Sacó el equipo del botiquín y empezó a trabajar con una concentración que incluso a él mismo le resultó sorprendente.
—¿Tú… me estás cosiendo? —susurró ella, apenas audible.
—Sí —respondió Alejandro sin apartar la vista—. Y no va a ser agradable.
Un amago de risa escapó de los labios de la agente, pero se convirtió en un gesto crispado cuando el dolor le atravesó el costado.
La lluvia caía con fuerza, empapándolos a los dos mientras Alejandro operaba bajo la luz amarillenta de una linterna apoyada en el suelo. A pesar del frío que le entumecía los dedos, sus manos permanecían firmes. No sentía las rodillas clavadas contra el asfalto ni la sangre que le cubría los nudillos.
Solo tenía clara una cosa:
Si se detenía, ella no saldría con vida.
El tiempo dejó de medirse en minutos. Se volvió espeso, indefinido.
Finalmente, la respiración de la mujer comenzó a estabilizarse. El flujo de sangre disminuyó hasta convertirse en un hilo oscuro y controlado.
A lo lejos, el sonido de las sirenas logró abrirse paso entre la tormenta.
Un alivio profundo recorrió a Alejandro… hasta que los ojos de la agente se fijaron en él con intensidad.
—¿Quién te enseñó a hacer eso? —preguntó con esfuerzo.
Él dio un paso atrás. El corazón le golpeaba el pecho con violencia.
Porque si sobrevivía lo suficiente como para formular preguntas…
…el pasado que había enterrado con tanto empeño empezaría a desenterrarse.
Y antes del amanecer, en toda la comisaría resonaría la misma incógnita:
¿Quién había suturado aquella herida?
La agente Laura Sanz abrió los ojos bajo un techo blanco impecable, acompañada por el pitido constante y regular de un monitor cardíaco. El dolor le mordía el costado, agudo y persistente, pero estaba viva.
Y eso, por sí solo, le parecía casi imposible.
A su alrededor se movían médicos y enfermeros con voces bajas y profesionales. Sin embargo, entre indicaciones y revisiones, una pregunta se repetía sin cesar.
—¿Quién la atendió en el lugar del tiroteo?
Laura rebuscó entre recuerdos fragmentados.
Lluvia. Oscuridad. Unas manos que no temblaban.
—Un hombre —dijo al fin—. Su vehículo se detuvo. Me cerró la herida allí mismo.
El silencio que siguió fue denso.
—¿La cerró? —repitió el cirujano, incrédulo—. ¿En plena carretera?
—Sí. Puntos limpios. Separación exacta. Contuvo la hemorragia interna el tiempo suficiente para que ustedes pudieran salvarme.
Antes del mediodía, la historia corría por los pasillos de la comisaría. Al caer la noche, incluso el jefe quería respuestas.
Porque lo que Laura describía no era un simple auxilio improvisado por un civil.
Era atención de combate. Procedimientos aprendidos en guerra.
Alejandro Ramos ignoraba todo aquello.
Estaba en su cocina, calentando sopa para su hija de ocho años, María Iglesias, cuando tres golpes secos y autoritarios sacudieron la puerta principal.
No eran golpes casuales. Eran oficiales.
Dos agentes aguardaban en el porche.
—¿Señor Ramos? —preguntó uno de ellos—. Necesitamos hacerle unas preguntas.
María se quedó inmóvil, la cuchara suspendida en el aire.
Alejandro sostuvo la mirada del policía con serenidad.
—Permítanme terminar de dar de cenar a mi hija —pidió con calma.
Esperaron.
Más tarde, en la comisaría, Alejandro relató los hechos. Con precisión. Sin titubeos. Explicó qué había hecho, pero evitó explicar dónde lo había aprendido.
No hizo falta.
Ellos ya habían empezado a revisar archivos.
Dosieres fueron sacados de archivadores que llevaban años cerrados.
