—¿Cómo que tu piso no puede dividirse? Yo contaba con mi parte después de la boda… —protestó mi marido al referirse a la vivienda que yo había adquirido antes de casarnos.
Para Martina Suárez, recibir la notificación judicial de divorcio no supuso ningún sobresalto. El último año junto a Carlos Castro había sido como ver apagarse una llama muy despacio, con ese dolor silencioso que no estalla, pero consume. Sus jornadas interminables, la frialdad con la que la miraba, aquella distancia que se había instalado incluso cuando compartían la misma mesa… todo apuntaba al final. Un mes atrás regresó a casa, metió su ropa en una maleta y, sin apenas emoción, anunció que había conocido a otra persona y que así “sería más correcto”. Correcto. Qué palabra tan aséptica para encubrir una traición.
Martina no intentó detenerlo. Le dolía, sí, como duele una cicatriz antigua cuando cambia el tiempo, pero al mismo tiempo sintió un extraño alivio. Ya no tendría que fingir normalidad, ni mendigar conversaciones, ni buscar en sí misma culpas imaginarias. La historia había terminado.
Vivía en su propio apartamento: un piso amplio y luminoso de dos habitaciones que había heredado de sus padres mucho antes de conocer a Carlos. Aquel lugar era su refugio, su fortaleza. Tras la marcha de él, volvió a sentirse plenamente suyo. Empezó a hacer cambios postergados durante años: empapeló de nuevo el dormitorio, compró ese sillón que siempre había querido. Poco a poco reconstruía su vida.
Una semana después de recibir la citación, Carlos la llamó. Su tono sonaba seco, casi empresarial.

—Hola, Martina. Tenemos que vernos para concretar cómo vamos a repartirlo todo. Mejor sin abogados, así evitamos gastos innecesarios.
Ella aceptó. Quería creer que, al menos en la despedida, podrían comportarse con cierta madurez.
Quedaron en una cafetería. Carlos apareció con una carpeta bajo el brazo, como si acudiera a cerrar un contrato.
—Bien —empezó, desplegando unos papeles—. Sobre los bienes comunes. El coche me lo quedo yo; lo utilizo a diario. El garaje puede ser para ti; lo tasamos y compensamos la diferencia. Y la casa de verano…
Hablaba de diez años de matrimonio como quien enumera activos de una empresa en liquidación. A Martina se le encogió el pecho, pero mantuvo la compostura.
—Y, por supuesto, el piso —añadió él, entrando en materia.
—¿Qué ocurre con el piso? —preguntó ella con calma.
—Lo dividimos conforme a la ley.
Martina lo miró fijamente.
—Carlos, ese piso es mío desde antes del matrimonio. No forma parte de los bienes gananciales. Legalmente no se reparte.
En sus ojos no apareció ni vergüenza ni duda, solo una obstinación fría.
—¿Cómo que no se reparte? —replicó, visiblemente molesto—. Yo daba por hecho que tendría derecho a una parte después de casarnos.
“Daba por hecho”. Así que había hecho cálculos desde el principio.
—¿Y qué parte imaginabas que te correspondía? —preguntó ella con serenidad.
—La mitad, evidentemente —su voz subió de tono—. He vivido allí diez años. He pagado facturas. Cambié bombillas, arreglé el grifo cuando se rompió. Invertí tiempo, esfuerzo, mi vida. ¿Eso no vale nada?
—Eso se llama convivir en matrimonio —respondió Martina sin titubear—. Yo cocinaba, limpiaba, hacía la compra. Si quieres, puedo pasarte una factura por mis servicios domésticos.
—No tergiverses las cosas —golpeó la mesa con la palma—. No es lo mismo. Yo soy quien aportó a lo principal. Siempre pensé que, si algún día nos separábamos, actuaríamos como personas civilizadas: venderíamos el piso y repartiríamos el dinero. Eso sería lo justo.
