—Qué considerado de tu parte mandar primero a tu sabuesa en vez de tener el valor de llamarme tú mismo —soltó Gabriela Guzmán, con una risa amarga que apenas contenía la indignación—. Todo un caballero.
Miguel Contreras ignoró el dardo.
—Sabías perfectamente que ese departamento no te pertenece —respondió con frialdad calculada—. Mi mamá me lo cedió antes de que nos casáramos. No es ningún secreto.
—Claro que lo recuerdo —replicó ella al instante—. Tu madre lo puso a disposición de los dos cuando nos casamos. Después tú huiste y nos dejaste solas a tu hija y a mí. Y, si no tengo mala memoria, prometiste que no nos tocarías hasta que Verónica Moreno terminara la escuela. ¿O tus promesas tienen fecha de caducidad?
—No empieces con juramentos viejos, las cosas cambian —intentó escabullirse él.
—No cambies el tema. Me diste tu palabra —insistió Gabriela, apretando los dientes.
—Sí, la di. Pero ahora necesito el departamento —contestó Miguel, sin una pizca de emoción.
—Eres un miserable sin principios… —se le escapó, aunque enseguida respiró hondo—. De verdad das asco.
—¿Vas a seguir insultando o podemos hablar en serio? —preguntó él, imperturbable.
—Dile a Verónica Moreno que no se atreva a… —empezó ella, pero la interrumpió.
—No metas a Verónica en esto. El lugar lo necesito yo. Lástima que haya ido primero a verte.
—¿Te dio miedo venir y la mandaste de avanzada? —se burló Gabriela con ironía cortante.
—Basta. Tienes dos semanas para desalojar —dictaminó Miguel con voz seca.
—¿Y a dónde quieres que me vaya? —estalló ella—. Sabes que no tengo otra propiedad.
—Renta algo. La pensión que deposito no es poca, debería alcanzarte para pagar un alquiler —respondió él con firmeza.
—Eso no se hace, Miguel. Me lo prometiste —en su voz apareció un matiz suplicante que detestó apenas lo percibió.
—Ya déjalo. No dispongo de otro lugar como ese. Catorce días son más que suficientes para encontrar algo. ¿Quedó claro?
—No, el que no entiende eres tú. Ahí vive tu hija. Tu hija, la que casi no visitas, la que olvidaste felicitar en su cumpleaños. ¿Te acuerdas siquiera de ella?
Del otro lado se hizo un silencio espeso. Luego, un suspiro. Tras unos segundos interminables, él concluyó con frialdad:
—Dos semanas.
Y colgó.
Gabriela permaneció inmóvil, con el teléfono todavía en la mano. Afuera comenzaba a oscurecer y dentro de ella la penumbra era aún más densa.
La noche fue interminable. Apenas logró cerrar los ojos; las ideas la acosaban sin tregua. Legalmente, el departamento no estaba a su nombre. Miguel tenía derecho a reclamarlo. La pensión ayudaba, sí, pero casi todo se esfumaría pagando renta. No veía salida.
Al amanecer, una luz grisácea se coló entre las cortinas mal cerradas, tiñendo el cuarto de sombras apagadas. Gabriela se movía por la cocina en automático, preparando el desayuno para su hija. Su rostro lucía pálido y las ojeras delataban la desvelada.
Cuando la niña terminó de comer y ambas se alistaban para salir a caminar, sonó el timbre. Al abrir, apareció Consuelo Gallegos, la madre de Miguel. Aunque su hijo y Gabriela estaban divorciados, la abuela visitaba a la pequeña casi a diario. Le encantaba pasar tiempo con ella: la llevaba al parque, la ayudaba a bañarse cuando era más chica, le enseñó a dar sus primeros pasos y ahora se sentaba a dibujar y leer cuentos a su lado.
Consuelo examinó a su exnuera de pies a cabeza.
—¿Qué te pasó? —preguntó con mirada aguda, fijándose en las sombras bajo sus ojos.
Gabriela inhaló profundamente y, tratando de mantener la compostura, respondió en voz baja:
—Miguel quiere que nos vayamos. Nos está echando.
—A ver, explícame bien —pidió Consuelo, mientras cargaba a su nieta y le daba un beso en la mejilla. Luego entró a la sala y se acomodó con calma en el sillón—. Cuéntame todo, sin saltarte nada.
Gabriela relató la visita de Verónica Moreno, la exigencia sobre el departamento, la llamada posterior de su exmarido y la confirmación fría de que debía marcharse.
—Dos semanas, nada más. ¿A dónde se supone que vaya? —dijo abriendo las manos, señalando los muebles—. ¿Qué hago con todo esto? ¿Lo dejo en la calle?
Consuelo bajó la mirada. Tras unos instantes de silencio, se levantó y caminó hasta la ventana. Observó a los niños jugando en el parque. Cuando volvió a hablar, su tono era bajo.
—Legalmente es su derecho. El departamento es de él y puede disponer como quiera.
—¿Y su hija? —replicó Gabriela con amargura.
—No lo sé —admitió la mujer con evidente incomodidad—. De verdad no lo sé.
Se acercó a la niña y le acarició el cabello con ternura.
—Pero él me dio su palabra —insistió Gabriela.
Consuelo esbozó una sonrisa triste.
—Las promesas, querida, a veces son tan frágiles como las declaraciones de impuestos —comentó, tomando un lápiz para corregir con suavidad un trazo del dibujo de la pequeña—. Escucha: no te angusties antes de tiempo. Lo que Miguel tenga en mente, yo no lo conozco. Hace años que no me comparte sus “brillantes” estrategias financieras ni sus enredos personales. Pero hablaré con él.
En la voz de Gabriela se filtró una esperanza cautelosa.
—Gracias… de verdad.
—Hablaré —repitió Consuelo con determinación mientras se dirigía a la puerta.
—¿Ya te vas? —preguntó Gabriela, siguiéndola con la mirada.
—Sí. Necesito ordenar mis argumentos antes de enfrentar a ese genio de las finanzas —respondió la abuela, calzándose—. Sin preparación, con él no se gana.
Salió al pasillo y la puerta se cerró con un golpe sordo. Gabriela quedó sola en el departamento que quizá pronto dejaría de ser su hogar, con el corazón dividido entre la esperanza y el temor.
Consuelo Gallegos descendió a la calle. El viento otoñal le revolvió el cabello y la obligó a estremecerse. Se detuvo un momento, contemplando las hojas secas que giraban en el aire frío. Esa imagen le trajo de vuelta el día en que su esposo, Pedro Álvarez, falleció.
Los recuerdos se le aparecieron difusos. Miguel tenía apenas dos años entonces. Volvió a sentir la desorientación y la impotencia de aquella época, la misma sensación que ahora veía reflejada en Gabriela. Caminó despacio hasta su auto, se acomodó al volante. El interior olía a lavanda, su fragancia favorita.
Mientras observaba la calle casi desierta, recordó que su propia madre le dio la espalda cuando más la necesitaba. La única que le tendió la mano fue Blanca Reyes, la madre de su entonces nuera. Le permitió vivir con el niño en su amplio departamento. Tras la muerte de aquella mujer, la propiedad pasó a manos de Consuelo.
Se abrochó el cinturón, giró la llave y el motor arrancó.
—No está bien, hijo —murmuró al vacío, como si Miguel pudiera oírla—. No es de hombres esconderse detrás de una mujer para hacer el trabajo sucio. Eso es cobardía, y tú no fuiste criado para eso.
Puso el auto en marcha con suavidad. Las calles estaban casi vacías. Conducía despacio, repasando mentalmente cada argumento, anticipando cada respuesta posible de su hijo, preparando la conversación que sabía sería inevitable.
Pasaron algunos días. Finalmente, Consuelo decidió volver a visitar a su nieta, convencida de que había llegado el momento de enfrentar la situación de una vez por todas.
