Laura se marchó a su casa imaginando proyectos, presupuestos y un futuro brillante que, por fin, parecía al alcance de la mano.
Alejandro, por su parte, se sentía un estratega victorioso. En su mente había obrado con nobleza y astucia al mismo tiempo: había auxiliado a su madre, tendido la mano a su hermana y, de paso, había puesto a salvo el patrimonio familiar ante cualquier posible reclamación de su esposa. Carmen Ruiz no escatimó elogios hacia su hijo.
—Ahora todo está protegido —afirmó con satisfacción—. Has actuado con cabeza fría. Así se comporta un hombre de verdad.
Solo quedaba un cabo suelto: María Delgado. Alejandro era consciente de que no podía prolongar la farsa demasiado tiempo. Tarde o temprano, ella advertiría la desaparición del dinero de la cuenta conjunta. Más valía adelantarse.
A mediados de octubre presentó la demanda de divorcio sin comentárselo a su esposa. Reunió la documentación necesaria, redactó la solicitud y la entregó en el juzgado como quien cumple un trámite administrativo cualquiera.
Como argumento formal alegó incompatibilidad de caracteres y la imposibilidad de continuar la convivencia. El juez fijó una comparecencia preliminar para dentro de un mes.
Ese plazo le pareció suficiente para preparar a María para lo que, según él, era inevitable.
El 20 de octubre regresó a casa con un ánimo inusualmente ligero. Incluso tarareaba mientras se quitaba el abrigo en el recibidor.
En la cocina, María terminaba de preparar la cena. Pablo Domínguez estaba sentado a la mesa, concentrado en un dibujo lleno de colores.
—Mamá, mira, he hecho un dragón —anunció el niño con orgullo.
—Es precioso —respondió ella con una sonrisa cálida mientras colocaba los platos—. Alejandro, ¿te sirvo ya?
—Ahora voy —contestó él desde el salón.
María supuso que iba a cambiarse de ropa. Sin embargo, apenas un minuto después volvió a aparecer en la puerta de la cocina. Se apoyó en el marco con el hombro y esbozó una sonrisa extraña, ensayada, como si estuviera a punto de anunciar algo trascendental.
—Pablo, ve a tu habitación y sigue jugando allí —ordenó con tono firme.
—Pero todavía no he cenado… —protestó el niño.
—He dicho que vayas.
La voz del padre no admitía réplica. Pablo frunció el ceño, recogió su dibujo y se marchó a regañadientes.
María sintió un nudo en el estómago. Conocía bien esa actitud: Alejandro solo adoptaba ese aire solemne cuando estaba a punto de soltar una bomba.
—¿Qué ocurre? —preguntó, secándose las manos con un paño.
Él hizo una pausa teatral y, saboreando cada sílaba, anunció:
—He iniciado los trámites de divorcio. Y eso no es todo.
Las palabras tardaron unos segundos en cobrar sentido. Divorcio. La idea le resultó absurda, ajena.
—No te sigo —respondió ella con voz baja—. ¿De qué estás hablando?
—Nuestro matrimonio ha terminado —replicó él con una sonrisa casi burlona—. Y lo mejor es que ya no tienes nada.
Soltó una carcajada sonora, como si hubiera contado un chiste brillante.
—El piso está a nombre de mi madre. He retirado todo el dinero de la cuenta común y se lo he dado a mi hermana para su negocio. Así que no te hagas ilusiones. Te has quedado sin nada.
María lo observó en silencio. Aquel hombre, al que había considerado su compañero, le parecía ahora un desconocido. Intentó descifrar si se trataba de una broma cruel. Pero en su mirada no había ironía, solo una satisfacción fría.
—Repítelo —pidió con calma—. Quiero asegurarme de haber entendido bien.
—Encantado —respondió él, crecido—. El piso ya no es tuyo. El dinero tampoco. Está todo resuelto. Puedes empezar a hacer las maletas y buscarte dónde vivir. Además, la demanda ya está presentada. Dentro de poco dejarás de ser asunto mío.
—¿Desde cuándo llevas planeando esto?
—Hace tiempo —admitió con un gesto despreocupado—. Fue idea de mi madre. Siempre dice que los bienes deben permanecer en manos seguras. Las esposas son temporales: hoy están, mañana no.
—Comprendo —dijo María, asintiendo apenas.
Sin alterarse, salió de la cocina y se dirigió al dormitorio. Alejandro permaneció sentado, convencido de que en cualquier momento escucharía llantos o reproches. Pero no llegó ningún grito.
En la habitación, María abrió el armario y sacó una carpeta con documentos. Revisó con detenimiento la escritura del piso, el contrato de compraventa, los extractos bancarios. Todo estaba allí.
Regresó a la cocina y dejó los papeles sobre la mesa. Alejandro terminaba su sopa con evidente apetito.
—Alejandro —comenzó ella con serenidad—, ¿de verdad crees que esto es tan sencillo?
—¿Tienes dudas? —rió él.
—Sí. El piso está inscrito a nombre de ambos. Para transferirlo a tu madre necesitabas mi consentimiento. Nunca lo di.
—Lo diste. Solo que no lo recuerdas —replicó con ligereza.
—Entonces mi firma ha sido falsificada.
—¿Y qué? Ya está registrado. No puedes cambiarlo.
María respiró hondo, despacio, conteniendo cualquier impulso.
—Muy bien. ¿Y el dinero? Lo retiraste sin avisarme.
—Era una cuenta conjunta. Tenía derecho.
—Derecho a usarlo para la familia, no para financiar a tu hermana. Eso es disponer del patrimonio común sin acuerdo.
—Demuestra lo que quieras —bufó él.
—Lo haré.
Sacó su teléfono y sostuvo la carpeta con firmeza.
—¿Sabes que falsificar una firma es delito? Un perito caligráfico puede verificarlo en minutos.
—Nadie se va a molestar por eso —replicó con desdén.
—Yo sí —contestó sin elevar la voz—. Nos veremos en el juzgado. Allí sabremos quién se queda sin nada.
Por primera vez esa noche, la seguridad de Alejandro vaciló.
—¿Me estás amenazando?
—No. Te estoy explicando cómo procederé. Tú pediste el divorcio; perfecto. Participaré en el proceso. Y además presentaré una demanda para anular la donación del piso, reclamar la división de bienes y exigir responsabilidad por la retirada del dinero sin mi consentimiento.
—¡No digas tonterías! —estalló él—. Todo está hecho. No podrás probar nada.
—Eso ya lo veremos —respondió María con un leve encogimiento de hombros.
Se marchó de la cocina dejándolo solo ante el plato. De pronto, la cena perdió todo sabor.
Las dos semanas siguientes transcurrieron en una calma tensa. Alejandro se movía por la casa como si caminara sobre un terreno inestable. María no montó escenas ni derramó lágrimas. Continuó con su rutina: trabajo por la mañana, tareas del hogar por la tarde, cuentos antes de dormir para Pablo.
Con su marido apenas intercambiaba palabras, y siempre relacionadas con el niño.
Esa indiferencia lo descolocaba más que cualquier discusión. Esperaba súplicas, reproches, explosiones de rabia. En cambio, encontraba una serenidad impenetrable.
En varias ocasiones intentó iniciar conversación.
—María, podríamos hablarlo con tranquilidad.
—Lo haremos ante el juez —respondía ella sin apartar la vista del libro que sostenía.
—Quizá estás exagerando. No es para tanto.
Ella levantó la mirada por primera vez en días y lo observó con una calma que resultaba inquietante.
—No te preocupes, Alejandro —dijo despacio—. Muy pronto cada cosa ocupará su lugar.
