—A mi hijo le ha venido la suerte de cara: se casó y, de paso, consiguió piso. Ahora yo también tendré un sitio donde quedarme cuando venga a la ciudad —comentó, satisfecha, la madre de su marido.
Marta Campos permanecía junto a la ventana, observando cómo la primera nieve se posaba sobre los tejados de los edificios vecinos. Aquel piso lo había heredado de su abuelo: dos habitaciones en una antigua casa de ladrillo, techos altos y un parqué que crujía a cada paso. Él había vivido allí más de treinta años, y su presencia parecía seguir guardada en cada rincón: en las estanterías que había hecho con sus propias manos, en la mesa pesada situada junto al ventanal, en la alfombra gastada del salón.
Después de la boda, mudarse allí les pareció lo más lógico. El pequeño piso alquilado en las afueras hacía tiempo que se les había quedado incómodo; en cambio, allí tenían dos habitaciones de verdad, no pagaban alquiler y solo debían hacerse cargo de los gastos. Su marido aceptó sin demasiadas discusiones. En un solo fin de semana trasladaron todas sus cosas.
La primera cena familiar la organizaron una semana más tarde. Invitaron a los padres de él, su suegro y su suegra. Marta preparó la mesa y sacó del armario la vieja vajilla de su abuelo. Todo transcurría con calma: hablaron del trabajo, del tiempo, de lo deprisa que se había pasado el año.
Entonces la suegra se recostó en la silla, recorrió la estancia con la mirada y, con una sonrisa complacida, soltó:

—A mi hijo le ha venido la suerte de cara: se casó y, de paso, consiguió piso. Ahora yo también tendré un sitio donde quedarme cuando venga a la ciudad.
Lo dijo con ligereza, casi como quien comenta algo sin importancia, pero Marta notó cómo se le tensaban los hombros. La mujer siguió sonriendo mientras se servía té. El suegro asintió y se concentró en la ensalada. Su marido tampoco reaccionó, como si no hubiera oído nada extraño.
Marta tomó el tenedor y fijó la vista en su plato. No quería echar a perder la velada. Quizá había sido una broma torpe. Tal vez su suegra no lo había dicho con mala intención.
Pero aquella frase se le quedó clavada como una astilla.
Unos días después, la suegra llamó para avisar de que pasaría un momento: traía unos tarros de mermelada. Llegó a la hora de comer y se quedó hasta la noche. Se instaló en la cocina, preguntó por los vecinos y empezó a repartir consejos sobre cómo quedaría mejor colocado el mobiliario del recibidor.
—Aquí se está bien, claro, pero esas plantas del alféizar habría que cambiarlas de sitio. Así entraría más luz —dijo, mientras movía la maceta del ficus.
Marta no respondió. Cuando la visita se marchó, devolvió la planta exactamente al lugar donde estaba.
La siguiente aparición tuvo lugar tres días después. Esta vez la suegra llegó cargada con bolsas llenas de comida.
—He pensado que os vendría bien una ayuda. Los jóvenes siempre andáis justos de dinero —explicó, sacando sobre la mesa cereales, latas de conserva y paquetes de pasta.
Marta le dio las gracias, aunque en la nevera no faltaba nada. La mujer volvió a quedarse hasta muy tarde. Cuando su marido regresó del trabajo, cenó y encendió la televisión. Su madre se sentó a su lado y comentaron juntos las noticias. Marta, mientras tanto, fregaba en la cocina, escuchando las voces que llegaban desde el salón.
Después, las visitas empezaron a multiplicarse. Primero una vez por semana, luego dos, después tres. La suegra aparecía por la mañana y no se iba hasta entrada la noche. A veces decía que ya estaría oscuro para volver al pueblo y terminaba durmiendo allí. Marta le preparaba la cama en el sofá del salón.
Un día, la mujer trajo una almohada.
—Es la mía, estoy acostumbrada a ella. En una extraña no descanso —aclaró, dejándola sobre el sofá.
En la siguiente visita aparecieron también unas zapatillas de estar por casa. La suegra las colocó en el recibidor, junto a los zapatos de su hijo.
—Así es más cómodo que andar llevándolas siempre en una bolsa —comentó.
Marta guardó silencio. Las zapatillas se quedaron allí.
Para comienzos del invierno, la suegra ya se presentaba casi a diario. Llegaba con bolsas, sacaba ingredientes y se ponía a cocinar. Marta volvía del trabajo y encontraba cacerolas en los fogones, platos sucios en el fregadero y a la mujer sentada a la mesa con una taza de té.
—He venido antes y he pensado en preparar una sopa. Los hombres necesitan comida caliente —repetía la suegra.
A su marido le encantaba. Elogiaba la sopa y le agradecía a su madre el detalle. Marta comía en silencio.
Una tarde, cuando él se quedó trabajando hasta tarde, Marta reunió valor.
—Escuche, quizá no haga falta que venga tan a menudo. Nosotros podemos arreglarnos solos.
La suegra arqueó las cejas.
—¿Qué quiere decir “tan a menudo”? Vengo a ver a mi hijo. ¿Ahora tampoco puedo?
—Sí, claro que puede. Solo que… necesitamos un poco de intimidad.
—¿Intimidad? —repitió la mujer, con una sonrisa ladeada—. Mi hijo también tiene parte en este piso. Yo vengo por él, no por ti.
Marta apretó los puños bajo la mesa.
—¿Qué parte? Este piso es mío. Lo heredé.
—¿Y dónde vive tu marido? Aquí. Entonces tiene derecho. Y yo también tengo derecho a visitar a mi hijo.
La conversación no condujo a ninguna parte. La suegra se marchó ya de noche, cerrando la puerta de un golpe. Marta se quedó sentada en la cocina, mirando por la ventana. La nieve caía en copos grandes y cubría el patio con una manta blanca.
Cuando su marido llegó a casa, Marta le contó lo ocurrido. Confiaba en que él la apoyara y hablara con su madre para que no apareciera tan a menudo.
