coincidían en lo mismo: había hecho lo correcto.
Una semana después, Nuria Campos regresó del supermercado con una noticia inesperada. Se había cruzado con Pablo Ramírez en la sección de congelados. Llevaba el carro repleto de empanadillas industriales, croquetas precocinadas y bolsas de comida rápida. Tenía el aspecto descuidado, la camisa arrugada y los ojos inflamados, como si no hubiera dormido en días.
—Le pregunté cómo estaba —contó Nuria—. Me dijo, casi mascullando, que su madre ahora sí está realmente enferma, que no puede valerse por sí misma. Que le toca hacerlo todo: cocinar, limpiar, trabajar. Han contratado a alguien por unas horas, pero les sale carísimo. Vendió el coche. Ya no va a pescar. Dice que no le alcanza el tiempo para nada.
Lucía Ramos escuchó sin interrumpir. No sintió satisfacción ni lástima. Solo una calma extraña, un peso menos en el pecho.
—También preguntó por ti —añadió Nuria—. Me pidió que te dijera que, si vuelves, esta vez todo será diferente.
Lucía negó despacio.
—No será distinto —respondió con serenidad—. Lo único que ha cambiado es que ahora sabe cuánto valía lo que yo hacía.
Otra semana más tarde, Lucía alquiló una habitación en un piso compartido cerca del colegio donde trabajaba. Diez metros cuadrados, cocina común, baño al final del pasillo. La ventana daba a un patio interior donde las palomas arrullaban desde temprano. No era gran cosa, pero era suyo.
Se sentó en la cama estrecha y recorrió con la mirada las paredes desnudas. En el suelo descansaba la maleta con todas sus pertenencias: lo imprescindible, nada más.
El móvil vibró. Número desconocido. Abrió el mensaje.
«Lucía, soy Cristina Cortés. Perdóname. No entendía el daño que estaba causando. Vuelve a casa. Cambiaré.»
Lo leyó una vez. Luego lo borró sin responder y dejó el teléfono sobre el alféizar.
En el patio, una anciana esparcía migas de pan. Las palomas descendían en bandada, se empujaban, aleteaban ruidosas. Olía a otoño, a asfalto húmedo, a guisos ajenos que salían de la cocina compartida. No había rastro del perfume empalagoso de Cristina Cortés ni del olor a medicamento y queja constante. Tampoco del silencio denso de Pablo, incapaz de ver más allá de sí mismo.
Lucía abrió la ventana de par en par. El aire frío le golpeó el rostro. Inspiró hondo, hasta llenar los pulmones por completo.
Por primera vez en siete meses se acostó a las ocho simplemente porque le apetecía. No por agotamiento extremo, no porque el cuerpo no diera más, sino porque podía elegir. Nadie la sacaría de la cama para exigir camisas planchadas. Nadie cuestionaría su esfuerzo. Nadie convertiría su paciencia en un defecto.
A la mañana siguiente la despertó el sol. Era sábado. No tenía obligación alguna. Podía seguir durmiendo, salir a caminar o quedarse mirando el techo. Cada opción le pertenecía.
En la cocina, Mercè Gómez, una vecina que rondaba los cincuenta, calentaba agua en el hervidor.
—¿Te apetece un té? —preguntó con naturalidad.
—Claro, gracias.
Bebieron en silencio. Afuera sonaban coches, discusiones lejanas, el murmullo habitual del patio. Una mañana corriente. Ajena. Pero suya.
Lucía enjuagó la taza y, antes de volver a su cuarto, se observó en el reflejo del cristal: rostro pálido, sin maquillaje, el cabello algo revuelto. Nada extraordinario. Libre. Viva.
Y sonrió.
