Entonces, a su juicio, si se lo habían propuesto, significaba que estaba preparada. ¿No lo veía?
Ana León lo observó durante un largo instante. En aquella voz no encontró apoyo, sino cálculo. Carlos Suárez no le estaba diciendo “confío en ti”; en realidad, lo que venía a decirle era: “esto nos conviene”.
—Necesito tiempo —contestó ella.
—De acuerdo —él se recostó en la silla—. Pero no lo olvides: ofertas así no llaman dos veces a la misma puerta.
La mañana siguiente empezó con el sonido del teléfono. Llamaba la madre de Carlos. Ana estaba en el baño, cepillándose los dientes, mientras él hablaba en voz alta, como si quisiera asegurarse de que ella también lo oyera:
—Sí, mamá, claro. No te preocupes, lo arreglo yo. Sí, Ana aceptará, seguro. ¿Adónde va a ir, si no?
Ella escupió la espuma y se quedó inmóvil.
“¿Adónde va a ir, si no?”
La frase le retumbó por dentro.
La conversación que tuvieron después en la cocina no fue más que la continuación de todo lo que se había ido acumulando. En realidad, aquello ya se había dicho muchas veces antes; solo que nadie había querido escucharlo.
—Vale —acabó diciendo Carlos, apartando la mirada—. Ya lo entiendo. No quieres ayudar, pues no ayudes.
—Lo que quiero es que tú mismo quieras dejar de poner a tu madre entre nosotros —respondió Ana—. No pido nada más.
Él la miró con cansancio, casi sin esperanza, como se mira a alguien con quien resulta imposible llegar a ningún acuerdo.
—Ana, tú siempre lo complicas todo.
—Y tú lo reduces todo demasiado —dijo ella, levantándose de la mesa—. Quizá por eso llevamos tanto tiempo sin movernos del mismo sitio.
Entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí. Sacó el móvil, abrió el chat con su jefe. Ya había escrito y borrado el mismo mensaje tres veces:
“Acepto la propuesta. El lunes estaré lista para empezar.”
Su dedo quedó suspendido sobre el botón de enviar. Inspiró hondo. Luego pulsó.
La pantalla se iluminó un segundo. Después, silencio.
Desde la cocina llegó el ruido de unos platos. Carlos, probablemente, volvía a hablar con su madre.
Ana permaneció junto a la ventana y pensó que quizá era ahora cuando empezaba de verdad a hacerse adulta.
No cuando terminó la carrera. No cuando se casó. Ni siquiera cuando le ofrecieron aquel nuevo puesto.
Ahora. Justo en el momento en que, por primera vez, había sido capaz de decir: “no”.
—¿Esto es un circo o una oficina? —se oyó de pronto desde la puerta, y la sala quedó en silencio al instante.
Ana estaba en el umbral de su nuevo despacho, con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa nerviosa que no conseguía disimular. Era su primer día como responsable del departamento de marketing, y la bienvenida había consistido en encontrar a tres empleados discutiendo sobre la maqueta de un cliente, alzando la voz y pisándose las frases unos a otros.
—Perdón —dijo la chica de gafas que estaba junto a la ventana—. Solo estábamos… aclarando unos detalles.
—Los detalles se aclaran en la sala de reuniones —Ana avanzó hacia su mesa—. Aquí, ahora mismo, vamos a calmarnos. Mañana vence el plazo y no podemos permitirnos perder tiempo en peleas.
La estancia quedó congelada. Durante unos segundos todos la miraron: con curiosidad, con cautela y también con una desconfianza apenas velada. Entonces uno de los chicos murmuró, casi por lo bajo:
—Ya empezamos. Escoba nueva…
Ana no reaccionó. Encendió el ordenador y se puso a revisar los informes.
Diez minutos después, el silencio era absoluto.
A mediodía ya tenía claro que el equipo que acababa de heredar no era precisamente una familia bien avenida.
Eran doce personas, y al menos la mitad parecía convencida de que en aquella silla debería estar sentada otra: Beatriz Vidal. Alta, llamativa, siempre medida, con una voz profesional que no dejaba escapar emociones. Llevaba más tiempo que nadie en la empresa, conocía a los clientes, había sacado adelante los proyectos importantes y mostraba una indiferencia demasiado evidente hacia todo lo que estaba ocurriendo.
—Si quieres, puedo enseñarte todos los contratos que siguen abiertos —le dijo Beatriz después de comer, asomándose al despacho—. Para que sepas en qué punto está cada cosa.
—Perfecto —respondió Ana—. A partir de las tres me viene bien. Para entonces habré terminado con esto.
—Bien. —Beatriz asintió, aunque se quedó un segundo más, como si dudara si añadir algo—. Solo que… no te lo tomes a mal, ¿vale? Aquí todo funciona de una determinada manera desde hace mucho tiempo, y arriba suelen creer que, poniendo a una persona nueva al mando, todo va a cambiar de golpe.
—Lo iremos viendo —contestó Ana con tranquilidad—. Lo importante es que funcione.
Cuando Beatriz se marchó, Ana dejó escapar por fin un suspiro largo, cargado de agotamiento. Sentía con absoluta claridad que para ellos era una intrusa.
Y aquella sensación de ser “la extraña” la conocía demasiado bien. En casa. Y ahora también en el trabajo.
Al caer la tarde, la cabeza le zumbaba. Salió a la calle y aspiró profundamente el aire frío de Madrid. Octubre estaba a punto de terminar; las hojas caídas se pegaban húmedas a las aceras, y la luz de las farolas brillaba sobre los charcos.
El móvil vibró.
“Carlos Suárez”.
No respondió. Podía esperar. Todavía era demasiado pronto para cualquier cosa.
Echó a andar despacio hacia el metro.
Pasó junto a quioscos, cafeterías y escaparates cubiertos de ofertas de otoño. La gente caminaba deprisa, cargada con bolsas; en algún lugar, alguien reía en voz alta. Dentro de ella, en cambio, solo había un hueco silencioso.
Esa noche, en casa —si es que aquel rincón alquilado de una sola habitación podía llamarse casa—, Ana encendió el hervidor y se sentó junto a la ventana. La cocina era diminuta. En el alféizar había varios cactus pequeños que había comprado el fin de semana, solo para que allí existiera algo vivo.
El teléfono anunció un mensaje nuevo.
Carlos Suárez: “Mamá pregunta cuándo cobras. Hay que pagar la calefacción.”
Ana se quedó mirando la pantalla mucho rato. Después borró el mensaje sin más.
Sin contestar.
Los días siguientes se convirtieron en una carrera sin respiro. Llegaba antes que todos y se marchaba la última. Se inclinaba durante horas sobre hojas de cálculo, revisaba informes antiguos, reescribía correos para clientes y trataba de poner orden en un caos que no había creado.
El lunes la llamó el director general.
—Veo que te has tomado el puesto en serio. Bien hecho. Pero no me aprietes demasiado al equipo, ¿de acuerdo? Ya están todos bastante tensos desde la salida de Javier Campos.
—Lo entiendo —dijo Ana.
—Lo principal es que no quieras cambiarlo todo de inmediato. Observa cómo trabaja cada uno, qué puede aportar, dónde falla. Luego ya sacarás conclusiones.
Ella asintió, aunque por dentro sabía que no tenía margen para limitarse a observar. Clientes, informes, fechas límite, retrasos acumulados: todo le había caído encima al mismo tiempo.
Durante las dos primeras semanas apenas comió en condiciones. Vivía a base de café y de sándwiches comprados en la máquina.
Beatriz Vidal, por su parte, empezó a aparecer cada vez con más frecuencia para dejarle alguno de sus “consejos”.
