—¿Te estás burlando de mí o qué? ¡Me parto el lomo en dos trabajos y todavía resulta que yo debo mantener a tus mantenidos! —estallé.
Gabriela Campos se dejó caer en el sofá, agotada, mientras se apretaba las sienes con los dedos. Venía de una jornada interminable: primero ocho horas en la oficina y luego otras cuatro llevando la contabilidad de un conocido que tenía un negocio. Ya iban tres años con la misma rutina. En el departamento reinaba un silencio pesado; apenas se escuchaba, desde la cocina, el zumbido parejo del refrigerador.
La puerta de entrada se azotó. Javier Carrillo había llegado. Gabriela Campos ni siquiera levantó la cabeza; siguió masajeándose las sienes, como si con eso pudiera sacarse el cansancio del cuerpo. Su esposo pasó directo a la cocina y empezó a mover platos y cubiertos con ruido.
—Gabriela Campos, ¿vas a cenar? —gritó Javier Carrillo desde allá.
—No tengo hambre —respondió ella sin abrir los ojos.

Llevaban siete años casados. Siete años que habían comenzado llenos de ilusiones, planes y promesas, pero que poco a poco se habían convertido en una cadena de pleitos, silencios incómodos y reproches tragados a medias. Gabriela Campos recordó su boda: qué felices se veían entonces. Javier Carrillo le había jurado que sería su apoyo, su compañero, su protector. ¿En qué rincón se habían quedado enterradas aquellas palabras?
El departamento lo había heredado Gabriela Campos de su abuela antes de casarse. Era de dos recámaras, estaba en una zona agradable y desde las ventanas se alcanzaba a ver un parque. Para ella, ese lugar era sagrado: el único piso firme que sentía bajo los pies en medio de una vida cada vez más inestable.
En la aseguradora le pagaban puntual, sí, pero no lo suficiente como para darse lujos. Por eso aceptaba trabajo extra por las noches.
Javier Carrillo entró a la sala con un plato de pasta en la mano.
—¿Otra vez te quedaste hasta tarde trabajando? —preguntó, acomodándose en el sillón frente a ella.
—¿Y qué quieres que haga? —contestó Gabriela Campos, abriendo por fin los ojos—. Sabes perfectamente que estamos juntando para arreglar el departamento. Y también estaría bien poder irnos de vacaciones de verdad, no nada más a la casa de tu mamá.
El rostro de Javier Carrillo se tensó apenas escuchó mencionar a su madre. Rosa Mendoza era un tema aparte. La suegra aparecía en la casa con frecuencia, siempre quejándose de sus achaques, de que no le alcanzaba el dinero, de que estaba sola. Y, curiosamente, cada visita terminaba igual: Javier Carrillo sacaba la cartera y le daba efectivo.
—Por cierto, mi mamá viene mañana —soltó él, como si no tuviera importancia.
Gabriela Campos abrió los ojos de golpe.
—¿Otra vez? ¡Si apenas vino hace dos semanas!
—¿Y qué hago? Trae la presión mal y quiere ir al doctor.
—También puede ir al doctor en su ciudad —murmuró Gabriela Campos, con fastidio.
Javier Carrillo dejó el plato sobre la mesa con un golpe seco.
—Gabriela Campos, es mi mamá. ¿Tanto te cuesta tener un poco de consideración?
Consideración… Gabriela Campos soltó una sonrisa amarga. En siete años, Javier Carrillo había cambiado cinco veces de empleo. A veces el jefe era un imbécil, otras el equipo no servía, otras el sueldo era una miseria. Ahora trabajaba como gerente en una agencia de autos, pero ya había empezado a quejarse también de ese lugar.
El celular de Javier Carrillo sonó. Él miró la pantalla y, sin decir nada, se fue al pasillo. Gabriela Campos alcanzó a entender quién llamaba: Andrea Sandoval, la hermana de su esposo. Esa era otra historia interminable. Treinta y dos años, dos hijos de dos hombres distintos, deudas por todos lados y préstamos que nunca terminaba de pagar. Y la solución de siempre era la misma: marcarle a su hermano.
Javier Carrillo volvió a la sala con cara de culpa. Gabriela Campos no necesitó que le explicara nada; lo entendió al instante.
—¿Cuánto? —preguntó con voz apagada.
—Gabriela Campos, no lo tomes así… Andrea Sandoval está en una situación difícil. Los niños ya van a entrar a la escuela y su ex se está retrasando con la pensión.
—¿Cuánto, Javier Carrillo?
—Unos $3,600 pesos. Pero Andrea Sandoval prometió que en un mes nos los devuelve.
Gabriela Campos se levantó del sofá de un brinco. Le temblaban las manos de pura rabia.
—¿En un mes? ¿Como la vez pasada? ¿Y la vez anterior?
