«¡Se te ha subido por completo a las barbas!» susurró la suegra desde la cocina, mientras Carmen, oculta en la oscuridad, empezaba a preparar sus cosas

Vergonzoso, intolerable y cruel, no permaneceré.
Historias

La esposa escuchó sin querer la conversación entre su marido y su suegra, y por la mañana decidió preparar sus cosas

Carmen Méndez despertó al oír voces que llegaban desde la cocina. Miró el reloj: era la una y media de la madrugada. Permaneció inmóvil en la cama, preguntándose quién podía seguir despierto a esas horas. Entonces distinguió la voz de su suegra.

—Sergito, ¿hasta cuándo piensas aguantar esto? —susurró con veneno Nieves Gutiérrez—. ¡Se te ha subido por completo a las barbas!

Carmen se quedó helada. ¿De quién hablaban?

—Mamá, baja la voz. Carmen está dormida —respondió su marido en tono contenido.

—¡Me da igual! ¡Que lo oiga! A lo mejor así entiende de una vez lo que está haciendo.

El corazón de Carmen empezó a golpearle el pecho con tanta fuerza que le pareció que resonaba por todo el piso. Ya no tenía dudas: estaban hablando de ella.

—Ayer le dije que había que pelar las patatas —continuó la suegra—, y va y me contesta que ya sabrá ella cuándo hacerlo. ¿Tú has visto semejante descaro? ¡A mí, con la edad que tengo!

—Mamá, por favor…

—¡No la defiendas! Llevo treinta y cinco años callándome. Pensé que acabaría entrando en razón, que comprendería quién manda en esta casa. Pero no, cada día va a peor.

Carmen cerró los ojos. Dios mío, ¿qué estaba diciendo aquella mujer? ¿Qué patatas? El día anterior lo había pasado limpiando, cocinando y poniendo lavadoras. ¿Y ahora el problema eran unas patatas?

—Y además —prosiguió Nieves Gutiérrez—, mírala bien. Va por ahí como si fuera una princesa. ¿Qué sabe hacer ella? Ni cocinar en condiciones, ni llevar una casa…

—Mamá, déjalo ya.

—¡No pienso dejarlo! Sergio, ¿eres un hombre o qué eres? ¿Por qué permites que tu mujer te diga lo que tienes que hacer?

—A mí nadie me dice lo que tengo que hacer.

—¡Claro que sí! Cuando quisiste cambiar de coche, ella se opuso. Cuando pensaste comprar una casa de campo, también puso pegas. Para todo le pides opinión.

Carmen se incorporó en la cama, boquiabierta. ¿Qué coche? ¿Qué casa de campo? Siempre habían tomado esas decisiones juntos. ¿O acaso ella había vivido engañada?

—¿Sabes lo que pienso? —la voz de Nieves bajó, aunque se volvió todavía más venenosa—. Que no te valora. Nada de nada.

—Mamá…

—No me vengas con “mamá”. Yo lo veo. Tú trabajas como una mula, ¿y ella qué hace? Se tira en el sofá a mirar la televisión.

Carmen se quedó sin aire. ¿Tirada en el sofá? ¿Estaba ciega esa mujer? ¿O fingía no ver que ella no paraba desde la mañana hasta la noche?

—Y encima es una desagradecida —añadió la suegra—. ¡Todo lo que he hecho por ella! Cuando estuvo enferma, yo la cuidé. Cuando faltaba el dinero, yo ayudé. Y aun así se permite levantarme la voz.

—Nadie te levanta la voz, mamá.

—¡Sí lo hace! Ayer le pregunté por qué no me contestaba el teléfono. ¿Y qué me dijo? Que estaba ocupada. ¡Ocupada! ¿En qué puede estar tan ocupada?

Carmen recordó el día anterior: cinco llamadas perdidas de su suegra. Era cierto, no había contestado. Estaba junto a los fogones, preparando la comida para toda la familia.

—Sergito —dijo Nieves casi en un murmullo—, ¿no crees que ya va siendo hora de cambiar algo?

—¿A qué te refieres?

—Pues… habla con ella en serio. Explícale cómo debe comportarse. Porque se cree que puede hacer lo que le dé la gana.

—Mamá, llevamos treinta y cinco años juntos…

—¡Exacto! Treinta y cinco años aguantando. ¿Y ella qué ha hecho por ti? A los hijos no los educó como debía, la casa está hecha un desastre…

Carmen apretó los puños bajo la manta. ¿Los hijos? ¿Acaso los había criado sola su suegra? ¿Y la casa? Dios santo, ¿qué barbaridades estaba soltando?

—No te digo que la eches —continuó Nieves Gutiérrez—. Pero hay que ponerla en su sitio. Que sepa cuál es su lugar.

Siguió un silencio largo. Carmen escuchaba con todos los sentidos en tensión.

—Está bien, mamá. Es tarde. Vete a dormir.

—Piensa en lo que te he dicho, Sergio. Piénsalo bien.

Se oyó el arrastre de unas zapatillas por el pasillo y luego el golpe seco de una puerta. Después su marido entró en el baño, regresó al dormitorio y se acostó. Al poco rato respiraba con calma, de manera uniforme.

Carmen, en cambio, se quedó mirando el techo. El sueño había desaparecido por completo.

Por la mañana, Sergio Lozano se levantó como si nada hubiera ocurrido. Silbó alegremente bajo la ducha, desayunó tranquilo y se sentó a leer las noticias en el móvil.

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