«¿Tú piensas con la cabeza o la tienes de adorno?» dijo David Cano, su voz retumbando por todo el piso mientras Carla, contenida, apretaba el paño entre los dedos

Sumisión cobarde, dignidad robada: absolutamente inaceptable.
Historias

Sin decir palabra, Carla puso la mesa. Colocó los platos, dejó los cubiertos en su sitio y sirvió la comida. Para entonces, David ya se había terminado la cerveza y estaba abriendo otra.

—Te lo digo en serio —insistió él—. Mañana, antes de comer, tiene que estar todo perfecto. No quiero que mi madre encuentre ni una sola razón para quejarse.

—¿Y si no me da tiempo? —preguntó Carla, sentándose frente a él—. Tengo una reunión de diez a una. Es un encargo importante, David. Me van a pagar sesenta mil euros.

Él soltó una risa breve, cargada de desprecio.

—No me lo creo. ¿Quién va a pagarte a ti una cantidad así? Si llevas tres años sin hacer nada.

Ahí estaba otra vez. La desvalorización. Una piedra más en aquel muro que, poco a poco, se había levantado entre los dos. Carla no contestó. Se limitó a coger el tenedor y empezó a cenar. El pollo había quedado algo seco, pero ella masticaba despacio, con la mirada perdida en la ventana, donde las luces de los coches pasaban como destellos detrás del cristal.

Aquella noche no logró dormir. Permaneció tumbada boca arriba, mirando el techo, pensando en lo que la esperaba al día siguiente. Pilar Ramos llegaría con su maleta, se instalaría en el dormitorio de ellos y Carla tendría que dormir con David en un sofá cama del salón. Su suegra volvería a explicarle cómo debía vivir, cómo debía cocinar, cómo debía tratar a su marido. Y David asentiría a todo, como siempre, olvidándose de que tenía esposa.

Por la mañana, Carla se levantó a las siete. Se duchó, se peinó y sacó del armario un traje de chaqueta que hacía muchísimo tiempo que no se ponía. Al mirarse al espejo, vio un rostro más delgado, ojeras marcadas y una expresión cansada. Pero sus ojos estaban firmes. Metió en el bolso los documentos, el móvil y las llaves.

—¿Adónde vas? —David apareció en la puerta del dormitorio, medio dormido y con el pelo revuelto.

—Ya te lo dije. Tengo una reunión.

—Carla…

—Hasta la tarde.

Salió del piso y cerró con llave.

En el ascensor sacó el teléfono y abrió la conversación con su tía Teresa Ramírez. Escribió: “¿Puedo pasar hoy por tu casa? Necesito hablar”. La respuesta llegó casi al instante: “Claro, cariño. Te espero”.

La ciudad empezaba a despertarse. La mañana de febrero era gris, fría, sin encanto. Aun así, a Carla le pareció que el aire olía a libertad.

Su tía Teresa vivía en las afueras, en un edificio antiguo con vistas a un parque. Carla llegó cerca de las nueve. La supuesta reunión con el cliente aún no empezaba; le había mentido a David sobre la hora porque necesitaba, antes de nada, hablar con alguien que no la juzgara.

—Pasa, entra, que te vas a quedar helada —dijo su tía al abrir la puerta. La observó de arriba abajo y frunció los labios—. Has adelgazado. Tienes la cara hundida. ¿Qué te está haciendo ese David tuyo?

Carla entró en el piso, cálido y con olor a té, y se quitó el abrigo. Teresa Ramírez era la hermana menor de su madre. Siempre hablaba claro, sin rodeos ni adornos. Tenía sesenta años, aunque aparentaba menos: delgada, enérgica, con el pelo corto y una mirada afilada que parecía verlo todo.

—No sé qué hacer —admitió Carla, dejándose caer en el sofá—. Se ha convertido en una copia de su madre. Pilar viene hoy, se queda una semana en casa, y yo… yo ya no puedo más.

—Entonces deja de aguantar —Teresa se sentó a su lado y le tomó la mano—. Márchate. Eres joven, guapa, tienes talento. Podrás empezar de nuevo. Y, si quieres, algún día encontrarás a alguien que sí merezca estar contigo.

—Ya estoy preparándome —Carla sacó el móvil y le enseñó el extracto de una cuenta—. Llevo tres meses apartando dinero. He pasado ahí todos nuestros ahorros. Él todavía no lo sabe.

Teresa silbó por lo bajo.

—¿Ciento ochenta mil euros? Bien hecho. Pero si se entera antes de tiempo…

—Lo sé. Por eso tengo que moverme rápido. Quiero alquilar un piso y mudarme sin ruido, sin escenas, sin darle ocasión a montar un escándalo.

Hablaron durante más de una hora. Teresa preparó un té fuerte, sacó unas galletas y le contó su propio divorcio, veinte años atrás. También ella había aguantado demasiado, callando por miedo y por costumbre, hasta que un día entendió que solo había una vida y que desperdiciarla siendo infeliz era una estupidez.

Ya casi al final de la conversación, su tía se quedó pensativa.

—Hay algo que quizá deba contarte —dijo al fin—. Hace poco me encontré con una conocida, Susana Aguado. Trabaja en Hacienda. Entre una cosa y otra, mencionó que había visto a David en un centro comercial. Iba con una mujer y con un niño pequeño. Un crío de un año, más o menos, rubio. David lo llevaba en brazos, y la mujer caminaba a su lado. Joven, arreglada, llamativa. Al principio Susana pensó que eras tú con un niño adoptado o algo así, pero luego se fijó mejor. Y no eras tú.

Carla se quedó inmóvil, con la taza entre las manos. Sintió que el corazón se le desplomaba hasta el estómago.

—¿Qué?

—Puede que no sea nada —añadió Teresa deprisa—. Tal vez una compañera con su sobrino, no sé. Pero Susana dice que se besaban. En la boca. Y que el niño llamaba papá a David.

El resto del día transcurrió como si Carla caminara dentro de una niebla espesa. Se reunió con el cliente, habló del proyecto para una cafetería y recibió un adelanto: treinta mil euros en efectivo. El sobre quedó en su bolso con un peso casi físico. Después vagó por el centro comercial, entró en varias tiendas, miró escaparates, tocó prendas que no veía de verdad. En su cabeza solo giraba una idea: David tenía una amante. Y un hijo.

Regresó a casa alrededor de las cinco. Subió las escaleras despacio, reuniendo fuerzas en cada peldaño. Al llegar al rellano, el olor a pasteles recién hechos le confirmó que Pilar Ramos ya estaba allí y que, como de costumbre, se había instalado como si la casa fuera suya.

—Ah, ya apareció la nuera —la recibió su suegra en el pasillo, secándose las manos en un delantal—. ¿De paseo? Mientras yo limpiaba, cocinaba y ponía un poco de orden en este desastre de casa.

—Buenas tardes, Pilar Ramos —respondió Carla, quitándose los zapatos antes de pasar.

David estaba en la cocina, sentado a la mesa, deslizando el dedo por la pantalla del móvil. Levantó la vista y la saludó con un gesto frío.

—Bueno, ¿qué tal esa reunión tan importante? —preguntó, con una burla apenas disimulada en la voz.

—Bien. Me han dado un adelanto.

—Ya, claro —resopló él—. ¿Y cuánto se supone que te han dado?

—Treinta mil euros.

Pilar Ramos, que estaba junto a los fogones, se detuvo y se volvió con un interés que no se molestó en ocultar.

—¿Treinta mil? ¿Por hacer qué?

—Por el diseño de una cafetería —Carla sacó el sobre del bolso y lo dejó sobre la mesa—. Aquí están.

David cogió el sobre y contó los billetes. Primero se le marcó la sorpresa en la cara. Luego apareció la irritación.

—Está bien. Mételo en la cuenta común —dijo, devolviéndole el dinero.

—No —Carla guardó el sobre de nuevo en el bolso—. Es mi trabajo. Y ese dinero será para mis necesidades.

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