—No es nada —contestó David, demasiado deprisa—. Mamá necesita algo de dinero para arreglar el balcón.
—¿Algo de dinero cuánto es exactamente?
—Setecientos euros. Nada más.
Sandra dejó la taza sobre la mesa con tanta brusquedad que el té saltó por el borde y manchó el mantel.
—¿Setecientos? ¿Y de dónde se supone que vamos a sacar eso?
—Tenemos ahorros —murmuró él, sin atreverse a mirarla.
—¡Esos ahorros eran para las vacaciones! Y para cambiar la nevera, que está a punto de morirse.
—Mamá me los devolverá antes del verano —dijo David, quitándole importancia con un gesto—. Además, ya se los he mandado.
Sandra se levantó de golpe.
—¿Me estás diciendo que ni siquiera pensabas hablarlo conmigo? ¡Ese dinero era de los dos!
—No empieces a gritar. Es mi madre. ¿Cómo voy a decirle que no?
En ese mismo instante sonó el móvil de Sandra. En la pantalla apareció un número desconocido.
—¿Sí?
—Sandrita, cariño, soy la tía Susana —canturreó una voz empalagosa al otro lado—. Tengo que pedirte un favorcito…
Sandra apretó el teléfono entre los dedos.
—¿Qué favor?
—A mi Zhuchka le han encontrado… bueno, una cosa fea, ya sabes. Hay que operarla. Son mil euros. Tú no vas a dejar tirada a la familia, ¿verdad?
Sandra se dejó caer lentamente en la silla.
—Tía Susana, nosotros no tenemos ese dinero.
—¿Cómo que no? —la dulzura desapareció de inmediato—. Si estáis pagando un piso y tenéis coche nuevo. ¿O es que para ti un perro no cuenta como un ser vivo?
—Yo…
—¡Ya hablaremos cuando nos veamos! —cortó Susana, colgando sin despedirse.
Sandra miró a David. Él seguía sentado, con la vista clavada en su teléfono.
—¿Has oído eso?
—Ayuda a tu tía —respondió él, casi sin levantar la cabeza—. También es de la familia.
—¿Y de dónde saco yo mil euros? ¿Me pongo a trabajar tres turnos seguidos?
—Puedes pedir un préstamo —soltó él entre dientes—. Yo he ayudado a mi madre…
En ese segundo, Sandra lo comprendió. Le arrebató el móvil de la mano y abrió el historial de transferencias. Allí estaban: envíos repetidos a Patricia Iglesias. Ciento cincuenta euros, doscientos, trescientos. Una y otra vez, durante los últimos seis meses.
—Tú… tú llevas todo este tiempo… —la voz se le quebró.
—¡Es mi madre! —David recuperó el teléfono de un tirón—. ¡Ella me crio!
—¿Y yo qué soy para ti? ¿Tu esposa o una vaca lechera?
El timbre de la puerta interrumpió la discusión. Al abrir, apareció Patricia Iglesias con una bolsa enorme en las manos.
—¡Os he traído unas cositas ricas! —anunció con alegría, pero al verles la cara se le borró la sonrisa—. ¿Pasa algo?
—Nada, mamá —David se puso nervioso enseguida—. Entra.
—Patricia Iglesias —Sandra se colocó entre ambos—. Su hijo acaba de transferirle el dinero de nuestras vacaciones. Y ahora la tía Susana me exige mil euros para operar a la perra.
Patricia puso los ojos en blanco.
—¿Y qué tiene de malo? Susana es familia. ¿O es que eres una tacaña? Mi hijo merece una mujer que respete a los suyos.
Sandra soltó una carcajada. Sonó rara, seca, casi histérica.
—Ya lo entiendo. Aquí la que sobra soy yo. Esto es una especie de club familiar de ayuda mutua, solo que lo pago yo.
Se giró, cogió el bolso y las llaves.
—¿Adónde vas? —preguntó David, asustado.
—Al banco. A pedir un crédito para la operación de Zhuchka. Ya que, por lo visto, me han nombrado patrocinadora oficial de vuestra familia.
La puerta se cerró de un portazo. En el ascensor, Sandra notó que las lágrimas le corrían por la cara. Sacó el móvil y escribió a una amiga: «Creo que no me casé con un hombre. Me casé con toda su familia».
Todavía ignoraba que aquello no era más que el principio. Una hora después, Susana Díaz subiría al chat familiar una foto con un abrigo de piel nuevo y el mensaje: «¡Gracias, familia querida, por la ayuda! ¡Zhuchka ya está mucho mejor!».
Sandra regresó del banco con un sobre pesado dentro del bolso. Mil euros. Un crédito aprobado con unos intereses absurdamente altos. Se quedó parada frente al portal, mirando la pantalla del móvil, donde ya destacaba en el chat aquella imagen de la tía Susana envuelta en un abrigo de visón recién estrenado.
«¡Gracias, familia querida, por la ayuda! ¡Zhuchka ya está mucho mejor!»
Debajo de la foto llovían comentarios entusiasmados:
«¡Qué abrigo tan precioso!»
«Susana, pareces una reina.»
«Sandra, qué bien que no le hayas dado la espalda a una pariente.»
Sandra subió en el ascensor despacio, con una sola frase golpeándole la cabeza: «¿Pero qué demonios es esto? ¿Cómo se han atrevido?».
La puerta del piso estaba entornada. Desde la cocina llegaban voces.
—Claro que sí, si la avaricia la lleva en la sangre —decía Patricia—. Mi nuera ni siquiera sabe preparar un guiso decente, pero para contar el dinero siempre está lista.
—Mamá, no digas eso —intentó protestar David, aunque sin mucha convicción.
Sandra entró en la cocina. De pronto todos callaron. Sentados a la mesa estaban Patricia, David y Susana Díaz, que llevaba puesto el mismo abrigo de piel de la foto. Sobre el mantel había una tarta a medio comer y una botella de cava abierta.
—¡Anda, aquí llega nuestra benefactora! —gritó Susana, agitando la copa—. Sandrita, ven, vamos a brindar por mi abrigo nuevo.
Sandra dejó el bolso sobre la mesa con una calma peligrosa.
—Aquí tienes tus mil euros —dijo, sacando el sobre—. El dinero para la operación de Zhuchka. Aunque, por lo que veo en la foto, la perra se recuperó de manera milagrosa.
Susana se puso colorada, pero enseguida soltó una risita.
—Ay, Sandra, no seas tan seria. El abrigo es viejo, era una broma.
—¿Ah, sí? —Sandra abrió la imagen en el móvil y la amplió—. Pues aquí se ve la etiqueta en la manga: «Colección 2024». Antiquísimo, desde luego.
Patricia se levantó de golpe.
—¡Basta ya! ¿No te han enseñado a respetar a los mayores? Susana también es tu familia.
—¿Mi familia? —Sandra rio sin alegría—. Mi familia no me hace pedir préstamos para comprarse abrigos mientras yo me dejo la piel en dos trabajos.
David levantó por fin la mirada.
—Sandra, para. Me estás dejando en ridículo delante de los míos.
—¿Yo te dejo en ridículo? —se le estremeció la voz—. Tú has mandado todos nuestros ahorros a tu madre, tu tía me ha sacado mil euros con una mentira y ahora están celebrándolo en mi cocina con mi dinero. ¿Y la vergüenza soy yo?
Patricia dio un paso hacia ella.
—Si no sabes comportarte, ya nos encargaremos de enseñarte. Desde mañana cocinarás siguiendo mi menú y limpiarás según mi horario.
