—¡El piso ya es nuestro, de la familia! Tú eres el hombre de la casa… Y esa… —la suegra señaló con un gesto despectivo hacia Inés Gómez—, que cierre de una vez esa boca de besugo y deje de llamar la atención.
Se habían conocido como una chispa en mitad del anochecer. No fue ese “amor a primera vista” de las películas, sino un torpe “perdone” dentro de un autobús abarrotado, cuando Carlos Ramos le pisó el pie a Inés Gómez y, en lugar de recibir un insulto, se encontró con su sonrisa: tímida, limpia, sorprendentemente sincera.
Un año más tarde celebraron una boda sencilla, de esas en las que lo importante no es el lujo, sino la gente cercana. Inés Gómez llevaba un vestido camisero; Carlos Ramos, ni siquiera corbata. Hubo champán junto al agua y gritos de gaviotas sustituyendo la marcha nupcial.
—Vámonos —dijo él, besándola.
Y ella entendió que no hablaba del coche, sino de todo lo que les quedaba por vivir.
Se instalaron en el acogedor piso de dos habitaciones de ella, un lugar que olía a café recién hecho, madera antigua y promesas. Los dos primeros meses fueron densos y dulces como miel: aprendían las manías del otro, él preparaba café por las mañanas, ella cantaba en la ducha desafinando y a todo volumen, y nadie ponía los ojos en blanco.
—¿Vuelo estable, capitana? —preguntaba Carlos Ramos cada mañana.

—Iniciando aterrizaje —respondía ella entre risas.
Pero entonces cayó sobre ellos una especie de mal augurio. Y tenía nombre: Teresa Castro.
No entró en la casa como una visita, sino como una inspectora con autoridad invisible. Al principio solo soltaba “consejos” aparentemente inocentes:
—Aquí hay corriente, Carlos, con lo friolero que eres.
O también:
—Inesita, un cocido tiene que tener sustancia, no ser esa… agua con verduras.
Después llegaron los cambios de sitio.
—He optimizado un poco el espacio de la cocina —anunció un día.
Inés Gómez devolvía las sartenes a su lugar sin decir palabra, mientras una rabia sorda y contenida le crecía por dentro. Aguantaba. Por educación, por buenos modales, maldita fuera, y por aquella frase de su madre: “Ten paciencia, hija, es su madre”.
Pero incluso la paciencia tiene una frontera. Y esa frontera fue la cómoda.
Aquel día, Inés Gómez volvió del trabajo antes de lo habitual.
