugar donde nadie podía decirle cómo respirar.
Luis empezó a llamar cada vez menos. Silvia Aguilar envió un último mensaje: “Te vas a arrepentir. Dios todo lo ve. Te castigará por destruir esta familia.”
Andrea borró el número y lo bloqueó.
Pasaron seis meses.
La primavera llegó tarde a Guadalajara, pero llegó con fuerza. En cuestión de días, el aire se volvió más tibio, los árboles reverdecieron y la gente dejó en casa los abrigos pesados. Una tarde, al volver del trabajo, Andrea decidió cruzar por el parque. Fue entonces cuando lo vio.
Luis estaba sentado solo en una banca, encorvado, como si el cuerpo ya no pudiera sostenerle el peso de la vida. Se veía por lo menos diez años mayor. A un lado tenía apoyadas unas muletas.
Andrea quiso seguir de largo, pero él levantó la cabeza y sus miradas se encontraron.
—Andrea…
Su voz sonó ronca, cansada, casi ajena. Ella se detuvo a unos pasos.
—¿Qué te pasó?
—Un derrame cerebral —respondió él, torciendo la boca en una sonrisa amarga—. Hace dos meses. El lado izquierdo todavía no me responde bien. Los médicos dicen que fue por estrés, por agotamiento.
