Clara sabía que, cuando Cristina Espinosa se proponía algo, no se detenía ante nada. Presionaba, exageraba, manipulaba sin pudor… hasta doblegar a quien tuviera enfrente. Siempre había funcionado así.
A la mañana siguiente, exactamente a las diez, el timbre sonó con una insistencia casi agresiva. Clara había pedido el día libre en el trabajo para estar en casa y afrontar lo que intuía que vendría. Carlos se marchó temprano, dedicándole antes de salir una mirada cargada de culpa y preocupación.
Al abrir la puerta, Clara se encontró con Cristina, impecable como siempre, acompañada por una mujer atractiva de unos cuarenta y tantos años que sostenía un maletín de documentos.
—Buenos días —saludó la desconocida con profesional cordialidad—. Soy Sofía Ramírez, de la inmobiliaria “Nuevo Hogar”. Cristina Espinosa me comentó que desean tasar la vivienda para ponerla a la venta.
Clara mantuvo el tono sereno.
—Hay un malentendido. Yo no he solicitado ninguna tasación. No pienso vender.
Sin pedir permiso, Cristina avanzó, empujando ligeramente a la agente hacia el interior del recibidor.
—No le haga caso —intervino con impaciencia—. Usted mire el piso y díganos cuánto podrían ofrecernos. Lo demás ya lo arreglaremos en familia.
Clara se colocó firme frente al pasillo.
—Sin mi autorización, nadie va a inspeccionar mi casa. Es de mi propiedad.
Sofía Ramírez vaciló, incómoda.
—En ese caso, quizá sea mejor que me retire. Cuando tengan una decisión conjunta, pueden llamarme.
—Espere un momento —insistió Cristina, sujetándola del brazo—. Se nota que el piso es antiguo, necesita reformas. Aunque sea una cifra aproximada…
La agente se soltó con suavidad, pero con determinación.
—Lo siento, señora Espinosa. Sin el consentimiento expreso de la propietaria no puedo hacer nada.
Y se marchó con rapidez, dejando tras de sí un silencio denso.
En cuanto la puerta se cerró, Cristina se volvió hacia Clara con el rostro tenso, disfrazando su furia bajo una máscara de indignación moral.
—¿Qué te has creído? Estoy intentando ayudaros.
—¿Ayudarnos? —replicó Clara—. ¿O asegurarte de que vivamos al lado de ustedes para poder supervisar cada paso que damos?
—¡Qué falta de respeto! Soy su madre. Tengo derecho a saber cómo vive mi hijo.
—Su hijo es un hombre adulto. Tiene esposa. Y tiene su propia vida.
—¿Propia vida? —se burló Cristina con desdén—. Ya veremos qué vida te queda cuando Carlitos descubra la verdad.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué verdad?
Cristina extrajo el móvil del bolso y lo agitó delante de su cara.
—Que ayer, después del trabajo, no estabas tomando café con una amiga, sino con un hombre. Y tengo fotos.
Clara sintió que el estómago se le encogía. La tarde anterior había mantenido una reunión en la cafetería de un hotel con un posible inversor para su proyecto empresarial. Una cita estrictamente profesional.
—Es un socio potencial. Nada más.
—Claro, claro… —susurró Cristina con malicia—. Siempre es “nada más”. Veremos qué opina Carlitos.
Sin perder tiempo, marcó el número de su hijo.
—¿Carlitos? Ven inmediatamente. Es urgente. No, por teléfono no. Tiene que ver con tu mujer.
Clara quedó paralizada. ¿De verdad estaba dispuesta a sembrar sospechas en su propio hijo solo para forzar la venta del piso?
Carlos apareció cuarenta minutos después, pálido y alterado.
—¿Qué ocurre? Mamá me dijo que era grave…
Cristina se abalanzó sobre él con teatral dramatismo.
—Hijo, me duele decirlo, pero necesitas saberlo…
Le mostró la pantalla. En las imágenes se veía a Clara sentada frente a un hombre trajeado, ambos conversando animadamente en una mesa del restaurante del hotel.
Carlos observó en silencio unos segundos.
—¿Y?
Cristina parpadeó.
—¿Cómo que “y”? ¡Tu esposa se cita con otro hombre!
—Mamá, están en un restaurante de hotel. Eso huele a reunión de trabajo.
—Pero ella dijo que iba a quedar con una amiga…
—Dije que tenía una reunión —intervino Clara, firme—. Te expliqué lo del inversor para el proyecto. No escuchaste.
Carlos giró la cabeza hacia su madre.
—¿La seguiste?
—Casualmente pasaba por allí…
—¿Casualmente? ¿Y casualmente hiciste fotos? Mamá, esto ya es demasiado.
La voz de Cristina tembló, esta vez de rabia contenida.
—Yo me preocupo por vosotros, y así me lo agradecéis. ¿Sabéis qué? Haced lo que queráis. Quedaos en vuestro piso viejo y destartalado. Sin mi ayuda.
Salió dando un portazo que hizo vibrar los cristales.
Carlos se dejó caer en una silla, abatido.
—Perdóname. Nunca pensé que llegaría a tanto.
—¿A tanto? —Clara lo miró con cansancio—. Siempre actúa igual. Controla, presiona, mete cizaña.
—Es mi madre…
—Y yo soy tu esposa. No quiero seguir sintiéndome en segundo plano.
Aquella noche Cristina volvió a llamar. Carlos escuchó durante largo rato los reproches al otro lado de la línea y, finalmente, respondió con voz firme:
—No vamos a vender el piso. Es decisión de Clara y la apoyo.
Desde el auricular estallaron gritos histéricos, luego un pitido seco: había colgado.
Carlos dejó el teléfono sobre la mesa.
—Dice que ya no soy su hijo.
Clara suspiró.
—Eso lo dice cada vez que no consigue lo que quiere.
—Lo sé. Pero duele.
Los días siguientes transcurrieron en una calma extraña. Cristina no llamó, no apareció, no envió mensajes. Clara empezó a relajarse, pensando que quizá, por fin, había entendido el límite.
Sin embargo, al cuarto día, el timbre volvió a sonar.
Al abrir, Clara encontró a una mujer mayor desconocida, de semblante severo, que sostenía un maletín de cuero oscuro entre las manos y la observaba con una expresión difícil de descifrar.
