—…y estoy casi seguro de que mandamos a la cárcel al hombre que no era.
A más de trescientos kilómetros de ahí, en una zona residencial a las afueras de Dallas, Carmen Núñez, abogada defensora jubilada de sesenta y ocho años, estuvo a punto de tirar la taza de café cuando vio la noticia en la televisión.
Al inicio de su carrera había fallado en lo único que más le pesaba: no logró salvar a un inocente. Aquel error se le quedó pegado durante décadas, como una sombra imposible de sacudirse.
Por eso, cuando la cámara mostró los ojos de Carlos Contreras, Carmen reconoció de inmediato esa mirada. La había visto antes. Era la expresión de alguien que ya no esperaba justicia, pero seguía aferrado a la verdad.
Horas después, Carmen tenía extendido sobre la mesa el expediente del asesinato de la esposa de Carlos, ocurrido cinco años atrás, y revisaba cada hoja con una inquietud creciente.
Lo que descubrió la dejó helada.
El fiscal que había conseguido la condena de Carlos —el mismo que ahora era el juez Rodrigo Rojas— había mantenido vínculos personales y negocios privados con Luis Álvarez, el hermano menor de Carlos. Y Luis, casualmente, había heredado la mayor parte de la fortuna familiar poco después del arresto.
Había otro detalle todavía más raro: en las semanas previas a su muerte, Elena Guzmán, la esposa de Carlos, había estado investigando estados financieros, contratos y documentos legales.
Carmen empezó a unir piezas que otros, quizá por comodidad o por miedo, habían preferido dejar sueltas.
Mientras tanto, Natalia Soto quedó completamente callada después de la visita a la prisión. En la casa hogar estatal donde vivía desde hacía seis meses —bajo la tutela de su tío Luis— ya no respondía con palabras. Solo se comunicaba mediante dibujos.
Uno de ellos llamó la atención por encima de todos.
Mostraba una casa. Una mujer tirada en el piso. Un hombre con camisa azul inclinado sobre ella. Y, al fondo del pasillo, una figurita pequeña escondida.
Carlos nunca había tenido una camisa azul.
Luis, en cambio, la usaba casi todos los días.
Faltaban menos de treinta horas para la ejecución cuando Carmen recibió una llamada de un hombre desaparecido desde hacía cinco años: Sebastián Jiménez, el antiguo jardinero de la familia.
—Yo vi lo que pasó aquella noche.
