Sandra Torres acababa de bajar la tapa del portátil. Había entregado otro proyecto y, por fin, podía permitirse respirar. Estiró los brazos, pensando en una taza de té caliente y en unos minutos de silencio, pero la puerta se abrió de golpe. En el umbral apareció su marido: el rostro tenso, una gruesa carpeta azul apretada entre las manos.
—Mi madre te manda esto —dijo David Castro, ofreciéndosela como si le estuviera entregando una simple revista.
Sandra la tomó despacio, sin comprender. Al abrirla, encontró varias hojas impresas con una pulcritud casi militar: tablas, horarios, desayunos, comidas y cenas para toda la semana. Recetas detalladas, lista de la compra e incluso la hora exacta a la que debía servirse cada plato.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, con una voz más baja de lo que pretendía.
—Mamá ha preparado un menú. A partir de ahora cocinarás siguiendo esto.

Lo dijo con tanta naturalidad que parecía estar hablando del tiempo. A Sandra se le erizó la piel.
—¿Lo dices en serio? —se obligó a mantener la calma—. Yo trabajo, David. En esta casa no tenemos criada. Y aunque la tuviéramos, tu madre no tiene ningún derecho a…
—Solo quiere que coma mejor —la interrumpió él—. Ya sabes que tengo gastritis.
Sandra apretó la carpeta con tanta fuerza que las hojas se arrugaron.
—Tienes gastritis porque te pasas el día comiendo comida basura en la oficina, no porque yo cocine mal.
—No hagas un drama —respondió él, agitando la mano con impaciencia—. Limítate a hacer lo que pone ahí.
Dicho eso, se dio la vuelta y se metió en la habitación, dejándola plantada en la cocina con aquella carpeta entre los dedos. Sandra se dejó caer lentamente en una silla. Una sola idea le martilleaba la cabeza: «¿También aquí, en mi propia cocina, pretende dar órdenes?».
Diez minutos después, llamó a una amiga.
—¿Te puedes creer que acaban de entregarme un manual para alimentar a mi marido? —su voz temblaba de rabia.
—Madre mía —se rieron al otro lado de la línea—. ¿Te has casado con un niño de cinco años?
—Peor. Con un hijo de mamá.
Arrojó la carpeta sobre la mesa. Por dentro hervía. Pero lo más inquietante no era aquella escena. Lo verdaderamente grave era que Sandra lo sabía: aquello no había hecho más que empezar.
Pasó una semana desde el “incidente de la carpeta”. Sandra no volvió a abrir aquella pesadilla azul; la escondió al fondo de un armario de la cocina y siguió cocinando como siempre: platos sencillos, rápidos, sin adornos, entre el trabajo y las tareas de la casa.
El sábado por la mañana, mientras ella y David tomaban café sin prisas, el timbre sonó con una brusquedad desagradable.
—¿Quién será a estas horas? —murmuró él, levantándose para abrir.
Sandra oyó una voz conocida y se quedó helada.
—¡Hola, hijo! Pasaba por aquí y he pensado en venir a veros.
Su suegra, Patricia Iglesias, ya se estaba quitando las botas en la entrada. Llevaba una bolsa enorme, tan llena que parecía pesar una tonelada.
—Sandra, cariño, ¿y por qué no llevas delantal? —fue lo primero que soltó al entrar en la cocina.
Sandra notó cómo se le cerraban los puños.
—Buenos días, Patricia Iglesias. No la esperábamos…
—Precisamente por eso no avisé —contestó la mujer con una sonrisa—. Las inspecciones sorpresa son las más sinceras.
Entró en la cocina como si fuera suya y dejó la bolsa sobre la mesa con un golpe seco.
—Os he traído unos botes de encurtidos. Aunque… —miró alrededor con gesto crítico—, viendo este desorden, supongo que no estáis para conservas caseras.
Sandra recorrió la cocina con la mirada: el fregadero estaba limpio, la placa relucía y en la mesa solo había una taza.
—Está todo bien, mamá —intervino David.
—¿Ah, sí? —Patricia se acercó a un armario, pasó un dedo por la balda superior y se lo enseñó manchado—. ¿A esto le llamas tú estar bien?
Sandra se puso de pie de golpe.
—Patricia Iglesias, si no le gusta cómo llevo mi casa, puedo llamar a una empresa de limpieza para usted. Eso sí, la paga usted.
Durante un segundo la cocina quedó suspendida en silencio. David tosió. Su madre se puso roja.
—Hijo, ¿estás oyendo cómo me habla tu mujer?
—Sandra… —empezó él.
—No, escucha tú —lo cortó ella—. Trabajo igual que tú, pago la mitad de la hipoteca, y encima tengo que aguantar que entren aquí a examinarme como si fuera una criada.
Patricia, de pronto, sonrió con superioridad.
—Querida, en mis tiempos las esposas sabían mantener una casa impecable y preparar comidas de tres platos.
—En sus tiempos, Patricia Iglesias, muchas esposas no pagaban hipotecas ni trabajaban diez horas al día —replicó Sandra con frialdad.
David se levantó de manera brusca.
—¡Ya basta! Mamá ha venido de visita y vosotras montáis una pelea. Sandra, discúlpate.
Ella lo miró a él y luego a su suegra, que ya estaba sirviendo en los platos el borscht que había traído, como si nada hubiera ocurrido.
—Muy bien —dijo Sandra en voz baja—. Disculpe, Patricia Iglesias. Me iré a ordenar algo.
Salió de la cocina con las manos temblorosas. En el dormitorio cerró la puerta y se apoyó contra ella. Desde la cocina llegaban risas y el tintineo de las cucharas contra los platos.
El teléfono vibró en su bolsillo. Era un mensaje de su amiga:
«¿Qué tal va tu día libre?»
Sandra escribió despacio:
«Acaban de recordarme que soy una esposa pésima. ¿Y el tuyo?»
Sabía que aquello solo era el principio. Pero la próxima “inspección” no la iba a dejar pasar.
Durante las dos semanas siguientes reinó una calma relativa. Sandra casi llegó a convencerse de que el asunto de la carpeta y la visita de su suegra habían quedado atrás. Hasta que, un miércoles por la noche, sonó el móvil de David. Él salió al balcón para hablar, pero el cristal era tan fino que Sandra alcanzó a oír fragmentos de la conversación.
—Sí, mamá, haré la transferencia… No, ella no se opondrá… Claro que lo entiendo…
Cuando regresó, traía la cara rígida.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Sandra, apartando el libro que tenía entre las manos.
