— ¿Cómo que este departamento es tuyo? Aquí vivimos todos, y tú no eres quien para decidir quién se queda y quién se va —estalló la suegra, con la voz afilada como cuchillo.
— Ya dije que no —repitió Sofía Montoya, esforzándose por no perder el control—. Este lugar me pertenece. Y no voy a…
— ¿Tuyo? —la interrumpió Sandra Contreras, entrecerrando los ojos con incredulidad—. ¿Y la familia qué? Alejandro, ¿escuchas lo que está diciendo tu esposa?
Aquella noche, Sofía abrió la puerta con movimientos lentos, casi pesados. Eran cerca de las nueve; el trabajo la había absorbido por completo y salió tardísimo de la oficina por cerrar un proyecto urgente. Apenas cruzó el umbral, la recibió el mismo ambiente cargado de siempre: voces elevadas y tensión flotando en el aire.
— ¡Otra vez llegas tarde! —le reclamó Sandra en cuanto la vio—. ¡Alejandro lleva horas esperando para cenar!

Sofía inhaló hondo mientras se quitaba el abrigo. Desde hacía semanas tenía la sensación de que ya no habitaba su propio hogar, sino que se movía como invitada incómoda en territorio ajeno.
Un mes y medio atrás, cuando Alejandro Moreno le pidió que recibieran a sus padres mientras terminaban unas supuestas remodelaciones, aceptó sin pensarlo demasiado. “Serán dos o tres semanas”, le aseguró él. Parecía algo temporal, manejable. Pero los días se volvieron interminables y los suegros seguían instalados ahí, como si no existiera fecha de salida. Lo que comenzó como un favor se transformó en una pesadilla cotidiana.
— Buenas noches —saludó Sofía al entrar a la cocina.
Alejandro y Fernando Guzmán permanecían sentados frente al televisor, atentos a la pantalla. Sandra, de espaldas, movía las ollas con golpes innecesariamente ruidosos.
— Te pedí que estuvieras aquí a más tardar a las siete —continuó la suegra con tono acusador—. En esta casa nos gusta cenar a tiempo, con orden.
Sofía abrió el refrigerador despacio, procurando que no se notara cómo le temblaban los nervios.
— Estoy trabajando en algo importante —respondió con calma forzada—. No podía dejarlo a medias.
— Trabajo, trabajo… —se burló Sandra—. ¿Y quién se ocupa del marido? Alejandro, dile algo.
Alejandro se removió incómodo en la silla, sin atreverse a mirar a su esposa.
— Sofi… quizá sí podrías intentar llegar un poco antes —murmuró, casi en susurro.
Ella apretó los labios. Antes, él jamás cuestionaba sus horarios. Desde que sus padres se mudaron ahí, parecía otro. ¿Había cambiado él o era que ahora mostraba una cara distinta?
— Claro —intervino Fernando, apartando la vista del televisor—. Una mujer debe priorizar a su familia. Hoy en día…
Sofía se quedó rígida. Esa frase de “hoy en día” la había escuchado demasiadas veces.
— Voy a preparar algo rápido —dijo, sacando las bolsas del súper.
— No hace falta —la detuvo Sandra con un gesto—. Yo ya cociné. Y acomodé tus utensilios; estaban todos mal organizados.
Sofía se volvió hacia ella de golpe.
— ¿Cómo que los acomodaste? Esta es mi cocina, Sandra…
— Precisamente —respondió la suegra con falsa serenidad—. Pero alguien con experiencia sabe cómo poner orden. Llevo toda la vida llevando una casa.
La irritación le subió a Sofía como fuego por el pecho. Miró a Alejandro buscando apoyo, pero él mantenía la cabeza baja, como si así pudiera desaparecer.
— Y otra cosa —añadió Sandra, examinando las paredes con gesto crítico—. Este departamento necesita una buena arreglada. Todo se ve viejo.
Sofía apretó los dientes antes de contestar.
— Sandra —dijo midiendo cada palabra—, quedamos en que se quedarían aquí mientras arreglaban su casa. Pero ni siquiera han comenzado. Tal vez ya es momento de pensar en hacerlo, ¿no crees?
— Ay, la remodelación siempre trae complicaciones —empezó a responder Sandra Contreras con ligereza, sin imaginar que esa explicación sería la chispa que estaba a punto de encender algo mucho más serio.
