«¡Tienes que vivir según las normas de mi madre!» —gritó David, avanzando hacia Lucía mientras ella lo miraba en silencio

Indignante y humillante, su silencio resulta aterrador.
Historias

—¿Tú razonas alguna vez o qué te pasa? —la voz de David Castillo retumbó por todo el piso con tanta violencia que Lucía Ramírez se sobresaltó—. Te lo he dicho en perfecto castellano: viene mi madre y vas a recibirla como corresponde. ¿Y tú qué haces? Otra vez con tus numeritos.

Lucía soltó el aire despacio, apretando entre los dedos el paño de cocina. Tres años antes, un tono así la habría hecho llorar. Dos años atrás, se habría puesto a justificarse. El año anterior todavía habría intentado explicarle algo. Ahora, en cambio, permanecía inmóvil, observando a su marido, que cada día se parecía más a una copia exacta de su madre.

—David, no me niego a recibir a Pilar Blanco —dijo con una voz uniforme, casi serena—. Pero no pienso pasarme tres días abrillantando suelos y colgando cortinas nuevas como si fuera a venir una reina a inspeccionarnos.

—¡No te atrevas a hablar así de mi madre! —David avanzó un paso, y Lucía se sorprendió pensando que, en otro tiempo, aquel hombre le había parecido alguien firme, alguien en quien apoyarse—. ¡Tienes que vivir según las normas de mi madre! ¿Te queda claro?

Ahí estaba. La frase que, últimamente, se repetía cada vez con más frecuencia en aquella casa. Primero había sido la comida: “Mamá siempre pone la hoja de laurel de esta manera”. Después llegó la limpieza: “Mamá limpia los espejos solo con papel de periódico”. Más tarde, la ropa: “Mamá opina que una mujer decente no va en vaqueros por casa”. Y ahora ya ni siquiera lo disfrazaba: debía vivir conforme a las reglas de su madre.

Lucía se acercó a la ventana y miró la ciudad al anochecer. Febrero había cubierto las calles con una penumbra fría; las farolas estaban encendidas y dibujaban manchas amarillentas sobre las pocas siluetas que caminaban por la acera. En alguna parte de esa misma ciudad estaba su tía Marta Santos, la única persona que no la trataba como a una fracasada por haberse casado a los veintidós y haber dejado aparcada su carrera como diseñadora.

—Haré la cena —anunció sin volverse—. Pero avisa a tu madre de que mañana al mediodía no estaré. Tengo una reunión.

—¿Qué reunión ni qué tonterías? —David se le acercó y la giró por el hombro—. ¿Te estás burlando de mí? Mamá viene adrede el miércoles para que estemos todos juntos y…

—Trabajo —lo interrumpió Lucía—. ¿Lo recuerdas? He conseguido un encargo de diseño de interiores para una cafetería. Mañana me veo con el cliente.

Tres meses atrás, Lucía había abierto una cuenta en otro banco. Una cuenta secreta de la que David no sabía absolutamente nada. Al principio ingresó allí pequeños honorarios de trabajos sueltos: un logotipo para una empresa nueva, unas tarjetas de visita para un dentista conocido. Luego empezó a transferir cantidades modestas desde la cuenta común, esa que su marido ni siquiera revisaba porque estaba convencido de que “las mujeres no tienen por qué entender de dinero”. Y la semana anterior había movido allí todo lo que David estaba reuniendo para comprarse un coche nuevo. Ciento ochenta mil euros. Él todavía no se había enterado.

—Cancélala —soltó David, dándole la espalda—. Mi madre es más importante que esas reuniones inventadas tuyas.

—No.

Él se quedó quieto. Luego se volvió lentamente, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que no —Lucía tomó el móvil de la mesa y abrió la aplicación del banco. La cifra que aparecía en el saldo de la cuenta oculta le pareció, por primera vez en mucho tiempo, una promesa—. Y no voy a cancelar nada. Tu madre puede sobrevivir a una comida sin mí.

La media hora siguiente transcurrió en un silencio helado. David se encerró en la habitación tras dar un portazo. Lucía sacó un pollo de la nevera y se puso a preparar la cena. Sus manos trabajaban solas: cortar verduras, calentar la sartén, añadir sal. Mientras tanto pensaba en cómo, tres años antes, se había enamorado de un programador encantador que la llevaba al cine y le compraba flores sin motivo. Y en cómo, después de la boda, aquel hombre fue cambiando poco a poco hasta convertirse en alguien exigente, irritable y completamente pendiente de la opinión materna.

El timbre de la puerta la arrancó de sus pensamientos. Se secó las manos y fue a abrir. En el rellano estaba Jorge Cruz, el vecino: un hombre de unos cincuenta años, algo calvo, que siempre saludaba con educación y a veces le llevaba el correo si por error lo dejaban en su buzón.

—Buenas tardes, Lucía —dijo, tendiéndole un sobre—. Ha llegado una carta para usted. No cabía en su buzón y la han metido en el mío.

—Gracias, Jorge —respondió ella, tomando el sobre. Al ver el remite, se le encogió el corazón. Era de un despacho de abogados.

—No quisiera meterme donde no me llaman —murmuró Jorge, incómodo, bajando la voz—. Pero he oído… bueno, ya sabe, las paredes son finas. Si alguna vez necesita algo, mi mujer también pasó por una situación parecida hace años. Hay profesionales muy buenos que ayudan a aclarar este tipo de… asuntos familiares.

Lucía asintió deprisa y cerró la puerta. Así que los vecinos ya escuchaban sus discusiones. Estupendo. Abrió el sobre: dentro estaba la consulta escrita del abogado al que había acudido dos semanas antes. Un resumen sobre el reparto de bienes y sobre la manera de proteger sus ahorros.

—¿Quién era? —David salió de la habitación y la miró con gesto de fastidio.

—Jorge. Traía una carta.

—¿Qué carta?

—Publicidad sin importancia —Lucía escondió el sobre en el bolsillo de la bata—. Oye, mañana tengo que levantarme temprano. Termino la cena y me voy a dormir.

David resopló y entró en la cocina. Sacó una cerveza de la nevera y abrió la botella.

—Mamá llegará mañana a la hora de comer —dijo después de dar un trago—. Así que la recibirás bien, como una persona normal. Se queda con nosotros una semana.

—¿Una semana? —Lucía se giró desde los fogones—. David, ¿se te ocurrió preguntármelo?

—¿Para qué? Es mi madre. Tiene derecho a venir a casa de su hijo cuando le dé la gana.

“Cuando le dé la gana” significaba, en realidad, una vez al mes. Pilar Blanco aparecía en el piso, revisaba las esquinas, inspeccionaba la nevera, criticaba la comida de Lucía y repartía “consejos útiles” sobre cómo ser una esposa adecuada. Después de cada visita, David se volvía insoportable, porque su madre no dejaba de repetirle: “Eres demasiado blando con ella, hijo. A una mujer hay que llevarla con mano firme”.

Lucía apagó la cocina. La cena ya estaba lista.

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