las reglas habían dejado de ser las mismas y, desde ese instante, todo comenzó a moverse en otra dirección.
—La constructora de don Manuel Castro está haciendo lo imposible para que el gobierno autorice un gigantesco desarrollo urbano en Monterrey —expuso Pablo Torres, deslizando el dedo por la pantalla de su tableta mientras consultaba varios archivos—. Hablamos de una obra valuada en millones. Y hay un detalle que ellos todavía no conocen: el principal inversor del fondo internacional que pondrá el dinero soy yo. Pero antes de retirarles el respaldo y dejarlos al borde del desastre económico, quiero que reciban una lección de elegancia que no puedan olvidar jamás.
Cuarenta y ocho horas más tarde, la alta sociedad mexicana se daba cita en el evento benéfico más codiciado de la temporada, una gala celebrada en el imponente Museo Soumaya, en Polanco. La familia de Javier Vázquez avanzó por la alfombra roja como si el mundo les perteneciera, envueltos en esa soberbia tóxica que los caracterizaba, sonriendo ante los fotógrafos con una alegría fingida y posando como si nada pudiera alcanzarlos.
A Natalia Domínguez se le cerró el pecho por un segundo cuando descendió de la camioneta blindada de color negro. Sin embargo, Pablo Torres apretó su mano con una seguridad silenciosa que la sostuvo por dentro. Ella llevaba un vestido negro de alta costura, sobrio y al mismo tiempo deslumbrante, de una presencia casi imponente. El maquillaje impecable enmarcaba unos ojos encendidos, una mirada nueva, libre de temor, sin rastro de aquella sumisión que otros habían querido imponerle.
Apenas los dos hermanos cruzaron la entrada del salón iluminado, los comentarios en voz baja empezaron a multiplicarse. Empresarios de enorme influencia y figuras políticas de primer nivel identificaron a Pablo Torres en cuestión de segundos. Varios se acercaron de inmediato para saludar al célebre genio tecnológico que tantas veces había aparecido en Forbes. Pero lo que de verdad dejó a más de uno sin habla fue descubrir quién era la mujer que caminaba tomada de su brazo.
Beatriz Prieto y Carla Iglesias se encontraban junto a la fuente de champán cuando sus miradas chocaron de pronto con Natalia. Carla estuvo a punto de soltar la copa de cristal carísima que sostenía entre los dedos. Javier Vázquez, que permanecía al lado de su padre, don Manuel Castro, perdió el color del rostro hasta quedar pálido como una hoja.
—¡Tú! —escupió Beatriz Prieto, incapaz de conservar la compostura, y avanzó hacia ella con el rostro deformado por la rabia—. ¿Con qué derecho te metiste aquí? ¡Seguridad, saquen a esta intrusa ahora mismo!
Pablo Torres se colocó delante de Natalia en un movimiento inmediato. En sus labios apareció una sonrisa fría, tan serena como amenazante.
—Buenas noches —dijo, mirando al grupo y a quienes ya empezaban a rodearlos—. Creo que corresponde hacer una presentación formal. Mi nombre es Pablo Torres, director general de TechNova. Y la mujer extraordinaria, inteligente y hermosa que está a mi lado es Natalia Domínguez, mi hermana menor.
El silencio que se extendió alrededor fue tan denso que pareció apagar incluso la música de fondo. Don Manuel Castro abrió los ojos con una mezcla de terror y desconcierto. Sabía perfectamente quién era el hombre que tenía enfrente. Lo sabía demasiado bien: el futuro de su empresa dependía del capital de aquel magnate.
—¿Su… hermana? —balbuceó don Manuel Castro, con la sensación de que el mármol bajo sus zapatos se partía en dos para tragárselo.
—Exactamente —confirmó Pablo Torres, alzando la voz lo justo para que los principales empresarios presentes no perdieran ni una sílaba—. Natalia enseña música porque ama hacerlo, porque eligió una vida útil, digna y honesta. Tiene un corazón inmenso y prefirió dedicarse a formar personas antes que vivir protegida por mi fortuna. Y ustedes, desde su ignorancia miserable, la exhibieron, la humillaron y la expulsaron como si no valiera nada, convencidos de que el dinero heredado los convertía en seres superiores.
Javier Vázquez dio un paso hacia ella. Tenía el rostro desencajado y los ojos húmedos, llenos de un arrepentimiento que llegaba demasiado tarde.
—Natalia, por favor… perdóname. Te juro que yo no sabía…
—Eso es justo lo terrible —lo cortó Natalia, y su voz sonó firme, clara, imposible de doblegar—. No lo sabías. Si hubieras sabido que yo era hermana de un millonario, me habrías protegido frente a todos. Habrías peleado por mí. Y ahí está la verdad de ustedes: no aman a las personas, aman los apellidos, las cuentas bancarias, los contactos y los ceros acumulados detrás de una cifra.
El Ministro de Economía, que había presenciado la escena desde muy cerca, se aproximó entonces a Pablo Torres con una deferencia evidente, ignorando por completo a don Manuel Castro.
