«Yo no voy a pagar por tu familia, ¿te queda claro?» respondió ella de frente, sin alzar la voz, con una frialdad capaz de helar el aire de la cocina

La indiferencia se volvía cruel y absolutamente intolerable.
Historias

Beatriz Vidal se presentaba con sus “recomendaciones” envueltas en falsa experiencia:

—Con ese subcontratista ve con cuidado. Le encanta que le acaricien el lomo; no entres de frente o se cerrará en banda.

—A ese cliente, mejor ni te acerques todavía. Respetaba mucho a Javier Campos y contigo aún no tiene confianza.

—Este boletín yo lo reharía de arriba abajo, pero si quieres dejarlo así… adelante. Al final ya volveremos a mi versión, como siempre.

Decir que a Ana León le entraban ganas de soltar una barbaridad habría sido quedarse muy corta.

Pero aguantó.

Por ahora.

Una noche, cuando en la oficina ya no quedaba nadie más que ellas dos, Beatriz lanzó una pregunta de pronto, como quien no quiere la cosa:

—Oye, ¿es verdad que te ofrecieron el ascenso después de una conversación a solas con Rafael Marín?

Ana levantó la vista del portátil.

—¿Y se puede saber de dónde has sacado eso?

—No sé… Se oyen cosas.

—Los rumores son el pasatiempo favorito de quienes no tienen datos —contestó Ana con frialdad, antes de volver a fijar los ojos en los documentos.

—No te enfades, solo preguntaba —replicó Beatriz con una inocencia tan fingida que resultaba ofensiva—. Me parece curioso que te eligieran precisamente a ti. Había candidatos de sobra.

—Y, aun así, me eligieron a mí —dijo Ana, sin alterar el tono—. Supongo que tendrían sus motivos.

Beatriz dejó escapar una sonrisa apenas perceptible.

—Puede ser. Aunque ya sabes cómo funcionan aquí las cosas. No siempre mandan los resultados. A veces pesa más… la simpatía.

Ana cerró el portátil despacio.

—Beatriz, si quieres insinuar algo, dilo claramente.

—No, mujer, qué va —respondió ella, abriendo las manos—. Solo pensaba en voz alta. No te lo tomes como algo personal.

Ana no contestó.

Fue entonces cuando lo comprendió de verdad por primera vez: la batalla en casa y la batalla en el trabajo eran la misma. Solo cambiaban los rostros.

El fin de semana la llamó su madre. Su madre de verdad, no la familia de su marido.

—Hija, ¿dónde te has metido? —su voz sonaba cálida, cercana, conocida—. Te he llamado varias veces y no contestabas.

—Estoy trabajando, mamá —dijo Ana—. Nuevo puesto, demasiadas cosas encima.

—Bueno, al menos no te aburres —bromeó su madre—. Lo importante es que no te destroces tú sola. Y no escuches a nadie que te diga que no puedes con esto.

Ana la oyó en silencio y se sorprendió a sí misma conteniendo las lágrimas.

Cuántas veces había necesitado, sin pedirlo en voz alta, que alguien le dijera: “Yo creo en ti”.

De Carlos Suárez jamás lo había escuchado. De su madre, sí. Y con eso bastaba.

Cuando colgó, se sentó en el sofá y permaneció allí un buen rato, inmóvil.

En la cabeza se le mezclaban el trabajo, las personas, las dudas y una idea obstinada: qué fácil era que todo se viniera abajo cuando desaparecía la confianza.

Y qué difícil resultaba reconstruirla cuando no había nadie a tu lado.

El primer enfrentamiento serio estalló en la reunión del lunes.

Beatriz la interrumpió en mitad de la presentación:

—Ana, perdona, pero no estás teniendo en cuenta que el presupuesto publicitario del cuarto trimestre ya está asignado. Si cambiamos ahora de canal, vamos a pasarnos de gasto.

—Sí lo he tenido en cuenta —respondió Ana con calma—. El presupuesto estaba mal calculado. Lo he rehecho con las cifras reales.

—¿Quién lo autorizó? —la voz de Beatriz sonó afilada.

—Yo.

—¿Sin consultarlo con el departamento?

—Una responsable tiene derecho a tomar decisiones —dijo Ana, firme—. Si hay objeciones, las revisamos después de la reunión.

La sala quedó en silencio.

El director general esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible, pero Ana la vio.

Cuando terminó la reunión, Beatriz se acercó a ella junto al ascensor.

—¿Ahora quieres demostrar lo decidida que eres? Ten cuidado. Aquí pueden despedazarte.

—Que lo intenten —contestó Ana, mirándola de frente—. Ya estoy acostumbrada.

Esa noche recibió un nuevo mensaje de Carlos Suárez.

Carlos Suárez: “Ana, tenemos que vernos. Lo he entendido todo. No quiero que lo nuestro acabe así.”

Tardó mucho en responder. Al final escribió:

Ana León: “Ya veremos. Ahora no es el momento.”

Carlos contestó casi al instante.

Carlos Suárez: “Has cambiado. Te has vuelto muy fría.”

Ana se quedó mirando aquellas palabras y pensó que quizá sí, quizá había cambiado. Pero no en el sentido que él creía. No se había vuelto fría. Se había vuelto lúcida.

La semana pasó a toda velocidad. Para finales de mes, el departamento había conseguido resultados excelentes: nuevos clientes, más facturación, un aumento notable de solicitudes entrantes. Rafael Marín la felicitó delante de todos.

—Buen trabajo. En especial Ana. Se nota que tiene las cosas bajo control.

Ana dio las gracias, aunque la sonrisa le salió forzada. Ya había aprendido que el éxito era una moneda de dos caras. Después del elogio, algunos compañeros empezaron a mirarla de otra manera.

Unos la felicitaron sinceramente.

Otros lo hicieron con una media sonrisa cargada de burla.

Esa noche, cuando todos se marcharon, Ana se quedó sola. La oficina permanecía en silencio, con apenas el rumor de la calle al otro lado de los cristales y la luz del monitor iluminándole el rostro.

Abrió los mensajes y le escribió a su madre:

Ana León: “Mamá, lo estoy consiguiendo. Pero cuesta mucho.”

Madre: “Si cuesta, es que vas por el camino correcto.”

Ana sonrió.

Y entendió que, por primera vez en mucho tiempo, aquella dificultad ya no le parecía una amenaza.

Pero al día siguiente todo cambió de golpe.

Por la mañana, en cuanto cruzó la puerta de la oficina, Beatriz le tendió una carpeta.

—Aquí tienes la documentación del subcontratista. Hay que firmarla.

—Déjame revisarla.

Ana pasó las hojas una a una y enseguida lo vio: las cifras no cuadraban. Según el contrato anterior, el importe era menor. En aquellos papeles aparecían cuarenta mil más.

—¿Qué es esto?

—Nueva tarifa —respondió Beatriz sin inmutarse—. Han subido los precios.

—¿Y por qué exactamente?

—Pues ya sabes: inflación, todo se encarece.

Ana alzó la mirada.

—Los llamaré yo misma.

—Como quieras —Beatriz se encogió de hombros—. Pero no te sorprendas si luego tienes que pedir disculpas.

Quince minutos después, Ana habló directamente con la empresa.

Y descubrió que no existía ninguna nueva tarifa.

Colgó el teléfono y permaneció sentada unos segundos, completamente quieta. Luego se levantó y dijo en voz baja:

—Ahora sí empieza de verdad.

Aquella noche llegó a casa más tarde de lo habitual. En la mesa seguía una taza de té a medio tomar. En el móvil la esperaba otro mensaje de Carlos Suárez:

“Te echo de menos. Quiero hablar. Sé que me equivoqué.”

No respondió. Simplemente apagó el teléfono.

El lunes por la mañana comenzó con una reunión.

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