Antes de la ejecución, su hija de ocho años le susurró unas palabras al oído. Los guardias se quedaron literalmente clavados en el sitio, y veinticuatro horas más tarde todo el estado se vio obligado a detenerlo todo.
Minutos antes de que le aplicaran la inyección letal, Mario Domínguez, condenado a muerte, formuló su última petición: quería ver a su niña, a la que no había podido abrazar en tres años.
Lo que aquella criatura le dijo en voz baja bastó para resquebrajar una sentencia dictada cinco años atrás, destapar una red de corrupción que alcanzaba las capas más altas del sistema judicial y sacar a la luz un secreto para el que nadie estaba preparado.
El reloj de la pared marcaba las 6:00 cuando los funcionarios abrieron la celda de Mario Domínguez, que había pasado los últimos cinco años en el corredor de la muerte de la unidad Huntsville, en Texas.
Durante todo ese tiempo, Mario había proclamado su inocencia ante muros de hormigón que jamás le devolvieron respuesta. Ahora, cuando apenas quedaban unas horas para la ejecución fijada, solo le quedaba un deseo.

—Quiero ver a mi hija —pidió con la voz rota—. Una sola vez. Por favor, dejen que vea a Daniela antes de que todo termine.
Uno de los guardias lo miró con una compasión que no pudo disimular. El otro, en cambio, negó despacio con la cabeza.
Aun así, la solicitud terminó sobre el escritorio del alcaide Fernando Blanco, un veterano de sesenta años que había supervisado más ejecuciones de las que quería recordar.
Había algo en el caso de Mario que nunca le había dejado tranquilo. Sobre el papel, las pruebas parecían cerrarlo todo: sus huellas en el arma, sangre en su ropa y un vecino que juraba haberlo visto salir de la casa aquella noche.
Pero los ojos de Mario nunca le habían parecido los de un asesino.
Tras un silencio largo y pesado, Fernando Blanco dio la orden.
—Traigan a la niña.
Tres horas después, un vehículo oficial blanco entró lentamente en el aparcamiento de la prisión.
