—Por favor… no dejes que me muera aquí —yo no era más que un padre soltero regresando a casa cuando me topé con una agente herida, desangrándose en plena oscuridad.
—Refuerzos… no van a llegar…
El viento desgarraba las palabras, pero fueron suficientes para que Alejandro Ramos quedara inmóvil al borde del camino.
La lluvia golpeaba con furia el parabrisas de su camioneta mientras avanzaba por aquella carretera rural desierta. Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos.
Trabajar en el turno nocturno del aserradero significaba un mejor sueldo, sí, pero también implicaba soledad: kilómetros sin tráfico, parajes donde cualquier auxilio parecía existir a horas de distancia.

Entonces lo vio.
Un coche patrulla estaba incrustado contra el quitamiedos. La carrocería, retorcida; las luces, apagadas; del capó emergía un hilo tenue de vapor que la lluvia aplastaba contra el metal.
Alejandro levantó el pie del acelerador.
Lo mantuvo suspendido sobre el freno.
No te metas, le susurró esa voz interior que lo había acompañado durante años.
En casa lo esperaba su hija, dormida.
Había reconstruido su vida con paciencia, pieza a pieza.
Ya no le debía nada a nadie.
Pero, de pronto, sus faros captaron un leve movimiento dentro del vehículo destrozado.
Se orilló.
La puerta del conductor estaba hundida hacia adentro. En el asiento, una mujer policía permanecía desplomada. La sangre oscurecía su uniforme bajo la lluvia que se colaba por las rendijas.
Un brazo le caía inerte a un costado. Su respiración era corta, irregular.
—Señora —dijo Alejandro, obligándose a mantener la calma—. Oiga… ¿puede escucharme?
Los párpados de ella temblaron antes de abrirse con esfuerzo.
—La radio… no funciona —susurró—. Intenté pedir ayuda. Nadie vendrá.
Alejandro recorrió el horizonte con la mirada.
Sin cobertura.
Sin luces en la distancia.
Solo la lluvia y la negrura extendiéndose en todas direcciones.
Vendajes hemostáticos, pensó de golpe.
—¿Una ambulancia? —murmuró ella casi sin voz.
Él tragó saliva.
No era sanitario.
Tampoco policía.
Pero conocía la sangre.
Años atrás había aprendido a detenerla en lugares mucho peores que aquel tramo de asfalto.
—Me llamo Alejandro —dijo con firmeza—. Voy a ayudarte, pero tienes que mantenerte despierta.
Se quitó la chaqueta y la presionó con fuerza contra la herida en su costado.
La tela se empapó casi al instante.
—Es… un disparo —musitó ella—. El sospechoso huyó.
Las manos de Alejandro comenzaron a moverse por pura memoria: precisas, decididas.
Corrió hasta la parte trasera y arrancó el botiquín de primeros auxilios de su camioneta.
