«Con eso te apañas» —Óscar dejó dos billetes de cincuenta sobre la mesa y se marchó sin mirarla

Una humillación silenciosa, profundamente injusta y devastadora.
Historias

—Cien euros —dijo Óscar Flores, desplegando los billetes sobre la mesa como si fueran cartas de una baraja—. Para todo el mes. Y con eso te apañas.

Me quedé mirando aquel dinero. Dos billetes de cincuenta: uno arrugado, el otro casi nuevo. Con eso debía pagar la comida, los productos de limpieza, mis pastillas para la tensión, el transporte y cualquier otra cosa que cupiera dentro de esa palabra enorme y cruel: “vivir”.

—¿Y si no llega? —pregunté.

—Entonces aprenderás a administrarte —respondió sin mirarme siquiera. Ya se estaba poniendo la chaqueta y palpaba los bolsillos en busca de las llaves del garaje—. Los demás viven así y no van llorando por ahí.

La primera vez que me soltó una frase parecida fue hacía ocho años: “Deja de tirar el dinero”. Aquel día me había comprado unas botas de invierno por cuarenta euros. Las había pagado con mi sueldo, con mi propio dinero. Aun así, Óscar Flores me sometió a un interrogatorio de hora y media. ¿Para qué quería unas nuevas si las viejas todavía servían? Desde entonces, cada mes se repetía el mismo ritual: dejaba una cantidad encima de la mesa, dictaba sentencia y se marchaba.

Yo trabajaba como contable en una empresa de administración de fincas. Cobraba trescientos ochenta euros al mes. No era una fortuna, desde luego, pero tampoco era nada. El problema era que mi nómina no acababa en mis manos. Cada mes transfería doscientos treinta euros al banco para cubrir los préstamos de Óscar Flores. Dos créditos que él había firmado: uno para una barca y otro para el motor de esa misma barca. Por algún motivo, quien los pagaba era yo.

¿Cómo había ocurrido? Como pasan casi todas estas cosas: poco a poco, sin que una se dé cuenta del todo. Primero me pidió que le cubriera “solo una cuota”, prometiendo devolvérmela al mes siguiente. No me devolvió nada. Después vino otra petición. Y otra más. Más tarde, sencillamente dejó de pagar. El banco empezó a llamarme a mí porque figuraba como persona de contacto. Me asusté y aboné la deuda. Así durante noventa y seis meses seguidos.

Aquella tarde regresó del garaje con una caja alargada, envuelta en un embalaje brillante lleno de caracteres orientales.

—¿Qué es eso? —quise saber.

—Una caña de pescar —contestó, acariciando la caja con ambas manos, con el mismo mimo con que se acaricia a un gato—. De carbono. Japonesa. Trescientos ochenta euros. Pero esto dura años. Es una inversión.

Trescientos ochenta euros. Mi sueldo entero de un mes. Completo. Y para mi vida entera, él acababa de dejarme cien.

Yo estaba junto a la cocina, removiendo una sopa hecha con cuellos de pollo, porque el presupuesto no daba para muslos. La cuchara raspaba el fondo de la olla. Mientras tanto, calculaba. Deformación profesional de contable: sumar siempre, en cualquier lugar, incluso cuando nadie te lo pide.

Trescientos ochenta, la caña. Doscientos treinta, el crédito. Cien, para mí. Su salario era de ochocientos cincuenta euros. ¿Dónde iban a parar los ciento cuarenta restantes? A la gasolina del todoterreno. A la sauna con sus amigos los viernes. A cajas de cerveza. A esa vida suya, separada de la mía, cómoda y bien equipada.

La mía, en cambio, valía cien euros al mes. Menos que una sola bobina de sus aparejos de pesca.

Esa noche no conseguí dormir. Permanecí tumbada, oyendo sus ronquidos. Luego me levanté sin hacer ruido, fui a la cocina y saqué del cajón del fondo una libreta vieja: verde, cuadriculada, de cuando hice los cursos de contabilidad. Abrí la primera página y escribí: “Enero de 2026. Cuota del crédito de Ó. F. — 230 €. De mi sueldo”.

No tomé ninguna decisión grandiosa. No hice ningún juramento. Solo lo dejé anotado.

A la mañana siguiente no transferí el dinero al banco. Por primera vez en noventa y seis meses.

Tenía la aplicación abierta. La cantidad ya estaba introducida. Mi dedo quedó suspendido sobre el botón de “Confirmar”. Miré la pantalla durante unos quince segundos. Después cerré la aplicación, guardé el móvil en el bolsillo y me fui a trabajar.

Tres días más tarde, llegó un mensaje a su teléfono. Óscar Flores estaba en la ducha, y el aparato descansaba sobre la mesa de la cocina, junto a mi taza. La pantalla se iluminó: “Estimado cliente, se ha registrado una deuda pendiente en su contrato de crédito…”.

Lo leí y aparté la vista hacia la ventana. Él salió del baño mojado, envuelto en una toalla, cogió el móvil y repasó el texto con rapidez. Hizo una mueca. No dijo nada. Supongo que decidió que sería algún fallo técnico.

Pasó otra semana. Una semana normal. Desayunos, trabajo, cenas. Él se compraba caballa ahumada a cuatro euros con veinte la pieza. Yo cocía trigo sarraceno con cebolla. Nos sentábamos a la misma mesa. Él abría el pescado, retiraba la piel dorada, y el olor llenaba toda la cocina. En mi plato solo había trigo sarraceno. Sin mantequilla: la mantequilla había subido, y cien euros no se estiran hasta el infinito.

Luego ocurrió lo del champú.

Compré un champú de dos euros con ochenta. Uno corriente, de farmacia. No era importado ni de marca elegante; simplemente era el único que no me dejaba el cuero cabelludo ardiendo ni los hombros cubiertos de caspa. Ya había probado los baratos. Tres marcas distintas. Con todos me picaba tanto la cabeza que me daban ganas de arrancarme la piel con las uñas.

Óscar Flores encontró el ticket dentro de la bolsa del supermercado. No en mi cartera: en la bolsa. Revisaba mis bolsas. Llevaba ocho años haciéndolo.

—¿Dos euros con ochenta por un champú? —sostuvo el recibo con dos dedos, como si oliera mal—. ¿Tú estás bien de la cabeza? Los hay por noventa céntimos. En la tienda de descuentos están las estanterías llenas.

—Ese me provoca irritación. Ya te lo expliqué.

—Tonterías. Te acostumbrarás. Todo el mundo se acostumbra.

Vivencia