«Yo misma voy a hablar con tu exmarido. Así que, niñita, más te vale empezar a desalojar el departamento» —declaró la amante con una seguridad insolente, dejando helada a Gabriela

Descarada insolencia, vergonzosa y profundamente injusta.
Historias

Consuelo Gallegos tocó el timbre y la puerta se abrió casi al instante, como si del otro lado hubieran estado aguardando su llegada.

—Qué gusto verla —dijo Gabriela Guzmán, esforzándose por sonreír mientras intentaba disimular la tensión que le crispaba los labios.

—Hola, hija —respondió Consuelo con una serenidad medida. Le acarició la mejilla con suavidad—. ¿Y dónde está nuestra princesa?

—En su cuarto… está guardando sus cosas —contestó Gabriela en voz baja, bajando la mirada.

—¿Otra vez hizo un tiradero? —preguntó Consuelo mientras se quitaba los zapatos y avanzaba hacia la sala.

Al cruzar el umbral, se detuvo. El lugar que siempre había encontrado ordenado y acogedor ahora parecía zona de mudanza: cajas medio llenas por todos lados, muñecas sin cabeza asomando entre ropa doblada a medias, libros apilados sin criterio. El caos no era infantil, era definitivo.

—Dos semanas —murmuró Gabriela con un hilo de voz, tomando un álbum del estante y metiéndolo mecánicamente en una caja, como si ya no tuviera voluntad propia.

Consuelo se acercó, sacó el álbum y lo devolvió a su sitio con firmeza.

—Hazme un favor —dijo con tono tranquilo pero inapelable—. Detengamos esto unos días. Arrincona las cajas, no las cierres todavía. Aún no he hablado con mi hijo. Ya sabes cómo son sus “viajes de negocios”… siempre regresan con sorpresas.

Gabriela asintió sin palabras, confundida, atrapada entre la obediencia y el miedo. Su vista iba de las cajas a su suegra, como buscando permiso para creer.

—¿Y mi niña? ¡Regina! —llamó Consuelo elevando apenas la voz.

Desde la habitación salió corriendo una pequeña figura despeinada.

—¡Abue! —gritó Regina Mata, lanzándose a sus brazos.

—Ay, mi tesoro, mi luz, mi chiquita hermosa —susurró Consuelo, apretándola contra su pecho como si quisiera protegerla del mundo entero.

—Abue, abue, abue —balbuceó la niña, aferrándose a su cuello.

—¿Qué te parece si vamos al parque? Les vamos a presumir a los árboles lo bien que dibujas —propuso la abuela con dulzura.

Gabriela dudó. Sus ojos volvieron a las cajas, a la evidencia de una despedida inminente.

—Hasta el fin de semana —dijo Consuelo, mirándola de frente—. Dame ese tiempo.

Gabriela respiró profundo. Algo parecido a la esperanza asomó en su rostro.

—Está bien.

Pasaron algunos días. Una tarde bañada por la luz dorada del otoño, Consuelo Gallegos entró a un restaurante elegante del sur de la ciudad. El lugar olía a vino caro y madera pulida. No tardó en ubicar a Miguel Contreras sentado junto a un ventanal. Frente a él, una joven de cabello perfectamente planchado y vestido ajustado jugueteaba con su copa.

Consuelo caminó hasta la mesa y tomó asiento sin prisa.

—Miguel —dijo con voz baja, casi suave—. Esperaba que esta conversación fuera privada. ¿Podrías explicarme por qué esta persona está aquí?

El joven frunció el ceño.

—Mamá, ella es Verónica Moreno. Mi prometida.

—Qué enternecedor —replicó Consuelo con una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Aunque la invitación era exclusivamente para ti. No para presentar entusiasmos pasajeros.

Verónica percibió el desdén como un golpe invisible.

—Si prefieren, puedo retirarme… —sugirió en un susurro.

—No —respondió Miguel de inmediato, apoyando la mano en el hombro de la chica con un gesto más posesivo que protector—. No tengo secretos con Verónica. Tarde o temprano sabrá todo.

—Perfecto —asintió Consuelo—. Así podrá apreciar sin filtros el encanto completo de su elección.

Las pestañas de Verónica temblaron. El rubor se le fue del rostro.

Consuelo acomodó su collar de perlas antes de continuar.

—El asunto es el departamento. Ese intento tuyo, tan ambicioso, de desalojar a Gabriela.

—Eso ya está decidido —dijo Miguel reclinándose en la silla, fingiendo seguridad que no sentía—. No hay nada que discutir.

—Te equivocas. Algo está decidido cuando todas las partes están de acuerdo. Yo no lo estoy.

—Necesito ese departamento. Me voy a casar y vamos a vivir ahí —insistió él, elevando la voz.

—No, no lo harán. Y te explicaré por qué —respondió Consuelo, girando hacia Verónica con una cortesía afilada—. Hija, quizá quieras retocarte el maquillaje. Lo que escucharás podría arruinar tu ilusión.

—Siéntate —ordenó Miguel, apretando el hombro de Verónica.

—Sólo intentaba ser considerada —replicó Consuelo con fingida inocencia—. Algunas verdades alteran los nervios.

Luego miró directamente a su hijo.

—El departamento donde vive Gabriela con mi nieta está legalmente a mi nombre. Igual que el tuyo.

—Eso es pura formalidad —bufó Miguel—. Lo pusimos así por conveniencia.

—Por evasión fiscal, querrás decir —lo interrumpió ella con calma quirúrgica—. Y esa “conveniencia” es el origen de tus actuales dificultades. Compraste el departamento para Gabriela, lo registraste a mi nombre y luego pretendiste recuperarlo cuando te resultó cómodo. Pero olvidaste pagar el impuesto correspondiente a la donación. Un descuido muy selectivo.

—No te metas en mis finanzas —espetó él.

—Te recuerdo algo, Miguel —contestó Consuelo inclinándose hacia adelante—: sobre el papel, yo soy la única socia fundadora de tus dos empresas. Ese papel que tanto te gusta minimizar cuando deja de beneficiarte.

El joven abrió los ojos, sorprendido.

—Eso también es un trámite…

—Revisé los estados financieros. Con lupa. Comparé ingresos declarados contra flujo real. La diferencia es de al menos veinte veces. Veinte, Miguel. Eso no es un error contable, es un esquema.

El color se le fue del rostro.

—¿Te pusiste a revisar mis cuentas?

—Como fundadora tengo acceso total. Sé a dónde va cada peso. Y lo que más me ofendió no fue la cantidad, sino la desfachatez con la que falsificaste mi firma en varias transferencias. Además, lo hiciste bastante mal.

—Lo de que seas fundadora es una fic… —intentó decir.

La palma de Consuelo golpeó la mesa. La vajilla tintineó.

—Ni una palabra más. Si vuelves a decir que es ficticio, te destituyo hoy mismo. No es imaginario. Es absolutamente real.

—¿Estás loca? —murmuró él, rojo de furia.

—Tus empresas te mantienen. Conozco tu ingreso real y la cantidad ridícula que entregas para la manutención de mi nieta. Así que te haré una propuesta clara —pronunció cada palabra con precisión—: transfieres de inmediato el departamento a nombre de Gabriela mediante un contrato de donación formal. Y a partir del próximo mes cuadruplicas la pensión. Una pensión acorde a tus verdaderos ingresos.

—¿Y si no? —escupió Miguel entre dientes.

Consuelo lo sostuvo con la mirada, firme, implacable.

—Si no, entonces tendremos que hablar de consecuencias. Y créeme, hijo, la primera opción es muy sencilla.

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