El cajero automático expulsó la tarjeta con un pitido agudo y desagradable. En la pantalla, en lugar del mensaje habitual para retirar el dinero, apareció una advertencia en rojo: la operación había sido rechazada.
Silvia Núñez parpadeó, desconcertada. Se acomodó el gorro de piel, que de pronto le pesaba demasiado y le daba calor. Tenía que ser un fallo. Seguro que era un error. Era día dieciséis, justo la fecha en que su nuera solía ingresarle la ayuda mensual. Andrea Marín la llamaba “ayuda”, aunque Silvia, desde hacía tiempo, la consideraba casi una compensación legítima por haber criado a un hijo como Alejandro Vázquez.
Volvió a introducir la tarjeta en la ranura. Los dedos, metidos en guantes de cuero, resbalaron torpemente sobre los botones.
Saldo insuficiente.
A sus espaldas, alguien soltó un suspiro impaciente.

—Señora, ¿va a tardar mucho? Hay cola, por si no se ha dado cuenta.
Silvia se giró de golpe y clavó una mirada severa en el muchacho de la capucha.
—¡Un poco de paciencia! La máquina está fallando.
Se apartó hacia el escaparate de la tienda y sacó el móvil. La llamada daba tono, pero nadie respondía. Ni Andrea Marín ni Alejandro Vázquez.
—Muy bien, ya veréis —murmuró entre dientes, sintiendo cómo la ofensa le hervía por dentro—. ¿Ahora no estáis disponibles? Tengo cita para hacerme la manicura y me lo estáis echando todo a perder.
Llegó al piso de su hijo cuarenta minutos después. Durante todo el trayecto en taxi, pagado con el último efectivo que llevaba encima, no hizo más que alimentar su indignación. Se imaginaba entrando y diciéndoles cuatro verdades. Andrea Marín intentaría justificarse, y Alejandro Vázquez bajaría la mirada, culpable. Seguramente se les habría olvidado. Jóvenes, con la cabeza en cualquier parte. Pero ella se encargaría de recordárselo.
La puerta la abrió Andrea Marín.
Silvia llenó los pulmones, dispuesta a empezar con voz elevada, pero se quedó cortada. Su nuera tenía un aspecto espantoso. Andrea Marín, siempre tan arreglada, estaba allí con una camiseta vieja de su marido, el pelo recogido en un moño mal hecho, el rostro demacrado hasta dar miedo.
—¿Usted? —preguntó con una voz ronca, como una bisagra oxidada—. ¿No se le ocurrió llamar antes?
—¡He llamado! —Silvia cruzó el umbral con decisión, apartándola con el hombro. En vez del aroma a café recién hecho de siempre, la golpeó un olor a medicinas y aire encerrado—. Me estáis ignorando. Los dos. ¿Qué pasa aquí? ¿Por qué la tarjeta está vacía? ¡Me habéis dejado en ridículo en la tienda!
—Pase a la cocina —dijo Andrea Marín, cerrando la puerta sin mirarla—. Alejandro Vázquez saldrá enseguida.
La cocina estaba hecha un desastre. Sobre la mesa se amontonaban tazas sin lavar, papeles, cajas y blísteres de medicamentos. Silvia apartó unas migas de una silla con gesto de asco y se sentó sin quitarse el abrigo.
—Estoy esperando. Y, por cierto, tengo cosas que hacer.
Andrea Marín se dejó caer en el taburete de enfrente. Parecía completamente agotada.
—No habrá más transferencias, Silvia Núñez.
—¿Cómo? —la suegra soltó una risita nerviosa—. ¿Es una broma? Porque gracia no tiene ninguna.
—He dejado el trabajo. Hace una semana.
—¿Has renunciado? ¿A un puesto así? ¿Te has vuelto loca? Tenéis hipoteca, el niño empieza el colegio. ¿Y Alejandro Vázquez qué, tiene que matarse él solo trabajando?
—Alejandro lo sabe. Fue una decisión de los dos. El médico fue muy claro.
