—Yo también le di muchas vueltas —contesté con sinceridad—. Y, ¿sabe una cosa? Yo tampoco actué bien del todo. Callarme siempre no arreglaba nada. Debí decir antes que me hacía daño.
Ella asintió despacio, como si cada palabra tuviera que atravesarla por dentro. Después dejó el cuchillo sobre la tabla y se volvió hacia mí.
—Yo creía que, si era dura contigo, si te exigía más, te ayudaría a ser mejor. Más fuerte. Como tuve que hacerme yo en su día. Pero al final… al final lo único que hice fue herirte. Un día tras otro.
En su voz ya no quedaba aquel filo metálico de antes. Solo sonaba cansancio. Y algo más, algo muy parecido al arrepentimiento.
—Usted quería hacerlo bien —murmuré—. Ahora lo entiendo.
—No —respondió, negando con la cabeza—. Quería que las cosas fueran cómodas para mí. Y no es lo mismo.
Volvimos a quedarnos calladas. El hervidor hizo un clic al apagarse. Al otro lado del cristal caía la nieve, espesa y blanda, con ese aire de Nochevieja que vuelve todo un poco irreal.
—¿Te acuerdas —dijo de pronto, y una sonrisa tímida le suavizó la cara— de cuando Mateo Domínguez, el año pasado, vestido de conejito, se metió debajo de la mesa y se quedó dormido encima de mis zapatos?
—Claro que me acuerdo —sonreí también—. Usted lo cogió en brazos y lo llevó hasta la habitación. Todavía dice que su abuela era “calentita”.
Pilar Ortiz bajó la mirada, avergonzada.
—Aquel día pensé… que si yo me hubiera permitido alguna vez ser así de cálida con tu madre, quizá no habría tenido que pasar tantos años intentando reparar cosas.
La abracé. Sin pensarlo demasiado, sin buscar una razón. Solo porque en ese momento era lo que salía del corazón. Ella se quedó rígida al principio, como siempre que alguien la sorprendía con un gesto de cariño; luego, muy despacio, me devolvió el abrazo. Con cuidado, casi como si temiera romper algo.
Alejandro Castro entró en la cocina, nos vio y se detuvo en el umbral. No dijo nada al principio. Solo sonrió, con una ternura tranquila.
—Bueno, mis mujeres —comentó al fin—, ¿entonces hay paz?
—Hay paz —respondí.
—Desde hace rato —añadió Pilar Ortiz, y por primera vez en mucho tiempo se rió ella sola, de verdad, sin amargura escondida.
A medianoche salimos los tres al balcón: Alejandro Castro, Pilar Ortiz y yo. Mateo Domínguez ya dormía, rendido después de tanto correr y de tanto dulce. La ciudad entera retumbaba con los fuegos artificiales, y el cielo se abría en estallidos dorados y rojos.
—¿Por qué brindamos? —pregunté, levantando la copa.
Alejandro Castro miró a su madre. Ella nos miró a nosotros.
—Por esto —dijo—: porque a veces una persona tiene que llegar hasta el borde para comprender cuánto quiere a quienes tiene al lado. Y lo terrible que sería perderlos.
Chocamos las copas. Sin discursos. Sin palabras grandilocuentes. Solo aquel sonido leve del cristal y la nieve cayendo alrededor.
Entonces ella sacó del bolsillo un sobre pequeño y me lo tendió.
—Es para ti, Lucía. Por tu cumpleaños. Llega un poco tarde, pero… más vale tarde que nunca.
Dentro había una llave. Una llave corriente, de piso, junto con una dirección escrita en un papel.
—¿Qué es esto? —pregunté, sin entender.
—Un piso cerca de aquí —explicó en voz baja—. Dos dormitorios. Lo he comprado. Para estar más cerca de mi nieto… y para no entrometerme en vuestra vida. Vendréis cuando queráis. Y yo… yo llamaré antes de entrar. Y preguntaré si puedo.
Me quedé mirándola. A aquella mujer que una vez me había parecido hecha de piedra. Y comprendí que sí, que había cambiado. No de golpe. No por completo. Pero había cambiado.
—Gracias —dije.
Y la abracé otra vez. Esta vez sin miedo.
Alejandro Castro nos rodeó a las dos con los brazos. Permanecimos así, tres adultos bajo el cielo de Año Nuevo, hasta que los fuegos se apagaron y la nieve cubrió el balcón con una manta blanca y suave.
Después regresamos al calor de la casa. Tomamos té con mi tarta de manzana. Pilar Ortiz me pidió la receta por iniciativa propia y la copió en su cuaderno viejo, con esa letra ordenada y pequeña que siempre había tenido. Cuando se marchó, ya pasadas las dos de la madrugada, se volvió desde la puerta.
—Lucía… ¿puedo venir mañana? ¿A hacer tortitas? Dejaré la masa preparada por la noche, como me enseñaste.
—Venga —le dije sonriendo—. La puerta estará abierta.
Ella asintió y se fue.
Alejandro Castro y yo nos quedamos aún mucho rato en la cocina, sentados uno frente al otro, cogidos de la mano y en silencio. Porque hay silencios que dicen más que cualquier explicación.
A la mañana siguiente, uno de enero, Mateo Domínguez irrumpió en nuestro dormitorio, saltó sobre la cama y gritó:
—¡Ha llamado la abuela! ¡Dice que las tortitas ya se están haciendo! ¡Y que vayamos todos juntos! ¡Hasta ha comprado leche condensada para papá!
Y fuimos. Todos juntos. Al piso nuevo de Pilar Ortiz, donde olía a masa, a vainilla y a algo que, de una forma asombrosa, se parecía muchísimo a un hogar.
Entonces lo entendí: a veces los cambios más grandes empiezan con un solo “perdón” dicho a tiempo. Y con una única llave ofrecida al otro lado de una mesa.
Y la vida… la vida sigue. Distinta, sí. Pero, por fin, en el camino correcto.
