—Lo que acaba de pedirme… eso ya supera cualquier límite de descaro. Hágame el favor de cerrar la boca y salir inmediatamente de mi casa —Paula Delgado abrió la puerta de entrada de par en par, con un gesto tajante.
—Su hijo lleva un año entero viviendo a mi costa. ¿Y ahora pretende que cargue también con el resto de la familia sobre mis frágiles hombros? ¿No cree que ya es suficiente? —añadió, lanzándole el abrigo a su suegra, que la miraba atónita.
—O tiene usted los conceptos completamente confundidos, o cuando repartían la conciencia decidió ponerse en la fila del descaro —espetó Paula, observando a Elvira Flores con abierta repugnancia.
—Paula, ¿pero qué estás diciendo? —gruñó la madre de su marido, sin mostrar la menor intención de marcharse.
—¿Tan difícil es echar una mano al hermano de tu hijo? Dinero no te falta; tienes más del que las gallinas picotearían —replicó Elvira, desviando la mirada hacia el salón moderno, decorado con muebles de diseño y acabados lujosos.

—Sí, tengo dinero. Pero ustedes se relacionan con él como la nieve con el desierto del Sahara —contestó Paula, con voz cortante—. ¿Por qué tendría que pagar yo la reforma del piso del hermano de mi esposo? ¿Es que no puede valerse por sí mismo?
—Ahora mismo está pasando por un mal momento. Lleva tres meses sin encontrar trabajo… La obra se quedó a medias. Con un niño pequeño viviendo en medio del polvo y los escombros… —suspiró Elvira con dramatismo, como solía hacer cada vez que pedía algo.
Siempre que necesitaba dinero de su nuera, recurría al mismo ritual: suspiros profundos, lamentos interminables y una tragedia cuidadosamente representada.
Por lo general, Paula terminaba cediendo. Protestaba, discutía, elevaba la voz… pero finalmente hacía la transferencia. Sin embargo, ese día algo cambió. Por primera vez, la esposa de su hijo recibió un “no” rotundo. Era la primera negativa que Elvira escuchaba de sus labios.
—No es asunto mío que su otro hijo sea un holgazán incapaz de mantenerse. Dice que no encuentra trabajo… —Paula permanecía firme junto a la puerta, sin retroceder un centímetro.
—Como si el dinero me cayera del cielo —continuó, apretando los labios—. ¿Alguna vez se han preguntado qué significa para mí cada vez que ustedes piden? ¿Que tengo que trabajar más, asumir más proyectos, sacrificar mi tiempo? ¿Lo han pensado siquiera?
—Yo jamás te he pedido nada importante. Solo pequeñas ayudas… —respondió Elvira, dejando el abrigo sobre una cómoda del pasillo, como si aún tuviera derecho a acomodarse.
—¿Pequeñas? —Paula abrió los ojos con incredulidad—. El mes pasado le compré una lavadora. Hace dos meses puse cincuenta mil para sus vacaciones. En octubre pagué los neumáticos de invierno de su marido. ¿Eso le parece insignificante?
La suegra titubeó, pero Paula no le dio margen.
—¿O es que para usted la ayuda empieza únicamente cuando tengo que soltar más de un millón? —su irritación ya no tenía filtro.
—Se acabó. Es hora de que se marche. Cuanto más tiempo se queda aquí, más me altera —dijo, avanzando hacia ella con decisión. Tomó el abrigo, se lo colocó en las manos y prácticamente la condujo hasta el rellano.
—Se lo contaré todo a mi hijo. Le diré cómo tratas a su madre. Ni siquiera quisiste ayudar a tu propia familia —murmuró Elvira mientras las puertas del ascensor se cerraban.
—¡Usted no es mi familia! —gritó Paula tras ella.
—A este paso, tampoco lo será su hijo por mucho tiempo —añadió, antes de cerrar la puerta con un golpe seco.
—Increíble… Lo tiene todo al revés —masculló, apoyándose unos segundos contra la madera—. No pienso convertirme en la patrocinadora oficial de toda su estirpe. Que busquen a otra ingenua.
Abrió las ventanas para ventilar el fuerte perfume que había dejado su suegra impregnado en el aire. Luego tomó un libro y comenzó a leer sin verdadera atención. Pasaron las horas sin que se diera cuenta, hasta que la noche trajo consigo la parte más tensa de la jornada.
A las ocho en punto regresó Carlos Blanco, su marido. A diferencia de su hermano, él sí trabajaba. Sin embargo, su sueldo apenas alcanzaba para cubrir la comida del mes. No tenía ningún reparo en completar los gastos con el dinero de su esposa; lo hacía con total naturalidad, sin el menor atisbo de culpa.
Esa inclinación a vivir a costa ajena parecía algo heredado.
—Paula, ¿por qué no ayudaste a mi madre? —preguntó apenas cruzó el umbral, atacando sin saludo previo.
Ella alzó la vista del libro, sorprendida por el tono.
—¿Ayudarla en qué, exactamente?
—Me refiero a que mamá te pidió dinero para mi hermano…
