«¿Te estás burlando de mí, o qué? ¡Me dejo la piel en dos trabajos y encima tengo que mantener a tus parásitos!» —exclamó Irene, al borde del colapso tras otra jornada interminable

Es injusto que su sacrificio pase desapercibido.
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—¿Te estás burlando de mí, o qué? ¡Me dejo la piel en dos trabajos y encima tengo que mantener a tus parásitos! —estallé.

Irene Jiménez se dejó caer en el sofá, agotada, mientras se apretaba las sienes con los dedos después de una jornada interminable. Primero, ocho horas encerrada en la oficina; después, otras cuatro llevando la contabilidad de un empresario conocido. Y así llevaba ya tres años. En el piso reinaba un silencio espeso, roto únicamente por el zumbido constante de la nevera desde la cocina.

La puerta de entrada se cerró de golpe: Luis Herrera había llegado. Irene ni siquiera levantó la cabeza. Siguió masajeándose las sienes, como si con aquel gesto pudiera arrancarse el cansancio. Su marido entró en la cocina y empezó a hacer ruido con los platos.

—Irene, ¿vas a cenar? —preguntó Luis desde allí.

—No tengo hambre —respondió ella sin abrir los ojos.

Llevaban siete años casados. Siete años que habían comenzado con ilusiones, promesas y planes compartidos, pero que poco a poco se habían convertido en una cadena de discusiones, reproches callados y silencios cada vez más largos. Irene recordó su boda: entonces se sentían invencibles, felices, convencidos de que todo les saldría bien. Luis le había jurado que sería su apoyo, su refugio, su compañero. ¿En qué rincón se habían perdido aquellas palabras?

El piso lo había heredado Irene de su abuela antes de casarse. Dos habitaciones, una buena zona, ventanas con vistas a un parque. Para ella, aquel hogar era sagrado: el único punto firme en una vida que se le desmoronaba por los bordes.

En la compañía de seguros le pagaban con regularidad, sí, pero el sueldo no daba para grandes cosas. Por eso, por las noches aceptaba trabajos extra.

Luis apareció en el salón con un plato de macarrones en la mano.

—¿Otra vez has trabajado hasta tarde? —preguntó, sentándose en el sillón frente a ella.

—¿Y qué quieres que haga? Sabes perfectamente que estamos ahorrando para la reforma. Y tampoco estaría mal poder irnos algún día de vacaciones de verdad, no siempre a la casa de campo de tu madre.

El rostro de Luis se tensó apenas oyó mencionar a su madre. Pilar Espinosa era un asunto aparte. Su suegra se presentaba en casa con frecuencia, siempre quejándose de su salud, de sus achaques y de lo mal que iba de dinero. Y aquellas visitas acababan, sin excepción, de la misma manera: Luis metía la mano en el bolsillo y le daba dinero.

—Por cierto, mi madre viene mañana —soltó él, como si fuera un comentario sin importancia.

Irene abrió los ojos de golpe.

—¿Otra vez? ¡Pero si estuvo aquí hace dos semanas!

—¿Y qué quieres que haga? Tiene problemas de tensión y quiere ir al médico.

—También puede ir al médico en su ciudad —murmuró Irene, seca.

Luis dejó el plato sobre la mesa con visible fastidio.

—Irene, es mi madre. ¿Tan difícil te resulta mostrar un poco de comprensión?

Comprensión… Irene sonrió con amargura. En siete años, Luis había cambiado cinco veces de empleo. Una vez el jefe era un imbécil; otra, el equipo no valía nada; después, el salario era una miseria. Ahora trabajaba como comercial en un concesionario de coches, aunque allí también empezaba ya a quejarse.

Entonces sonó el móvil de Luis. Él miró la pantalla y salió al pasillo. Irene escuchó lo suficiente para saber quién llamaba: Natalia Blanco, la hermana de su marido. Aquella era otra historia interminable. Treinta y dos años, dos hijos de padres distintos, deudas constantes, préstamos atrasados y siempre la misma salida: llamar a su hermano mayor.

Luis regresó al salón con expresión culpable. Irene lo entendió todo al instante.

—¿Cuánto? —preguntó con voz apagada.

—Irene, no lo tomes así… Natalia está en una situación complicada. Los niños tienen que empezar el colegio y su ex se está retrasando con la pensión.

—¿Cuánto, Luis?

—Doscientos euros. Pero Natalia ha prometido que los devuelve dentro de un mes.

Irene se levantó de un salto del sofá. Le temblaban las manos de rabia.

—¿Dentro de un mes? ¿Como la última vez? ¿Y como la vez anterior?

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