—¿Tú piensas con la cabeza o la tienes de adorno? —la voz de David Cano retumbó por todo el piso con tanta violencia que Carla Ramos se estremeció—. Te lo dije bien claro: viene mi madre y vas a recibirla como es debido. ¿Y tú qué haces? ¡Otra vez con tus numeritos!
Carla soltó el aire despacio, apretando entre los dedos el paño de cocina. Tres años atrás, aquel tono la habría hecho romper a llorar. Dos años antes, se habría lanzado a justificarse. Un año atrás todavía habría intentado explicarle algo. Ahora, en cambio, permanecía quieta, observando al hombre con el que se había casado y que, poco a poco, se había convertido en una copia exacta de su madre.
—David, no me estoy negando a recibir a Pilar Ramos —respondió con una calma casi extraña incluso para ella—. Lo que no voy a hacer es pasarme tres días sacando brillo al suelo y colgando cortinas nuevas como si fuéramos a recibir a una reina.
—¡No vuelvas a hablar así de mi madre! —David dio un paso hacia ella, y Carla se sorprendió pensando que, en otro tiempo, aquel hombre le había parecido alguien seguro, alguien en quien apoyarse—. ¡Tienes que vivir según las normas de mi madre! ¿Te queda claro?
Ahí estaba. La frase que cada vez se escuchaba con más frecuencia entre aquellas paredes. Primero había sido la comida: “mi madre siempre pone el laurel de esta manera”. Después llegó la limpieza: “mi madre limpia los espejos solo con papel de periódico”. Más tarde, la ropa: “mi madre dice que una mujer decente no anda por casa en vaqueros”. Y ahora ya no lo disfrazaba: vive como manda mamá.

Carla caminó hasta la ventana y miró la ciudad al anochecer. Febrero había cubierto las calles con una penumbra fría; las farolas estaban encendidas y dibujaban manchas amarillas sobre las pocas siluetas que cruzaban la acera. En algún punto de aquella misma ciudad estaba su tía Teresa Ramírez, la única persona que nunca la había tratado como a una fracasada por haberse casado a los veintidós y haber dejado aparcada su carrera de diseñadora.
—Prepararé la cena —dijo sin volverse—. Pero dile a tu madre que mañana al mediodía no estaré. Tengo una reunión.
—¿Qué reunión ni qué demonios? —David se acercó y la giró sujetándola por el hombro—. ¿Te estás burlando de mí? Mi madre viene expresamente el miércoles para que estemos todos juntos y…
—Trabajo —lo interrumpió Carla—. ¿Lo recuerdas? He conseguido un encargo de diseño de interiores para una cafetería. Mañana me veo con el cliente.
Tres meses antes, Carla había abierto una cuenta en otro banco. Una cuenta secreta, de la que David no sabía absolutamente nada. Al principio ingresó allí pequeños pagos de trabajos sueltos: el logotipo de una empresa recién creada, unas tarjetas de visita para un dentista conocido. Luego empezó a transferir cantidades pequeñas desde la cuenta común, esa que su marido ni siquiera revisaba porque, según él, “una mujer no tiene por qué entender de dinero”. Y la semana anterior había movido también todo lo que David estaba ahorrando para comprarse un coche nuevo. Ciento ochenta mil euros. Él todavía no se había enterado.
—La cancelas —soltó David, dándole la espalda—. Mi madre importa más que esas reuniones inventadas tuyas.
—No.
Él se quedó inmóvil. Se volvió lentamente, como si sus oídos hubieran fallado.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que no —Carla tomó el móvil de la mesa y abrió la aplicación del banco. La cifra de la cuenta oculta brilló en la pantalla como una promesa de salida—. No voy a cancelar nada. Tu madre puede sobrevivir a una comida sin mí.
La media hora siguiente se hundió en un silencio helado. David se encerró en la habitación dando un portazo que hizo vibrar el marco. Carla sacó un pollo de la nevera y se puso a preparar la cena. Sus manos actuaban solas: cortar verduras, calentar la sartén, añadir sal. Mientras tanto, pensaba en cómo, tres años atrás, se había enamorado de un programador encantador que la llevaba al cine y le compraba flores sin motivo. Recordaba también cómo, después de la boda, aquel hombre fue transformándose despacio en alguien exigente, irritable y cada vez más pendiente de la opinión materna.
El timbre la arrancó de sus pensamientos. Se secó las manos y fue a abrir. En el rellano estaba el vecino, Ramón Gutiérrez, un hombre de unos cincuenta años, algo calvo, que siempre saludaba con educación y de vez en cuando le acercaba alguna carta si el cartero la dejaba por error en su buzón.
—Buenas tardes, Carla —dijo, tendiéndole un sobre—. Ha llegado esto para usted. No cabía en su buzón y lo han metido en el mío.
—Gracias, Ramón —Carla tomó el sobre y miró de reojo el remitente. Un despacho de abogados. El corazón le dio un vuelco.
—No quisiera meterme donde no me llaman —murmuró él, incómodo, bajando la voz—, pero he oído… bueno, ya sabe, las paredes son finas. Si le sirve de algo, mi mujer también pasó por algo parecido en su momento. Hay buenos profesionales que ayudan a aclarar… esas cuestiones de familia.
Carla asintió y cerró la puerta con rapidez. Así que los vecinos ya escuchaban sus peleas. Maravilloso. Abrió el sobre: dentro venía la respuesta del abogado al que había consultado dos semanas antes. Un resumen sobre la división de bienes y sobre la forma de proteger sus ahorros.
—¿Quién era? —David salió de la habitación con gesto torcido.
—Ramón. Traía una carta.
—¿Qué carta?
—Publicidad, nada importante —Carla deslizó el sobre en el bolsillo de la bata—. Mira, mañana tengo que levantarme temprano. Termino la cena y me voy a dormir.
David resopló y entró en la cocina. Sacó una cerveza de la nevera y abrió la botella.
—Mi madre llegará mañana a la hora de comer —anunció después de dar un trago—. Así que la recibirás bien, como una persona normal. Se queda con nosotros una semana.
—¿Una semana? —Carla se volvió desde los fogones—. David, ¿se te ocurrió preguntarme?
—¿Y para qué? Es mi madre. Tiene derecho a venir a ver a su hijo cuando le apetezca.
“Cuando le apetezca” significaba, en la práctica, todos los meses. Pilar Ramos aparecía en el piso, inspeccionaba las esquinas, revisaba la nevera, criticaba la comida de Carla y repartía “consejos útiles” sobre cómo ser una buena esposa. Después de cada visita, David se volvía insoportable, porque su madre siempre acababa diciéndole: “Eres demasiado blando con ella, hijo. A una mujer hay que llevarla con mano firme”.
Carla apagó el fuego. La cena estaba lista.
