«¡Tienes que vivir según las normas de mi madre!» —gritó David, avanzando hacia Lucía mientras ella lo miraba en silencio

Indignante y humillante, su silencio resulta aterrador.
Historias

Sin pronunciar una palabra, Lucía puso la mesa. Colocó los platos, alineó los cubiertos y dejó los vasos junto a las servilletas. Para entonces, David Castillo ya se había terminado la cerveza y estaba abriendo otra.

—Te lo digo en serio —insistió él, como si acabara de dar una orden en el trabajo—. Mañana, a la hora de comer, todo tiene que estar perfecto. No quiero que mi madre encuentre ni una sola excusa para quejarse.

—¿Y si no me da tiempo? —preguntó Lucía mientras se sentaba frente a él—. Tengo una reunión de diez a una. Es un encargo importante, David. Pagan sesenta mil euros.

Él soltó una risita seca, cargada de desprecio.

—No me vengas con cuentos. ¿Quién va a pagarte a ti esa cantidad? Si llevas tres años sin hacer nada.

Ahí estaba otra vez. El menosprecio. Una piedra más en aquel muro que se había ido levantando entre los dos, ladrillo a ladrillo. Lucía no contestó. Se limitó a coger el tenedor y empezó a comer. El pollo había quedado algo seco, pero ella masticó despacio, mirando hacia la ventana, donde las luces de los coches pasaban como destellos detrás del cristal.

Aquella noche no consiguió dormir. Permaneció tumbada boca arriba, con los ojos fijos en el techo, pensando en lo que la esperaba al día siguiente. Pilar Blanco llegaría con su maleta, se instalaría en su dormitorio como si fuera la dueña de la casa, y Lucía y David tendrían que dormir apretados en una cama plegable en el salón. Su suegra volvería a darle lecciones sobre cómo vivir, y David asentiría a todo, olvidando, como siempre, que la mujer que tenía delante era su esposa.

Por la mañana, Lucía se levantó a las siete. Se duchó, se arregló el pelo y se puso un traje de chaqueta que llevaba mucho tiempo guardado en el armario. Al mirarse en el espejo, vio un rostro más delgado de lo que recordaba, ojeras marcadas y una palidez cansada. Pero sus ojos no estaban apagados. Había en ellos una decisión nueva, firme, casi desconocida.

Cogió el bolso, la carpeta con los documentos y el móvil.

—¿Adónde vas? —David apareció en la puerta del dormitorio, despeinado y con la voz pastosa de sueño.

—Ya te lo dije. Tengo una reunión.

—Lucía…

—Nos vemos por la tarde.

Salió del piso y cerró con llave antes de que él pudiera añadir nada más.

En el ascensor sacó el teléfono y abrió la conversación con su tía Marta Santos. Escribió: “¿Puedo pasar hoy por tu casa? Necesito hablar”. La respuesta llegó casi al instante: “Claro, cariño. Te espero”.

La ciudad empezaba a despertar. La mañana de febrero era gris, húmeda, sin brillo, pero a Lucía le pareció que el aire tenía un olor distinto. Como si, por primera vez en mucho tiempo, pudiera respirar.

Marta Santos vivía en las afueras, en un edificio antiguo desde el que se veía un parque. Lucía llegó poco antes de las nueve. La reunión con el cliente todavía quedaba lejos; le había mentido a David sobre la hora porque necesitaba, antes de enfrentarse al día, hablar con alguien que no la juzgara.

—Pasa, entra, que hace frío —dijo su tía al abrir la puerta. La observó de arriba abajo y frunció el ceño—. Estás más delgada. Y tienes mala cara. ¿Qué te está haciendo ese David tuyo?

Lucía entró en el piso, cálido y con olor a café recién hecho, y se quitó el abrigo. Marta era la hermana menor de su madre. Siempre había hablado sin rodeos, con una franqueza que a veces dolía, pero que también consolaba. Tenía sesenta años, aunque aparentaba menos: cuerpo ágil, pelo corto, mirada afilada y viva.

—No sé cómo seguir —admitió Lucía, dejándose caer en el sofá—. Se está convirtiendo en una copia de su madre. Pilar llega hoy y se quedará una semana con nosotros. Y yo… yo ya no puedo más.

—Entonces deja de castigarte —respondió Marta, sentándose a su lado y tomándole la mano—. Vete. Eres joven, guapa, con talento. Podrás empezar de nuevo. Y ya aparecerá alguien que te quiera bien.

Lucía sacó el móvil y le mostró el extracto de una cuenta.

—Estoy preparándolo. Llevo tres meses apartando dinero. He pasado ahí todos nuestros ahorros. Él todavía no lo sabe.

Marta silbó en voz baja, sorprendida.

—¿Ciento ochenta mil euros? Muy bien hecho. Pero como se entere antes de tiempo…

—Lo sé. Por eso tengo prisa. Quiero alquilar un piso y marcharme sin ruido, sin broncas, sin darle ocasión de montarme una escena.

Hablaron durante más de una hora. Marta preparó un té fuerte, sacó unas galletas y le contó, una vez más pero con más detalle que nunca, cómo había sido su propio divorcio veinte años atrás. También ella había soportado, callado y aguantado hasta que un día entendió algo muy simple: la vida era una sola, y desperdiciarla en la desdicha no tenía ningún sentido.

Casi al final de la conversación, Marta bajó un poco la voz.

—Hay algo más que quería decirte. Hace unos días me encontré con una conocida, Isabel Gil. Trabaja en la Agencia Tributaria. Y, hablando de cualquier cosa, me comentó que había visto a tu David en un centro comercial. Iba con una mujer y con un niño pequeño. Un crío de un año, más o menos, rubito. David lo llevaba en brazos, y la mujer caminaba a su lado. Joven, arreglada, muy llamativa. Isabel pensó al principio que eras tú con un niño adoptado o algo así, pero luego se fijó mejor. Y no eras tú.

Lucía se quedó inmóvil con la taza entre las manos. Sintió que el corazón se le hundía de golpe, como si le hubiera caído al estómago.

—¿Qué?

—Puede que no sea nada —añadió Marta deprisa, al ver su cara—. Una compañera con su sobrino, qué sé yo. Pero Isabel dice que se besaron. En la boca. Y que el niño lo llamaba papá.

El resto del día transcurrió envuelto en una niebla espesa. Lucía fue a la reunión, habló con el cliente, repasó el proyecto para la cafetería y recibió un adelanto: treinta mil euros en efectivo. Guardó el sobre en el bolso, y aquel dinero le pareció pesar más que una piedra. Después caminó sin rumbo por el centro comercial, entró en varias tiendas, miró escaparates, pero no veía nada. Una sola idea le daba vueltas dentro de la cabeza: David tenía una amante. Y un hijo.

Volvió a casa cerca de las cinco. Subió las escaleras despacio, intentando reunir fuerzas antes de abrir la puerta. Al entrar, la recibió un olor intenso a empanada y masa horneada. Eso significaba que Pilar Blanco ya había llegado y, por supuesto, ya se había instalado.

—Ah, mira quién aparece: mi nuera —dijo la suegra desde el recibidor, secándose las manos en el delantal—. ¿De paseo? Mientras yo aquí limpiando, cocinando y poniendo orden en este caos vuestro.

—Buenas tardes, Pilar Blanco —respondió Lucía, quitándose los zapatos antes de pasar.

David estaba sentado en la cocina, con el móvil en la mano. Levantó la vista y le dedicó un gesto frío, casi indiferente.

—Bueno, ¿y qué? ¿Tu reunión fue un éxito? —preguntó, dejando que la burla se filtrara en cada palabra.

—Sí. Me dieron un adelanto.

—Ya, claro —resopló él—. ¿Cuánto, si se puede saber?

—Treinta mil euros.

Pilar, que estaba junto a la cocina, se detuvo de inmediato y giró la cabeza con un interés que no intentó disimular.

—¿Treinta mil? ¿Por hacer qué?

—Por el diseño de una cafetería —dijo Lucía.

Sacó el sobre del bolso y lo dejó sobre la mesa. David lo tomó al instante, abrió la solapa y contó los billetes. Primero se le dibujó en la cara una sorpresa sincera; después, esa sorpresa se convirtió en fastidio.

—Está bien —dijo al fin, devolviéndole el sobre—. Guárdalo en el fondo común.

—No —Lucía recuperó el dinero y lo metió de nuevo en su bolso—. Es mi pago. Lo voy a usar para mis propias necesidades.

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