—¡Vendemos el piso y asunto cerrado! —proclamó mi suegra en pleno desayuno, como si con una sola frase pudiera decidir el destino de la vivienda que heredé de mi abuela.
—¡Se vende y punto final! —repitió Cristina Espinosa, dejando la taza sobre el plato con tal estrépito que las puertas acristaladas del aparador vibraron—. No tiene ningún sentido que estéis apretados en un apartamento de dos habitaciones cuando podéis comprar uno de tres, nuevo y en condiciones.
Clara Medina se quedó inmóvil, con la cuchara suspendida a medio camino de la boca. De pronto, la pequeña cocina se transformó en un campo minado. Buscó la mirada de su marido, pero Carlos Molina se concentraba en untar mantequilla sobre el pan, evitando cualquier contacto visual.
Cristina prosiguió como si no percibiera —o fingiera no percibir— la tensión que flotaba en el aire:
—Ya he hablado con una agente inmobiliaria. Mañana vendrá a tasarlo. Después encontraremos comprador enseguida; es una zona estupenda, bien comunicada.

—Un momento —intervino al fin Clara, procurando mantener la calma—. ¿Qué piso se supone que vamos a vender? ¿De qué estás hablando?
Su suegra la miró con condescendencia, como si la pregunta fuera absurda.
—El vuestro, naturalmente. Este. El que te dejó tu abuela. No tiene lógica seguir en este edificio viejo pudiendo mudaros a algo moderno.
La indignación empezó a hervir en el pecho de Clara. Aquel piso heredado tres años atrás era lo único que le pertenecía por completo. No era grande, pero sí acogedor: dos habitaciones en un edificio clásico, con techos altos y muros gruesos. Cada rincón guardaba recuerdos.
—Cristina Espinosa, esta vivienda es mía. Y no tengo intención de venderla.
—¿Tuya? —exclamó la suegra con teatral escándalo—. Sois un matrimonio. Lo que es tuyo es de Carlos, y lo de Carlos es de la familia. ¿No es así, hijo?
Carlos levantó por fin la vista.
—Mamá, quizá podríamos hablarlo más tarde…
—¿Más tarde qué? —alzó la voz Cristina—. ¡Ya está todo organizado! Mañana a las diez llega la agente. Y no me mires así, Clara. Solo busco lo mejor para vosotros. Los pisos nuevos tienen mejor distribución y no necesitan reformas.
—¿Y quién va a pagar ese “mejor” piso? —preguntó Clara con frialdad.
—¿Cómo que quién? Vendéis este, añadís un poco más y compráis el otro. Lo he calculado todo. Si pedís unos tres millones más en hipoteca, podéis conseguir un magnífico tres habitaciones. Además, lo están construyendo muy cerca de nuestra casa. Seremos vecinos.
Vecinos. Un escalofrío recorrió la espalda de Clara. Ya ahora Cristina aparecía casi a diario con la llave que Carlos le había dado “por seguridad”. Si vivieran pared con pared…
—No voy a endeudarme —afirmó con firmeza—. Y no voy a vender. Este piso es el recuerdo de mi abuela.
—¡Recuerdo! —bufó Cristina—. El dinero es el mejor recuerdo posible. Carlitos, ¿vas a quedarte callado? Explícale a tu mujer que tengo razón.
Carlos dudó antes de hablar.
—Clara… quizá mamá no esté equivocada. El edificio es antiguo, tarde o temprano habrá que invertir en él…
—¡Lo reformamos hace un año! —replicó ella—. Y lo pagué yo, por cierto.
—Otra vez con el dinero —pinchó la suegra—. Siempre presumiendo de lo que ganas. ¿Y no cuenta que mi hijo te mantiene?
—¿Mantenerme? —Clara la miró incrédula—. Gano el doble que Carlos.
El silencio que siguió fue denso. Carlos enrojeció. Cristina apretó los labios.
—Precisamente por eso necesitáis más espacio. Para tener hijos. Porque contigo todo es trabajo, trabajo… Tienes treinta años y aún no me has dado un nieto.
Ahí tocó la herida prohibida. Llevaban dos años intentando concebir sin éxito, y cada alusión era un cuchillo.
—Mamá, basta —dijo Carlos con una brusquedad inesperada.
—¿Basta por decir la verdad? —Cristina se puso en pie—. Solo quiero ayudaros. Pero en fin… Mañana vendrá Sofía Ramírez y lo explicará todo como es debido. Es una mujer sensata, no como algunas.
Salió de la cocina con pasos sonoros. Un minuto después, la puerta principal se cerró de golpe.
Clara y Carlos permanecieron sentados en silencio. Finalmente, ella habló:
—¿Lo sabías?
—¿El qué?
—Que piensa vender mi piso. ¿Lo sabías?
Carlos desvió la mirada.
—Comentó algo… pero creí que eran solo palabras.
—¿Y no intentaste detenerla?
—Clara, conoces a mamá. Cuando se le mete algo en la cabeza…
—Es mi propiedad, Carlos. Lo único que es verdaderamente mío.
—No exageres. Nadie puede obligarte a vender si no quieres.
Pero Clara conocía demasiado bien a Cristina Espinosa. Cuando se proponía algo, no retrocedía ante nada. Y esa certeza empezó a pesarle más que cualquier hipoteca imaginable.
